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La
libertad religiosa, ¿planta de imposible arraigo en el islam?
Autor: Francisco de Andrés
Publicado en Aceprensa, servicio 67/04 de 19 de mayo de 2004
(publicado con el permiso del autor)
En un momento en que el islam en Europa reclama su homologación
legal con las demás religiones, surge inevitablemente la cuestión
de la reciprocidad en los países árabes. No se trata en
este caso del respeto a la libertad religiosa de una población
extranjera. Lo que se plantea es el derecho de una minoría tan
árabe como el resto de la población, pero de religión
cristiana.
Incierto porvenir de la minoría cristiana en
el mundo árabe
Kamran es libanés, y, aunque no ha cumplido los
40 años, lleva 19 trabajando en una embajada occidental en la
capital de Arabia Saudí, Riad. Su mujer, Soheila, también
libanesa, trabaja en la misma legación. Ambos solicitaron hace
años el visado europeo, y no pierden la esperanza de conseguirlo.
Su sueño no consiste tanto en buscar Eldorado en Europa como
en alejarse de Oriente Próximo. "Es muy duro vivir aquí
siendo árabe y cristiano", comenta Kamran. Soheila asiente:
"Si somos de la misma raza, ¿por qué nos detestan
tanto?". Buena parte de los casi 12 millones de cristianos que
viven en Oriente Próximo se formulan la misma pregunta. La respuesta
es con frecuencia el éxodo a Occidente.
Para muchos cristianos árabes, la emigración
representa el final de un largo proceso de exclusión y de persecución,
más o menos directa, en todos los países del área.
En Tierra Santa, en particular en Cisjordania, existe un boicot casi
permanente a los negocios dirigidos por los palestinos cristianos. En
Egipto los coptos han sabido mantenerse al frente del sector privado
de la economía, pero tienen desde hace siglos la categoría
de ciudadanos de segunda y no pueden acceder a los cargos públicos.
Temor a la desaparición
Desde la desgraciada guerra civil (1975-1990), los cristianos
libaneses han visto reducida drásticamente su participación
en el poder. En 1932 eran el 55% de la población del Líbano.
Hoy son menos del 30%. Más de la mitad de los cristianos de Irak
han abandonado el país. En Egipto, el proceso migratorio de los
coptos empezó con grandes cifras ya después de la revolución
de 1952.
La celebración, hace cuatro años, del
segundo milenio del nacimiento de Cristo, ayudó a que se difundiera
en Occidente el temor a la desaparición de una de las comunidades
cristianas más antiguas en la tierra donde nació el Evangelio.
Gracias a la campaña de movilización, la Santa Sede logró
canalizar más recursos para sus obras apostólicas en Tierra
Santa. Los países del Golfo, donde la comunidad árabe
cristiana es mínima pero donde trabajan -en condiciones penosas-
millón y medio de católicos asiáticos, fueron objeto
de especial atención, pese a que la intolerancia sin fisuras
de sus regímenes políticos integristas pone numerosas
trabas a cualquier tipo de ayuda del exterior.
Las dificultades tradicionales han provocado un éxodo
de árabes cristianos, más determinado por las expectativas
de ascenso en la escala social y económica en Occidente. A esto
se suma desde hace años el auge del integrismo islámico
en prácticamente todos los países de la región.
Monseñor Giu-
seppe de Andrea, nombrado en 2000 primer nuncio residencial
en Kuwait, con competencias para los siete países del Golfo,
lo explicó hace meses en unas declaraciones a un diario español.
"Temo -comentó De Andrea- que puedan producirse más
restricciones para la minoría cristiana. Los gobiernos islámicos
se han endurecido en materia de tolerancia religiosa. No hablo sólo
de los wahabí saudíes, quizá la rama más
dura de la mayoría suní. Todos los líderes musulmanes
han reforzado sus llamadas a la defensa de su identidad".
