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Discurso de Juan Pablo II a la Rota Romana
de 2003
Artículos relacionados: Inseparabilidad
entre matrimonio y sacramento.
y Naturaleza sacramental del matrimonio
entre bautizados.
Alocución a la Rota Romana de 2003;
jueves 30 de enero de 2003.
Redescubrir la dimensión
trascendente intrínseca a la verdad plena sobre el matrimonio
y la familia
1.
La solemne inauguración del año judicial del Tribunal
de la Rota romana me ofrece la oportunidad de renovar la expresión
de mi aprecio y mi gratitud por vuestro trabajo, amadísimos prelados
auditores, promotores de justicia, defensores del vínculo, oficiales
y abogados. Agradezco cordialmente al monseñor decano los sentimientos
que ha manifestado en nombre de todos y las reflexiones que ha hecho
sobre la naturaleza y los fines de vuestro trabajo.
La actividad de vuestro tribunal ha sido
siempre muy apreciada por mis venerados predecesores, los cuales han
subrayado sin cesar que administrar la justicia en la Rota romana constituye
una participación directa en un aspecto importante de las funciones
del Pastor de la Iglesia universal.
De ahí el valor particular, en el
ámbito eclesial, de vuestras decisiones, que constituyen, como
afirmé en la Pastor bonus, un punto de referencia seguro
y concreto para la administración de la justicia en la Iglesia
(cf. art. 126).
Dignidad de sacramento
2.
Teniendo presente el marcado predominio de las causas de nulidad de
matrimonio remitidas a la Rota, el monseñor decano ha destacado
la profunda crisis que afecta actualmente al matrimonio y a la familia.
Un dato importante que brota del estudio de las causas es el ofuscamiento
entre los contrayentes de lo que conlleva, en la celebración
del matrimonio cristiano, la sacramentalidad del mismo, descuidada hoy
con mucha frecuencia en su significado íntimo, en su intrínseco
valor sobrenatural y en sus efectos positivos sobre la vida conyugal.
Después de haber hablado en los
años precedentes de la dimensión natural del matrimonio,
quisiera hoy atraer vuestra atención hacia la peculiar relación
que el matrimonio de los bautizados tiene con el misterio de Dios, una
relación que, en la Alianza nueva y definitiva en Cristo, asume
la dignidad de sacramento.
La dimensión natural y la relación
con Dios no son dos aspectos yuxtapuestos; al contrario, están
unidos tan íntimamente como la verdad sobre el hombre y la verdad
sobre Dios. Este tema me interesa particularmente: vuelvo a él
en este contexto, entre otras cosas, porque la perspectiva de la comunión
del hombre con Dios es muy útil, más aún, es necesaria
para la actividad misma de los jueces, de los abogados y de todos los
agentes del derecho en la Iglesia.
Dimensión trascendente
3.
El nexo entre la secularización y la crisis del matrimonio
y de la familia es muy evidente. La crisis sobre el sentido de
Dios y sobre el sentido del bien y del mal moral ha llegado a
ofuscar el conocimiento de los principios básicos del matrimonio
mismo y de la familia que en él se funda. Para una recuperación
efectiva de la verdad en este campo, es preciso redescubrir la
dimensión trascendente que es intrínseca a la verdad
plena sobre el matrimonio y sobre la familia, superando toda dicotomía
orientada a separar los aspectos profanos de los religiosos, como
si existieran dos matrimonios: uno profano y otro sagrado.
"Creó
Dios al ser humano a imagen suya, a imagen de Dios lo creó, varón
y hembra los creó" (Gn 1, 27). La imagen de Dios se encuentra
también en la dualidad hombre-mujer y en su comunión interpersonal.
Por eso, la trascendencia es inherente al ser mismo del matrimonio,
ya desde el principio, porque lo es en la misma distinción natural
entre el hombre y la mujer en el orden de la creación. Al ser
"una sola carne" (Gn 2, 24), el hombre y la mujer, tanto en
su ayuda recíproca como en su fecundidad, participan en algo
sagrado y religioso, como puso muy bien de relieve, refiriéndose
a la conciencia de los pueblos antiguos sobre el matrimonio, la encíclica
Arcanum divinae sapientiae de mi predecesor León XIII
(10 de febrero de 1880, en Leonis XIII P.M. Acta, vol. II,
p. 22). Al respecto, afirmaba que el matrimonio "desde el principio
ha sido casi un figura (adumbratio) de la encarnación
del Verbo de Dios" (ib.). En el estado de inocencia originaria,
Adán y Eva tenían ya el don sobrenatural de la gracia.
