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Importancia
de un preámbulo
Autor: Andrea Riccardi
Publicado en español en "La Vanguardia",
Barcelona 2 de julio de 2003.
El preámbulo de la Constitución
europea es importante para el futuro. Porque efectivamente hay
que volver a definir hoy cuál es la identidad de Europa
para hablar de sus fronteras y de su función en el mundo.
No se puede construir un "novum" que las poblaciones
europeas no sientan de modo participativo. La construcción
europea necesita un "ethos" amplio y compartido,
no restringido a los especialistas. Para ello es necesario un
texto ideal, como el preámbulo, que inspire un sentimiento
de pertenencia y -querría decir- sentimientos europeos.
La labor que se ha hecho es discreta aunque necesariamente incompleta.
Ortega y Gasset, de regreso de América,
a quien le preguntaba el motivo de su vuelta, respondía:
"Europa es el único continente que tiene un contenido"
(en español en el original). A los no españoles
escapan los dos significados de la palabra "continente".
El contenido de Europa -escribe Rémi Brague en "Europe,
la voie romaine"- es el de contener y de estar abierta
a lo universal. La civilización europea es una gran síntesis
de contenidos y experiencias venidas del exterior o maduradas
en su interior. En este sentido, el preámbulo tiene un
"incipit" enérgico: "Conscientes
de que Europa es un continente portador de civilización...".
Así, la identidad europea se caracteriza por sus relaciones
con los mundos vecinos y el mundo entero.
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| Banderas de Europa |
Que no se dé por descontada,
sin embargo, la observación por mi parte sobre la ausencia
del cristianismo en el texto. Se habla de "legados culturales,
religiosos y humanistas". La alusión (en mi opinión
insuficiente) al "impulso espiritual que ha atravesado Europa,
y que sigue estando presente en su patrimonio" ha acabado
por caer, junto con la mención de la Ilustración.
Son bien conocidos los sentimientos laicos de pudor que han frenado
un más sincero reconocimiento del papel de cristianismo.
Francamente no tengo intención de "confesionalizar"
el texto fundacional europeo. No obstante se habría podido
hablar de "un impulso espiritual que ha atravesado Europa
durante casi veinte siglos", sacando honestamente a la luz
cómo este movimiento espiritual se identifica históricamente
en gran parte con el cristianismo. Un texto que pretende ser una
"Magna Charta", dirigida también a las
jóvenes generaciones europeas, debe tener la virtud de
ser franco, veraz y atractivo. Guste o no guste, el cristianismo
ha tenido históricamente un papel esencial (no exclusivo)
en la realidad europea.
Por lo demás, no es con las
contraposiciones o los silencios que se deba enfocar la relación
entre laicismo y religión. Durante la Segunda Guerra Mundial,
un gran filósofo italiano (laico y liberal), Benedetto
Croce, escribió un opúsculo con un título
significativo, "Por qué no podemos dejar de llamarnos
cristianos". No era una profesión de fe de un no creyente,
sino el reconocimiento por un gran intelectual de la presencia
del cristianismo en los procesos que han hecho la cultura europea.
Del mismo modo, se podría escribir hoy algo así
como "Por qué no podemos dejar de llamarnos laicos".
La Iglesia católica, con el Vaticano II, ha afirmado su
simpatía por la libertad religiosa y las libertades en
general. El hombre y la mujer europeos, creyentes o no creyentes,
son herederos de tradiciones cristianas y de tradiciones laicas.
Europa debe saber conciliar las diversas tradiciones de las que
es hija, no silenciarlas. Están, además, las opciones
personales, religiosas o ideales, de cada uno de nosotros, pero
ésa es otra historia, no la de un texto fundamental de
referencia para todos, capaz de representar el pasado y de abrirse
al futuro. He notado otra ausencia en las líneas del preámbulo:
una referencia a la mayor de las tragedias europeas, la de la
shoa. Alguien había propuesto utilizar la expresión
"raíces judeocristianas" para incluir el judaísmo
al hablar de religión. Me parece poco, y sólo políticamente
correcto. Sobre todo porque no se habla de la tragedia de los
judíos europeos del siglo XX, tal vez la parte más
importante del drama de la Segunda Guerra Mundial, el que ha empujado
a los padres fundadores de Europa por la vía de la unificación.
Una referencia a esta tragedia habría sido importante.
Hubiera representado una referencia decisiva también para
los nuevos países miembros, que no han participado en la
dolorosa reflexión realizada en Occidente durante medio
siglo pero que también han estado involucrados en la destrucción
de los judíos.
Habría dicho también
que la Unión Europea es la conquista definitiva de la paz
entre los países europeos. Es evidente que Unión
significa paz en este continente donde por siglos se han librado
guerras de forma sistemática. Una alusión más
clara al pasado belicoso de nuestro continente habría eliminado
su opción de futuro y su función en el mundo contemporáneo.
Y ello, no obstante resulte claro el empeño político
de la Unión a favor de la paz como se ve en el artículo
1 de los objetivos: "La Unión se propone promover
la paz...". Igualmente se lee en el preámbulo que
Europa se compromete a trabajar "a favor de la paz, de la
justicia y de la solidaridad en el mundo". Una alusión
a la historia dolorosa sobre la que se ha forjado esta voluntad
de paz habría tenido un gran "appeal"
sobre las conciencias europeas. Pero, al final, lo mejor es enemigo
de lo bueno: tal vez deberemos contentarnos con este texto, marcado
por los olvidos y los compromisos.
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Artículo de Andrea Riccardi, historiador, a propósito
del Preámbulo de la Constitución europea. Publicado
en La Vanguardia (Barcelona), 2 de julio de 2003 |
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