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La Iglesia y la democracia
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Hacia una democracia con esperanza.
Entrevista al cardenal George Pell.
Autor: José Vidamor Yu, Manila.
Fuente: Clerus.org
Intervención del profesor de Teología
de Manila (Filipinas), José Vidamor Yu, pronunciada en
una videoconferencia mundial organizada por la Congregación
para el Clero sobre Iglesia y Estado.
La palabra democracia deriva
de dos raíces griegas: demos, es decir pueblo, y kratein,
que significa gobernar. El término demokratia, que indica
el gobierno del pueblo, llegó a ser popular entre los griegos,
en especial en Tucídides y Aristóteles y, más
tarde, en Herodoto. Se cuenta que, en Atenas, las bases fundamentales
de la democracia fueron sentadas, según Clístenes,
por el uso de la palabra igualdad. En el discurso fúnebre
en honor de Pericles se nombran tres ideales: la ley, la libertad
y la igualdad.
La Iglesia Católica entabló un combate
histórico con los principios de la democracia,
en particular en Europa. Examinando el progreso de la democracia
desde el tiempo de la revolución francesa, veremos que
la Iglesia fue abandonando poco a poco las antiguas formas de
gobierno y de mando, orientándose preferentemente hacia
la comunidad de Dios, más que dominando como una institución
que ejerce un poder mayor. Hoy en día, la Iglesia ha concentrado
su misión en su presencia en el mundo y se abandona al
poder del Evangelio.
Del estado dinástico al estado nacional:
el cambio de modelo
La imagen medieval del Estado
era dinástica y multinacional. En general, la familia real
controlaba la vida política y económica del pueblo
en los territorios que dominaba. Los estados multinacionales
tendían a ser feudales, como, por ejemplo, los Habsburgo,
los Romanov y el Imperio otomano, en Europa Central y Oriental.
Durante el siglo XIX, algunos cambios rápidos en la sociedad
habían transformado los estados nacionales en estructuras
poderosas que mejoraban la vida social, económica y política.
Gracias a la búsqueda gradual de la libertad el pueblo
dejó de ser súbdito para convertirse en ciudadano.
Es la época en que los pueblos se concentran en sus propias
identidades culturales y políticas y desarrollan distintos
partidos e ideologías. Aparecen entonces eslóganes
revolucionarios que proclaman la búsqueda de la libertad
por parte del hombre, como los que surgen con la Revolución
francesa, que hablan de Libertad, Fraternidad e Igualdad y describen
los ideales de una identidad nueva: la ciudadanía.
Los siglos XIX y XX produjeron distintas ideologías
que subrayaban la libertad personal y los derechos
individuales. El liberalismo se transformó en
una teoría o filosofía política y una tradición
cuyos aspectos centrales eran la tolerancia religiosa, el gobierno
con el consentimiento del pueblo y la libertad personal y económica.
El liberalismo se desarrolló como un sistema político
o una tendencia que se oponía a la centralización
y el absolutismo. Nació en Inglaterra, y su principio fundamental
era la libertad absoluta e irrestricta de pensamiento, religión,
conciencia, opinión, palabra, prensa y política.
La revolución industrial
trajo, además, un conflicto triangular entre el Cristianismo,
el Liberalismo y el Socialismo. Los cristianos se vieron obligados
a buscar un papel nuevo en una sociedad que cambiaba, en la que
los trabajadores, las maquinarias y la urbanización iban
modificando rápidamente el aspecto de las ciudades. La
mayoría de los católicos estaban atrincherados en
posiciones conservadoras, y promovían actitudes antiliberales
y opiniones antisocialistas. En su primera fase, la expresión
Revolución Industrial designaba la evolución que,
entre 1750 y 1830, fue transformando Gran Bretaña y los
estados europeos, que pasaron de una población que vivía
casi exclusivamente de la agricultura a una sociedad cada vez
más dominada por el trabajo en las fábricas. El
conflicto con las nuevas ideologías producidas por las
revoluciones liberal e industrial desencadenó la reacción
de la Iglesia y sus escuelas de pensamiento reaccionaron
a la lucha cada vez más intensa por la libertad y la democracia
en la sociedad. Algunos católicos trataron de reconciliar
los valores del liberalismo y el cristianismo. León XIII
fue el primer papa que buscó una solución a los
conflictos retomando los principios tomísticos sobre la
relación entre la Iglesia y el Estado. Al mismo tiempo,
intentó restablecer la influencia de la Iglesia en la sociedad
y también el regreso a los principios cristianos de aplicación
concreta en la relación entre la Iglesia y la democracia.