Desde la invasión de Irak, en marzo del año
pasado, la llamada de buena parte de los imanes (los clérigos
musulmanes responsables de la predicación en las mezquitas) al
rechazo de los valores occidentales en la nebulosa semántica
de la invocación a la yihad, la guerra santa, es aún más
perentoria. Los atentados de la red islamista Al Qaida, que recorren
toda la geografía del islam, desde Indonesia hasta Marruecos,
no han buscado -hasta la fecha- objetivos propiamente árabe-cristianos.
Pero han creado un clima sofocante para las comunidades cristianas,
más que nunca sospechosas de connivencia con el "enemigo
occidental".
Iniciativas de apoyo
Los últimos estudios estadísticos sobre
la disminución de cristianos en el mundo árabe, realizados
antes de la invasión de Irak, hablan con dramática elocuencia
de la lenta desaparición de la más primitiva de las comunidades
cristianas. A finales de 2001, Belén, la ciudad cristiana por
antonomasia, había perdido la mayoría de población
cristiana que mantuvo casi de modo ininterrumpido a lo largo de dos
milenios. Otro tanto ocurrió con Nazaret, ciudad en la que los
cristianos eran mayoría antes de la creación de Estado
de Israel.
La situación en estas dos ciudades, y en general
en toda la región, ha movilizado numerosas iniciativas -en particular
en Estados Unidos- y un plan de apoyo a la comunidad árabe-cristiana
por parte de la Custodia de Tierra Santa, encomendada a los franciscanos.
Su proyecto incluye la construcción de viviendas para los sectores
más necesitados de la población palestina, y becas de
estudio que faciliten a los jóvenes árabes católicos
obtener su titulación en Israel o en los territorios ocupados
sin necesidad de emigrar a Europa o a Estados Unidos.
Las iniciativas de apoyo a las comunidades cristianas
apenas han servido hasta la fecha para aliviar la sensación de
abandono entre la población árabe-cristiana. El desconcierto
y la irritación se centran en la actitud de los gobiernos occidentales,
que suelen hacer la vista gorda en materia de libertad religiosa cuando
se trata de estrechar relaciones políticas o comerciales con
los regímenes más intolerantes de Oriente Próximo.
Algunas de las iniciativas políticas, tomadas casi exclusivamente
en Estados Unidos, apenas han servido para sensibilizar a la opinión
pública norteamericana respecto a la pobre suerte de los cristianos
del mundo árabe. Cuando no han sido trivializadas con el sambenito
de "fundamentalistas". Ése es el caso de la propuesta
de un conocido político neoyorquino, que pidió un boicot
de los productos de las compañías norteamericanas que
hacen negocios con los regímenes árabes que persiguen
a los cristianos.
Solo Estados Unidos se preocupa
En el terreno institucional, Estados Unidos es, sin
embargo, el único régimen occidental que se preocupa por
la cuestión. Washington ha tratado de mostrar su "respaldo
moral" a las minorías cristianas dentro del islam a través
de las audiencias especiales organizadas por el Senado, y sobre todo
con el informe anual sobre la persecución religiosa en el mundo
que desde 1999 publica el Departamento de Estado.
La campaña de denuncias ha comenzado a prender
en algunos círculos mediáticos occidentales. Una cosa
es plantearse si es oportuno exigir a los regímenes árabes
los estándares democráticos del Occidente cristiano, y
otra muy distinta comulgar con ruedas de molino en materia de derechos
fundamentales del hombre. Entre ellos, el de la libertad religiosa.
En uno de sus últimos números, el semanario
The Economist (3-IV-2004) aborda el problema al analizar el afán
de algunas elites árabes por lograr en sus países mayor
espacio de libertad política y económica. La revista establece
un ranking de libertades en los 18 países árabes. En cabeza
de la lista, sumadas las distintas puntuaciones, figura Marruecos. En
la cola, Arabia Saudí, el país con más estrechas
relaciones económicas con Occidente.
En materia de libertad religiosa, el informe de The
Economist sitúa a Túnez como el país más
tolerante. Le siguen Siria e Irak, curiosamente los dos regímenes
árabes tradicionalmente "canallas" para la Administración
norteamericana. Países como Marruecos, Líbano y Jordania
logran un aprobado más o menos raspado, mientras que el resto
de los países árabes registran graves carencias en su
respeto a las minorías no musulmanas. La revista otorga al régimen
de los 7000 príncipes saudíes un cero tanto en materia
de libertad política como de libertad religiosa, entendida por
el influyente semanario liberal como libertad de culto y separación
del poder político respecto al religioso.
