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Cuentos
sobre las cuentas de la Iglesia
Muchas páginas se han escrito en las últimas
semanas sobre los dineros y las cuentas de la Iglesia Católica.
Lamentablemente, junto con datos correctos, las informaciones contienen
imprecisiones, incorrecciones y, por qué no decirlo, falsedades
manifiestas. Tengo la impresión de que algunos diarios de gran
tirada pretenden atacar la credibilidad de la Iglesia con el sensacionalismo
barato y aparecen con frecuencia faltos de profesionalidad en el tratamiento
de temas financieros y económicos. Dicen cosas que son falsas
y construyen grandes shows con medias verdades, que carecen de
entidad para ser noticia. Por ejemplo, en el caso de Gescartera las
instituciones de la Iglesia implicadas en el tema han sido simples víctimas
de la actuación de un falso intermediario financiero que engañó
a dos docenas de administradores honrados que actuaban de buena fe y
que buscaban una mejor rentabilidad del patrimonio o dineros que gestionaban.
¿Qué hay de malo o de inmoral en todo esto?
El mismo tema de la Diócesis de Valladolid. Han
existido informaciones que han presentado la cantidad de mil millones
como contrasigno de la pobreza de la Iglesia y argumento para presentar
a la Iglesia como voraz, usurera y concentradora de capitales en un
tono lleno de escándalos y han hecho pasar al ecónomo
diocesano por toda clase de humillaciones y vejaciones, cuando se trata
de un hombre fiel, riguroso, bueno y hombre de fe siguiendo los pasos
del Evangelio en todos sus actos y en toda su vida.
Cuando se publica en primera página «La
Iglesia perdió más de 2,5 millones de euros en sus inversiones
en Bolsa». La información es falsa, simplemente porque
la Iglesia, como ente patrimonial único no existe. Lo que existen
son instituciones que gozan de la personalidad que les otorga la legislación
canónica (67 Diócesis, cientos de Órdenes y Congregaciones
religiosas, 23.000 parroquias, más de 14.000 Asociaciones y Fundaciones).
Todas estas entidades tienen su autonomía total, de manera que
resulta absurdo hablar de la Iglesia en su conjunto, y menos que 2 ó
3 entidades sean las que representen al conjunto. Hay una fuerte corriente
de opinión que quiere imponer a las Instituciones de la Iglesia
el hecho de que no dispongan de ningún tipo de inversión,
ya que si obtienen rendimientos se trataría de especulación
y si, coyunturalmente, hay pérdidas, se está malgastando
el dinero.
La segunda imputación grave es apelar a las supuestas
ventajas fiscales de la Iglesia. También sobre esto se han escrito
muchas tonterías. Todas las instituciones religiosas son sujetos
pasivos del Impuesto de Sociedades y, por tanto, están obligadas
a su elaboración por aquellos ingresos que no forman parte de
su actividad religiosa (explotaciones económicas, cesión
de patrimonio a terceros e incremento de patrimonio). Sobre estos ingresos,
pagan el10 por ciento, deducidos los gastos afectos a estas actividades
(el mismo porcentaje que cualquier fundación civil). Las declaraciones
fiscales de las Instituciones de la Iglesia son revisadas con relativa
frecuencia por Hacienda, comprobando que se ha tributado de acuerdo
con la legalidad, sin privilegios extraordinarios.
La tercera imputación falsa tiene que ver con
el origen de los fondos de la Iglesia. También en este tema no
tienen nada que ocultar. Tres son las fuentes de recursos de la Iglesia:
- Las aportaciones directas de los fieles,
ya para financiar las actividades generales de la Iglesia, ya para cubrir
un fin específico.
- Las cantidades percibidas de las Administraciones
Públicas. Ya sea por la asignación tributaria, ya por
otras ayudas para rehabilitación de templos, etcétera.
- Los fondos procedentes del patrimonio de la propia
Iglesia. Esta fuente, cuya importancia cuantitativa es pequeña,
está sometida a un control fiscal y contable equivalente al
de cualquier otra entidad civil. Mientras que los donativos no están
sujetos a tributación, los fondos procedentes del patrimonio
mantienen una contabilidad separada y son informados a Hacienda a
través de los Estados financieros que se presentan en el Impuesto
sobre Sociedades.