León XIII y la democracia
León XIII ofreció soluciones
a los cambios sociales en curso y a los problemas de
su tiempo, en particular, al sentido creciente de la democracia
entre los ciudadanos. Se daba una tendencia a la afirmación
de los derechos y la libertad individuales, acompañada,
sin embargo, por un descuido de los principios morales. El papa
apoyó la democracia intentando definir el carácter
moral del poder público. Además, el poder público
tendría que encontrar su fundamento en Dios y la libertad
del individuo. Por ello aconsejó y exhortó a los
gobernantes "a que gobernaran con benevolencia y una suerte
de amor paterno" (Libertas Humana, Desclée,
II, 110). Por su naturaleza, la actitud de los gobernantes
debería ser paternal. De esa manera, "su gobierno
debe ser justo e imitar el gobierno divino en el hecho de ser
moderado por una bondad paternal" (carta Caritatis providentiaeque,
ASS, 26 (1873-74), 525). Gobernar con amor paternal implica gobernar
con equidad, es decir, "que gobiernen al pueblo con equidad
y fidelidad, y muestren, además de la severidad necesaria,
un amor paternal" (Diuturnum, Desclée, I,
227).
León XIII indicó la promoción
de la libertad del individuo y los grupos de
individuos, en particular en lo referente a la familia, como uno
de los signos concretos de la democracia. El
control exterior de los gobiernos civiles sobre los individuos
y la familia contradice las virtudes del gobierno democrático.
Según sus palabras, "la pretensión, pues, de
que el gobierno pueda penetrar, según su albedrío,
en la familia y el hogar y ejercer un control sobre su intimidad
es un error grave y pernicioso" (Rerum Novarum 14).
La familia tiene la libertad de escoger y aconsejarse con sus
amigos.
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San Pedro y San Pablo.
Sarcófago paleo-cristiano |
De la misma manera, León XIII subrayó
que el derecho a la propiedad es un derecho natural
inalienable del individuo y la familia. El gobierno auténtico
promueve la protección de esos derechos. Además,
cada persona tiene el derecho de crecer en un contexto familiar
y no principalmente bajo el poder del estado. Contra las propuestas
del socialismo, León XIII afirma que la autoridad paternal
no puede ser abolida ni absorbida por el Estado. Los cuidados
de los padres tienen el mismo origen que la misma vida humana
(cfr. Rerum Novarum 14). Apartar al niño de su
familia es un acto de injusticia para con la persona humana. Contra
el Socialismo, subrayaba que "los socialistas, alejando a
los padres y estableciendo un control por parte del Estado, actúan
contra la justicia natural y destruyen la estructura del hogar"
(Rerum Novarum 14). La democracia destaca
el derecho a una familia y a que la libertad del individuo se
modele en el contexto de la familia. Los padres tienen también
el derecho de modelar el futuro y el destino de sus hijos según
sus sueños.
La libertad y el bien común
Mientras en una nación democrática
se destaque la libertad del individuo, siempre debería
prevalecer el bien común. La encíclica
Quadragessimo Anno de Pío XI nos recuerda, cuarenta
años después de la Rerum Novarum de León
XIII, que la justa libertad de acción debe ser dejada a
los ciudadanos individuales y las familias, pero con la condición
de que sea preservado el bien común e impedida toda injusticia
hacia cualquier individuo (cfr. Quadragessimo Anno 25).
La democracia comprende también una atención
especial hacia los desposeídos y los débiles, cuyos
derechos deben ser salvaguardados y reconocidos por el Estado.
Los gobernantes estatales tienen la función de velar por
la comunidad y sus partes. De todas maneras, al proteger a los
individuos y sus derechos, es necesario preocuparse en primer
lugar por los débiles y los pobres (cfr. Quadragessimo
Anno 25).
El ejercicio de la libertad abarca
también la conciencia de la persona humana. El individuo
tiene el derecho de seguir lo que le dictamina su conciencia.
Aunque el derecho de formar asociaciones e instituciones sea un
derecho individual, Pío XI estableció que nadie
debe ser obligado a unirse a un sindicato u otras instituciones
contra su voluntad. Quadragessimo Anno subraya que los sindicatos
deben profesar siempre la justicia y la equidad y conceder a sus
miembros católicos plena libertad de respetar su propia
conciencia y someterse a las leyes de la Iglesia (cfr. Quadragessimo
Anno 35).