En Arabia Saudí, ni una biblia
La vida para los no musulmanes adquiere niveles intolerables
en Arabia Saudí, el régimen guardián de los lugares
santos de La Meca y Medina y, por lo tanto, en cierto modo paradigma
para los 1.300 millones de musulmanes de todo el mundo que están
obligados a hacer, al menos una vez en su vida, una peregrinación
a la patria del profeta Mahoma.
Esta circunstancia sirve a las autoridades políticas
saudíes para justificar el rigor con que aplican el integrismo
en todos los aspectos de la vida pública, y el celo con que persiguen
a los no musulmanes. Según la tesis oficial, es un "mandato
de Dios" transmitido a través del profeta que no se permita
la presencia de ninguna otra religión en la tierra donde nació
el islam. La interpretación literal de la sura del Corán
tiene algunos detractores dentro de Arabia Saudí -y, desde luego,
en muchos círculos coránicos de otras naciones árabes-,
pero la prohibición de iglesias, incluso dentro de los recintos
de las embajadas, y del más mínimo signo religioso no
islámico es inapelable.
Nada, ni remotamente, puede sugerir la presencia en
Arabia Saudí de otra religión. El hallazgo de un crucifijo
o de una biblia basta para dictar la orden de expulsión en el
caso de los extranjeros, o para fijar penas severas si se trata de un
musulmán saudí. Son relativamente frecuentes las redadas
de la policía religiosa (la mutawa) en domicilios privados donde
se sospecha que pueden reunirse más de dos extranjeros, por lo
general filipinos, para rezar. Según se cuenta en Riad, la compañía
Swissair tuvo problemas para operar en Arabia Saudí por su logotipo,
en el que aparece una cruz.
Cristianismo de catacumbas
La intolerancia que existe en Arabia Saudí -el
único país árabe sin relaciones con el Vaticano-
es especialmente dolorosa por una circunstancia: del millón y
medio de católicos que residen en el área del Golfo Pérsico,
en su mayoría trabajadores inmigrantes procedentes de la India
y Filipinas, medio millón trabajan en territorio saudí.
El único medio para mantener a flote su fe es la reproducción
del régimen de las catacumbas.
Afortunadamente, la situación se alivia en el
resto de los países árabes. El obispo delegado para Arabia
Saudí tiene su sede en los vecinos Emiratos Árabes Unidos,
un régimen que -junto con el de Bahrein- permite la existencia
de algunas escuelas cristianas para los inmigrantes católicos.
Qatar otorgó el año pasado permiso para construir la primera
iglesia del país, y Kuwait ha aceptado que el Vaticano abra en
su capital la sede de la nunciatura para toda la región. El resto
del mundo árabe, con los matices que recoge la clasificación
de The Economist, mantiene unos niveles de tolerancia hacia las minorías
cristianas superiores a los de los países del Golfo.
La situación saudí es especialmente lacerante
por otras razones. El régimen de Riad es el primer promotor mundial
de la construcción de mezquitas en Occidente, y se siente asimismo
responsable de la formación y pago de los imanes que trabajan
en ellas. Por otra parte, en su labor tutelar de las comunidades musulmanas
en Occidente, los líderes musulmanes buscan la homologación
con el cristianismo para obtener más ventajas. Para ello no dudan
en recurrir a los conceptos de "tolerancia" y "libertad
religiosa consagrada por la Constitución", dos términos
que han tomado prestados porque no existen en el diccionario islámico.
La falta absoluta de reciprocidad no inmuta a los dirigentes políticos
árabes. Pero acabará por conmover, tarde o temprano, a
los gobiernos occidentales más afectados por la inmigración
musulmana, en la medida en que se mantenga vivo el debate en la opinión
pública.
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Artículo de Francisco de Andrés sobre la libertad
religiosa en los países de mayoría musulmana, especialmente
en la Península Arábiga. |
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