Los recursos que posee la Iglesia los destina al cumplimiento de sus
fines establecidos canónicamente y reconocidos por la autoridad
civil (mantenimiento de los clérigos, mantenimiento del culto,
apostolado y caridad). Algunos fondos, como la asignación tributaria,
se destinan fundamentalmente a las finalidades primarias de las Diócesis,
como el mantenimiento de los sacerdotes y de los templos.
Por otra parte, existen en muchas diócesis fondos
con finalidades específicas que tienen un carácter indisponible,
es decir, que no pueden ser empleados en ninguna otra finalidad, sino
que únicamente se dispone de sus rendimientos. Tras siglos de
tradición, es lógico que en algunas Diócesis existan
gran cantidad de fundaciones de esta naturaleza que, aunque aisladamente
manejan muy pocos recursos, la suma de todas ellas, supongan cifras
significativas. También en este aspecto se ha hecho mucha demagogia
barata. Algunas actividades de la Iglesia están condicionadas,
precisamente, al rendimiento que se obtenga de esos recursos. No es
de extrañar, en consecuencia, que los Administradores, en función
de los actuales instrumentos de inversión y siempre bajo los
criterios de seguridad y moralidad, ateniéndose a la legalidad
vigente, intenten buscar aquellos productos que permitan obtener un
adecuado rendimiento para aplicarlo a los fines propios establecidos.
En este punto, resulta lamentable la campaña
que algunos han realizado caricaturizando a los administradores como
especuladores que manejan dinero de dudosa procedencia. La realidad
es exactamente la inversa. Los administradores diocesanos y, en especial,
aquellos cuyas Diócesis han salido a los medios, son hombres
de probada virtud y fidelidad a la Iglesia, que han actuado siempre
de buena fe, buscando en todo momento la recta aplicación de
los recursos de la Iglesia.
Otra imputación que se realiza tiene que ver
con la rendición de cuentas y el control del dinero que recibe
la Iglesia de la Administración Pública. También
sobre esto se han dicho y escrito muchos cuentos. El dinero que recibe
la Iglesia de la asignación tributaria no es una subvención
del Estado, sino la entrega de aquella parte del IRPF que los contribuyentes
deciden asignar de sus impuestos para colaborar con la Iglesia.
Solo una mala instrumentación técnica,
que esperamos que se resuelva en breve, hace que el Estado tenga que
completar la misma hasta cumplir sus compromisos. El presupuesto de
aplicación de ese dinero, que se aprueba por la Asamblea Plenaria
de Obispos, se presenta públicamente en rueda de prensa. Aprobado
el presupuesto, el mismo día de cada mes, se recibe en la Conferencia
Episcopal el dinero, se entrega a sus destinatarios (las Diócesis,
fundamentalmente). A final de año, se elabora la liquidación
y se remite la Memoria contable justificativa a la Dirección
General de Asuntos Religiosos, del Ministerio de Justicia. En consecuencia,
afirmar que el dinero de la Iglesia no rinde cuentas es, sencillamente,
engañar a la opinión pública.
Por otra parte, siempre que cualquier entidad eclesiástica
percibe subvenciones públicas para cualquier actividad, está
afecta al control financiero establecido en la ley General Presupuestaria.
En este campo contable, por último, se están dando pasos
importantes en aras de la transparencia. De hecho, la gran mayoría
de las instituciones, parroquias, etcétera, publican periódicamente
sus cuentas, como una manera ordinaria de comunicar a sus fieles qué
dinero han obtenido y cómo se han aplicado, con total naturalidad.
Bernardo Herráez Rubio,
Vicesecretario para asuntos económicos de la Conferencia Episcopal
Española
(publicado en ABC, Madrid, 2.6.2002)
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"Los
recursos que posee la Iglesia los destina al cumplimiento de sus
fines establecidos canónicamente y reconocidos por la autoridad
civil (mantenimiento de los clérigos, mantenimiento del culto,
apostolado y caridad)". |
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