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Laicidad no es «indiferencia o
animadversión» hacia la religión. Entrevista
con Rafael Navarro Valls
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Lesionar la libertad
religiosa es lesionar la democracia,
entrevista a Rafael Navarro-Valls el 10 de marzo de 2006.
Madrid, miércoles, 14 enero 2004 (Veritas).-
Ante la celebración durante este año del XXV aniversario
de la firma de los Acuerdos Iglesia-Estado de 1979, el catedrático
de Derecho de la Complutense y Secretario General de la Real Academia
de Jurisprudencia y Legislación, Rafael Navarro Valls,
analiza para Veritas dichos Acuerdos desde una perspectiva histórica
y actual.
-Celebramos este
año el 25 aniversario de los acuerdos Iglesia-Estado de
1979. ¿Qué supusieron, tanto para España
como para la Iglesia en su momento, final del franquismo, etc.?
-Rafael Navarro Valls: Los Acuerdos supusieron
el final de una etapa de remodelación de la arquitectura
de las relaciones Iglesia-Estado en España, que había
comenzado unos años antes de la muerte de Franco y que
se precipitó con su desaparición. No hay que olvidar
que ya en julio de 1976 se firmó el primero de los Acuerdos
de esa nueva etapa, en el cual la Iglesia y el Estado renunciaban
a los dos privilegios que simbolizaban el anterior sistema de
relaciones (el privilegio del fuero de los clérigos y el
derecho de presentación de obispos).
Los siguientes cuatro Acuerdos (los firmados el
3 de enero de 1979), al tiempo que sustituían al viejo
sistema del Concordato de 1953, encuadraban las relaciones poder
civil- poder eclesiástico en el nuevo marco creado por
la Constitución de 1978: un régimen de relaciones
amistoso dentro de los principios de libertad religiosa, neutralidad
del Estado y cooperación con las confesiones religiosas
(no sólo con la Iglesia Católica).
Así, la Iglesia profundizaba en la idea
de que su misión evangelizadora debía desenvolverse
en el nuevo clima de libertad religiosa marcado por el Vaticano
II. El Estado, a su vez, era consciente de que esa libertad religiosa
nada tenía que ver con la hostilidad -velada o abierta-
hacia la religión mayoritaria, como había sucedido
en España en algunos momentos de nuestra historia.
-Ciertos sectores,
especialmente de izquierdas, consideran que los acuerdos deberían
reformarse o incluso derogarse pues consideran que el Estado debe
ser «laico». ¿Qué opina al respecto?
-Rafael Navarro Valls: La laicidad o
neutralidad del Estado nada tiene que ver con la celebración
de acuerdos de cooperación con la Iglesia católica
o con otras confesiones religiosas. De hecho, la celebración
de esos acuerdos está implícitamente contemplado
en el artículo 16 de la Constitución y explícitamente
en el artículo 7 de la Ley Orgánica de Libertad
Religiosa.
Laicidad del Estado no equivale a indiferencia
o animadversión hacia el factor religioso. Lo que la laicidad
reclama es que no se confundan los planos de lo secular y de lo
religioso, que haya entre Estado e Iglesia un mutuo respeto de
su autonomía. Así lo ha afirmado tanto el Tribunal
Constitucional Español como el Tribunal Europeo de Derechos
Humanos, cuando rechazan tanto las teocracias confesionales como
las ideocracias hostiles.
La compatibilidad entre laicidad del Estado y
cooperación con la religión es algo cada vez mejor
comprendido por las democracias occidentales. Algunos países
(Alemania, Italia, España) canalizan esa cooperación
mediante acuerdos formales. Otros (Estados Unidos o Francia) igualmente
la ejercitan, aun teniendo una tradición separatista o
laicista. La base se encuentra en la idea de que el hecho religioso
es la consecuencia de ejercer un derecho constitucional y, también,
en la convicción de su función social positiva.
Es significativo, como anécdota, que un
comunista de viejo pedigrí (Santiago Carrillo) defendiera
o al menos no se opusiera, en los debates de las Cortes Constituyentes,
a la mención expresa de la Iglesia Católica en el
actual artículo 16 de la Constitución. Quizá
porque Carrillo había sido testigo directo -durante la
II República- de las demoledoras consecuencias de la errónea
identificación entre laicidad del Estado y hostilidad hacia
la Iglesia mayoritaria.
-Uno de los puntos
del acuerdo fue la enseñanza de la religión. En
este campo la relación con los distintos gobiernos no ha
sido especialmente buena. ¿Proviene de una falta de respeto
a los acuerdos Iglesia-Estado, o quizás los acuerdos no
abordaron correctamente esta cuestión y ha habido problemas
imprevistos (por ejemplo, los Acuerdos no preveían la creación
de un profesorado de religión específico, sino que
planteaba que ese papel fuese asumido por el profesorado ya existente)?
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Fachada de la catedral
de Lyon (Francia) |
-Rafael Navarro Valls: Pienso que el
actual Gobierno ha hecho un notable esfuerzo para adecuarse a
la letra y al espíritu de lo previsto en los Acuerdos.