De este modo, antes de que la encarnación del Verbo se realizara
históricamente, su eficacia de santidad ya actuaba en la humanidad.
El plan original de Dios restablecido
por Jesús
4.
Lamentablemente, por efecto del pecado original, lo que es natural en
la relación entre el hombre y la mujer corre el riesgo de vivirse
de un modo no conforme al plan y a la voluntad de Dios, y alejarse de
Dios implica de por sí una deshumanización proporcional
de todas las relaciones familiares. Pero en la "plenitud de los
tiempos", Jesús mismo restableció el designio primordial
sobre el matrimonio (cf. Mt 19, 1-12), y así, en el estado de
naturaleza redimida, la unión entre el hombre y la mujer no sólo
puede recobrar la santidad originaria, liberándose del pecado,
sino que también queda insertada realmente en el mismo misterio
de la alianza de Cristo con la Iglesia.
La carta de san Pablo a los Efesios vincula
la narración del Génesis con este misterio: "Por
eso deja el hombre a su padre y a su madre y se une a su mujer, y se
hacen una sola carne" (Gn 2, 24). "Gran misterio es este;
lo digo con respecto a Cristo y a la Iglesia" (Ef 5, 32). El nexo
intrínseco entre el matrimonio, instituido al principio, y la
unión del Verbo encarnado con la Iglesia se muestra en toda su
eficacia salvífica mediante el concepto de sacramento. El concilio
Vaticano II expresa esta verdad de fe desde el punto de vista de las
mismas personas casadas: "Los esposos cristianos, con la fuerza
del sacramento del matrimonio, por el que representan y participan del
misterio de la unidad y del amor fecundo entre Cristo y su Iglesia (cf.
Ef 5, 32), se ayudan mutuamente a santificarse con la vida matrimonial
y con la acogida y educación de los hijos. Por eso tienen en
su modo y estado de vida su carisma propio dentro del pueblo de Dios"
(Lumen gentium, 11). Inmediatamente después, el Concilio
presenta la unión entre el orden natural y el orden sobrenatural
también con referencia a la familia, inseparable del matrimonio
y considerada como "iglesia doméstica" (cf. ib.).
La fidelidad de Dios
5.
La vida y la reflexión cristiana encuentran en esta verdad una
fuente inagotable de luz. En efecto, la sacramentalidad del matrimonio
constituye una senda fecunda para penetrar en el misterio de las relaciones
entre la naturaleza humana y la gracia. En el hecho de que el mismo
matrimonio del principio haya llegado a ser en la nueva Ley signo e
instrumento de la gracia de Cristo se manifiesta claramente la trascendencia
constitutiva de todo lo que pertenece al ser de la persona humana y,
en particular, a su índole relacional natural según la
distinción y la complementariedad entre el hombre y la mujer.
Lo humano y lo divino se entrelazan de
modo admirable
La mentalidad actual, fuertemente secularizada,
tiende a afirmar los valores humanos de la institución familiar
separándolos de los valores religiosos y proclamándolos
totalmente autónomos de Dios. Sugestionada por los modelos de
vida propuestos con demasiada frecuencia por los medios de comunicación
social, se pregunta: "¿Por que un cónyuge debe ser
siempre fiel al otro?", y esta pregunta se transforma en duda existencial
en las situaciones críticas. Las dificultades matrimoniales pueden
ser de diferentes tipos, pero todas desembocan al final en un problema
de amor. Por eso, la pregunta anterior se puede volver a formular así:
¿Por qué es preciso amar siempre al otro, incluso cuando
muchos motivos, aparentemente justificados, inducirían a dejarlo?
Se pueden dar muchas respuestas, entre
las cuales, sin duda alguna, tienen mucha fuerza el bien de los hijos
y el bien de la sociedad entera, pero la respuesta más radical
pasa ante todo por el reconocimiento de la objetividad del hecho de
ser esposos, considerado como don recíproco, hecho posible y
avalado por Dios mismo. Por eso, la razón última del deber
de amor fiel es la que está en la base de la alianza divina con
el hombre: ¡Dios es fiel! Por consiguiente, para hacer posible
la fidelidad de corazón al propio cónyuge, incluso en
los casos más duros, es necesario recurrir a Dios, con la certeza
de recibir su ayuda. Por lo demás, la senda de la fidelidad mutua
pasa por la apertura a la caridad de Cristo, que "disculpa sin
límites, cree sin límites, espera sin límites,
aguanta sin límites" (1 Co 13, 7). En todo matrimonio se
hace presente el misterio de la redención, realizada mediante
una participación real en la cruz del Salvador, según
la paradoja cristiana que une la felicidad a la aceptación del
dolor con espíritu de fe.
