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El
fundamento de la indisolubilidad del matrimonio, a la luz del Magisterio
pontificio reciente.
Comentario al discurso del Santo Padre Juan Pablo II
a la Rota Romana de 2002
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Discurso del Santo Padre a la Rota
Romana de 2002.
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indisolubilidad del matrimonio.
Una vez más, el Santo Padre aprovecha el tradicional
discurso ante la Rota Romana para desarrollar su pensamiento sobre
el matrimonio cristiano. Este año Juan Pablo
II quiere continuar el tema iniciado en el año 2000, acerca
de la indisolubilidad del matrimonio. Y ante todo, sólo al
enunciar el tema, es obligado destacar la valentía del Papa:
es difícil pensar un tema más comprometido que el de
la indisolubilidad. Y leyendo el discurso, hay que
reafirmarse en la valentía del Papa, pues no deja en el tintero
ni siquiera los aspectos más polémicos de la indisolubilidad
del matrimonio, como son el divorcio o el papel de los abogados
y jueces cristianos.
En sus primeros párrafos, el Santo Padre nos
ofrece una reflexión sobre el fundamento de la indisolubilidad,
tal como la planteó el Señor en el Evangelio: basada
en el plan divino sobre el matrimonio. Pero eso no quiere
decir que sea algo aplicable exclusivamente al creyente, antes bien
«es la dimensión natural de la unión y, más
concretamente, la naturaleza del hombre modelada por Dios mismo, la
que proporciona la clave indispensable de lectura de las propiedades
esenciales del matrimonio» (n. 3), lo que hace que la indisolubilidad
sea válida para toda persona: ello es así,
porque «el matrimonio “es” indisoluble: esta propiedad expresa
una dimensión de su mismo ser objetivo; no es un mero hecho
subjetivo» (n. 4). Unicamente se debe añadir el ulterior
reforzamiento de la indisolubilidad que se da por el carácter
sacramental del matrimonio entre bautizados.
Y como ejemplo de la adecuación de este
planteamiento a la naturaleza humana, cita el Santo Padre el
ejemplo de tantos miles de matrimonios, de todas
las épocas, culturas y religiones, que han vivido y viven con
fidelidad su unión. De ahí que en el discurso se extraiga
una conclusión sencilla, pero alentadora: «no hay que
rendirse ante la mentalidad divorcista». Lo cual implica una
serie de actuaciones que el católico puede poner por obra,
entre las que destaco -entre otras muchas- la actuación positiva
ante las legislaciones permisivas en materia de divorcio y uniones
de hecho: hay que oponerse con todas las fuerzas a tales legislaciones,
pero además se debe poner el acento también en el reconocimiento
completo del verdadero matrimonio. No sólo protestar contra
lo negativo, sino también luchar por lo positivo.
Más aún, se recuerda que la actuación
de todo Tribunal con competencias matrimoniales -eclesiástico
en primer lugar, pero también civil- debe buscar ante
todo la verdad. Y cualquier sentencia que reconozca la verdad
-la nulidad o la existencia del vínculo- por el hecho mismo
de reconocer la verdad, contribuye a la cultura de la indisolubilidad,
porque da certeza a las partes implicadas y a toda la sociedad. Lo
cual, de todas maneras, desde un plano más práctico,
queda reforzado por el principio jurídico del favor indissolubilitatis,
«que no entraña prejuicio contra las justas declaraciones
de nulidad, sino la convicción operativa sobre el bien que
está en juego en los procesos, así como el optimismo
siempre renovado que proviene de la índole natural del matrimonio
y del apoyo del Señor a los esposos» (n.7).
En el discurso se deben destacar también las
cuestiones de índole práctica que esta
materia suscita en las conciencias de los operadores del Derecho.
Tanto para los jueces como para los abogados demasiadas veces hay
conflictos en su conciencia. Al respecto se puede destacar que el
Papa les recomienda a los profesionales afectados que usen los
medios que en la Moral tradicionalmente se han recomendado: el
juez, si puede, debe aplicar la objeción de conciencia.
Como eso no es muchas veces posible, debe actuar según las
reglas de la cooperación material al mal. Los abogados, en
cambio, como profesionales liberales, la mayoría de las veces
pueden declinar su intervención.
Nada nuevo para el estudioso de la materia. No se comprende,
por lo tanto, los comentarios que estas recomendaciones han suscitado,
porque son las que siempre se han dado. Más extraño es
que alguno, no se sabe con qué intención, haya escrito
incluso que aquí el Papa incita a los jueces católicos
nada menos que a prevaricar. Realmente, si alguien lee el discurso,
no se sabe dónde, ni siquiera lejanamente, el Papa recomiende
prevaricar.
En este orden práctico no se debe olvidar
que existe una función de los tribunales eclesiásticos,
y también de los operadores civiles del Derecho,
recordada por el Santo Padre en varias ocasiones, y también en
este discurso, que es la de ayudar a componer los matrimonios.
Muchas veces serán los abogados, y también los jueces, los
que pueden ayudar con su experiencia al matrimonio que pasa por dificultades.
Sin olvidar que a veces la solución es la convalidación
del matrimonio.
Pero son los cónyuges los protagonistas
de este discurso: tanto porque son los que con su consentimiento forman
el matrimonio -o lo convalidan, si es el caso- como porque lo mantienen
siempre vivo con su amor infatigable. Y así, «precisamente
porque Dios los ha unido mediante un vínculo indisoluble, el
esposo y la esposa, empleando todos sus recursos humanos con buena voluntad,
pero sobre todo confiando en la ayuda de la gracia divina, pueden y
deben salir renovados y fortalecidos de los momentos de extravío»
(n. 6).
Y así el Santo Padre encomienda a la intercesión
de Santa María, Espejo de justicia, el crecimiento de la conciencia
de la indisolubilidad del matrimonio, así como el compromiso de
la Iglesia y de sus hijos, en esta causa tan decisiva para el futuro de
la humanidad.
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"El
Santo Padre nos ofrece una reflexión sobre el fundamento
de la indisolubilidad, tal como la planteó el Señor
en el Evangelio: basada en el plan divino sobre el matrimonio". |
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