Tenga en cuenta que por ejemplo en Francia (con toda su tradición
laicista detrás) acaba de plantearse tanto la enseñanza
que pudiéramos llamar confesional, como su alternativa
filosófica e histórica.
Cuestión distinta es el problema que puede
generar la situación laboral de los docentes de la religión
católica. Los puntos conflictivos que se han originado
en torno a los profesores de religión están al margen
de lo acordado entre el Estado y la Santa Sede. Han surgido, más
bien del desarrollo legislativo posterior. El problema surgió
porque no había un número suficiente de profesores
del propio centro que quisiesen impartir este tipo de enseñanza,
y se tuvo que recurrir a personal externo, que reclamaba la legalización
de su relación de servicios no con la Iglesia sino con
la Administración Pública.
En todo caso, es claro que la Iglesia tiene derecho
a exigir coherencia al profesor de Religión, incluso más
que a un simple fiel, puesto que actúa como enseñante
de la doctrina católica. El padre que elige para su hijo
esta enseñanza confía en que se le impartirá
una enseñanza coherente con la doctrina cristiana. Lo que
implica tener -por parte del profesor- «autoridad moral».
Y esto exige vivir lo que se enseña. De otro modo, los
alumnos detectan la incoherencia y desvirtúan el valor
de la fe. Por otra parte la relación laboral que establecen
esos profesores no es indefinida, sino temporal. Si ese contrato
no se renueva no existe despido.
Por eso sorprende que las críticas más
agrias a esa no renovación del contrato vengan de los sindicatos
UGT y CC. OO. La realidad es que ambos sindicatos siempre se han
manifestado contrarios a la enseñanza de la Religión
en la escuela. De ahí que hayan intentado marginar a los
profesores de Religión de la negociación colectiva,
impidiendo su participación incluso en los procesos electorales
sindicales.
-Hay voces desde
otros puntos de vista que piden reformas. Por ejemplo, uno de
los puntos más importantes del acuerdo fue el tema de la
asignación tributaria, con la intención de que la
Iglesia no necesitara financiación del Estado. Sin embargo,
la cifra que entonces se calculó (el 0,5%) se ha revelado
insuficiente. ¿Qué opina?
-Rafael Navarro Valls: Efectivamente,
el Acuerdo en este punto no se ha cumplido, además de ponerse
en marcha con un considerable retraso. La Iglesia aspira a su
autofinanciación, donde encontaría un mayor espacio
de libertad. En cualquier caso, el peso social de la Iglesia en
España exige, a mi entender, precisamente como factor estructurador
la cooperación financiera por parte del Estado. Piense,
por ejemplo, que el 82% del patrimonio artístico y cultural
de España es de titularidad eclesiástica.
Por otra parte, el sistema de asignación
tributaria y el tanto por ciento del mismo ha quedado desfasado.
En este tema, como en otros, los propios acuerdos han previsto
un razonable mecanismo de interpretación y estudio que
actualicen el contenido de los mismos.
-Los Acuerdos del
79, ¿fueron los mejores posibles o había alguna
fórmula mejor de abordar las relaciones de la Iglesia con
el Estado español, en aquel momento y en aquellas circunstancias?
-Rafael Navarro Valls: Tendemos a sucumbir
con facilidad a la tentación de buscar en el pasado «lo
mejor posible» con una respuesta de presente, olvidando
que con frecuencia lo mejor es lo que ya es. No cabe dudad de
que, en la dialéctica del debate académico, siempre
encontraremos defectos y alternativas que harían de los
acuerdos de 1976-1979 un mejor instrumento jurídico de
relación. Pero, como se ha puesto de manifiesto, el acierto
de los Acuerdos en buena medida han de medirse por su longevidad:
la solidez que le dan sus 25 años de vigencia, tantos como
el texto constitucional. No conviene olvidar que el anterior Concordato
(el de 1953) no logró esa estabilidad, entrando en crisis
mucho antes de su efectiva derogación.
-Finalmente ¿cree
qué hay cuestiones pendientes de revisión o aspectos
que pueden mejorarse teniendo en cuenta las circunstancias actuales?
-Rafael Navarro Valls: Conviene partir
de una idea previa: en el contexto europeo, las mutaciones a que
nos somete la multiculturalidad , la legislación en materia
de derechos humanos (particularmente sobre la primera de las libertades,
que es la libertad religiosa) etc, aconsejan una mirada atenta
al marco socio político en el que vivimos, antes de aventurarse
a cambios o transformaciones que, tal vez en una «campana
de cristal» resultan perfectos, pero que en la realidad
jurídica diaria no mejorarían demasiado .
Dicho esto, pienso que resulta de particular importancia
clarificar las relaciones económicas entre el Estado y
la Iglesia que, en el modelo de los Acuerdos del 79, nacieron
con vocación de transitoriedad o provisionalidad; regular
con mayor precisión y técnica la posición
jurídica de las entidades religiosas que, por complejas
circunstancias legislativas, resulta enmarañada y confusa;
o dar una solución más o menos definitiva a la cuestión
de la enseñanza, que con frecuencia se transforma (como
en otros países de nuestro entorno) en motivo de desencuentro
social.
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