Sentido religioso
6.
De estos principios se pueden sacar muchas consecuencias prácticas,
de índole pastoral, moral y jurídica. Me limito a enunciar
algunas, relacionadas de modo especial con vuestra actividad judicial.
Ante todo, no podéis olvidar nunca
que tenéis en vuestras manos el gran misterio del que habla san
Pablo (cf. Ef 5, 32), tanto cuando se trata de un sacramento en sentido
estricto, como cuando ese matrimonio lleva en sí la índole
sagrada del principio, pues está llamado a convertirse en sacramento
mediante el bautismo de los dos esposos. La consideración de
la sacramentalidad pone de relieve la trascendencia de vuestra función,
el vínculo que la une operativamente a la economía salvífica.
Por consiguiente, el sentido religioso debe impregnar todo vuestro trabajo.
Desde los estudios científicos sobre esta materia hasta la actividad
diaria en la administración de la justicia, no hay espacio en
la Iglesia para una visión meramente inmanente y profana del
matrimonio, simplemente porque esta visión no es verdadera ni
teológica ni jurídicamente.
Apoyar siempre al matrimonio y a la familia
7.
Desde esta perspectiva es preciso, por ejemplo, tomar muy en serio la
obligación que el canon 1676 impone formalmente al juez de favorecer
o buscar activamente la posible convalidación del matrimonio
y la reconciliación. Como es natural, la misma actitud de apoyo
al matrimonio y a la familia debe reinar antes del recurso a los tribunales:
en la asistencia pastoral hay que iluminar pacientemente las conciencias
con la verdad sobre el deber trascendente de la fidelidad, presentada
de modo favorable y atractivo. En la obra que se realiza con vistas
a una superación positiva de los conflictos matrimoniales, y
en la ayuda a los fieles en situación matrimonial irregular,
es preciso crear una sinergia que implique a todos en la Iglesia: a
los pastores de almas, a los juristas, a los expertos en ciencias psicológicas
y psiquiátricas, así como a los demás fieles, de
modo particular a los casados y con experiencia de vida. Todos deben
tener presente que se trata de una realidad sagrada y de una cuestión
que atañe a la salvación de las almas.
Sólo existe un modelo de matrimonio
8.
La importancia de la sacramentalidad del matrimonio, y la necesidad
de la fe para conocer y vivir plenamente esta dimensión, podrían
también dar lugar a algunos equívocos, tanto en la admisión
al matrimonio como en el juicio sobre su validez. La Iglesia no rechaza
la celebración del matrimonio a quien está bien dispuesto,
aunque esté imperfectamente preparado desde el punto de vista
sobrenatural, con tal de que tenga la recta intención de casarse
según la realidad natural del matrimonio. En efecto, no se puede
configurar, junto al matrimonio natural, otro modelo de matrimonio cristiano
con requisitos sobrenaturales específicos.
No se debe olvidar esta verdad en el momento
de delimitar la exclusión de la sacramentalidad (cf. canon 1101,
2) y el error determinante acerca de la dignidad sacramental (cf. canon
1099) como posibles motivos de nulidad. En ambos casos es decisivo tener
presente que una actitud de los contrayentes que no tenga en cuenta
la dimensión sobrenatural en el matrimonio puede anularlo sólo
si niega su validez en el plano natural, en el que se sitúa el
mismo signo sacramental. La Iglesia católica ha reconocido siempre
los matrimonios entre no bautizados, que se convierten en sacramento
cristiano mediante el bautismo de los esposos, y no tiene dudas sobre
la validez del matrimonio de un católico con una persona no bautizada,
si se celebra con la debida dispensa.
La protección de María
9.
Al término de este encuentro, mi pensamiento se dirige a los
esposos y a las familias, para invocar sobre ellos la protección
de la Virgen. También en esta ocasión me complace repetir
la exhortación que les dirigí en la carta apostólica
Rosarium Virginis Mariae: "La familia que reza unida,
permanece unida. El santo rosario, por antigua tradición, es
una oración que se presta particularmente para reunir a la familia"
(n. 41).
A todos vosotros, queridos prelados auditores,
oficiales y abogados de la Rota romana, os imparto con afecto mi bendición.
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"La
dimensión natural y la relación con Dios no son dos
aspectos yuxtapuestos; al contrario, están unidos tan íntimamente
como la verdad sobre el hombre y la verdad sobre Dios". |
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