El abuso de la libertad puede
provocar discordias en la sociedad. Implica un conflicto entre
los que están en el mundo de los negocios. Será
causa de conflictos entre los estados cuando se sacrifica el bien
común. El abuso de la libertad transforma el libre mercado
en una dictadura económica y lleva a la codicia del poder,
echando al olvido a los pobres. Pío XI nos recuerda que
la concentración de poder, que es el signo característico
de la vida económica contemporánea, es el fruto
de la libertad ilimitada de luchar entre competidores (cfr. Quadragessimo
Anno 107). El abuso de la libertad a través
de la acumulación de poder en los ciudadanos o en los gobernantes
del Estado provoca tres clases de conflictos. Primero, la lucha
por la misma supremacía económica; segundo, un conflicto
tenaz por apoderarse del Estado, y tercero, conflictos entre los
estados (cfr. Quadragessimo Anno 108).
El derecho a la verdad y la información
La democracia es un sistema de
gobierno en el que los ciudadanos participan en las actividades
de gobierno. La libertad de prensa, como derecho inalienable
de la persona en una sociedad democrática, abarca el derecho
a la verdad. La búsqueda de la verdad y el derecho a la
información deben mantenerse en los límites del
orden moral. Juan XXIII escribió que el individuo tiene
derecho a la libertad de investigar la verdad en los límites
del orden moral y el bien común y la libertad de escoger
la profesión que quiera. Es necesario observar que el individuo
tiene también el derecho a una información fehaciente
de los acontecimientos públicos (cfr. Pacem in Terris
12).
El individuo tiene la responsabilidad
de buscar la verdad. La Iglesia asegura que la sociedad
debe ser estructurada de manera que pueda ofrecer a los individuos
recursos abundantes. El acceso del individuo a la verdad y la
información indica que goza de la libertad de formarse
una opinión y el derecho a las necesidades de la vida.
Se debe afirmar que, para que una sociedad pueda ser considerada
como bien ordenada, creativa y conforme a la dignidad humana,
debe basarse en la verdad (cfr. Pacem in Terris 34-35).
El desarrollo basado en la naturaleza humana
La democracia no depende sólo del ejercicio
de la libertad política, sino que se apoya en unos principios
fundamentales. Los países que han ganado la independencia
de sus colonizadores descubren que los programas sociales y económicos
deben estar estructurados en armonía con la naturaleza
y la dignidad humanas (cfr. Populorum Progressio 6).
También la elección del gobierno debe ser dejada
a la voluntad del pueblo. La libertad de elegir a los líderes
de gobierno es una de las características de la democracia.
Gaudium et Spes ha reiterado que la elección de
un régimen político y la designación de los
gobernantes han de dejarse a la libre voluntad de los ciudadanos
(cfr. Gaudium et Spes 74).
La Iglesia promueve la democracia
auténtica, basada en un concepto correcto de la
persona humana. La naturaleza y la dignidad de la persona son
un criterio importante porque se trata de verdades fundamentales.
Pero, a este respecto, es menester observar que, si falta una
verdad última que guíe y dirija la actividad política,
entonces las ideas y las convicciones pueden ser fácilmente
manipuladas por razones de poder. Como lo demuestra la historia,
una democracia sin valores puede convertirse fácilmente
en un abierto o velado totalitarismo (cfr. Centessimus Annus
46).
Como Madre y Maestra, la Iglesia debe tener conciencia
de los signos de los tiempos producidos por cambios radicales
que actualmente tienen lugar en la esfera política y económica.
Los cambios políticos y los avances económicos producen
nuevos conceptos de sociedad y Estado les cuales abandonan, por
consiguiente, las formas tradicionales e introducen formas nuevas.
Estas formas nuevas marcan libertades nuevas,
pero también traen consigo la amenaza de nuevas
injusticias y servidumbres. Estas formas nuevas de libertad
pueden indicar una idea nueva de democracia (cfr. Centessimus
Annus 4).
El gobierno y la vida religiosa
Otro signo importante de la democracia es la protección
de los derechos religiosos. Por cierto, el Vaticano II
dejó sentado que la protección y promoción
de los derechos inviolables del hombre ocupan un lugar primordial
entre los deberes esenciales de un gobierno. Uno de los derechos
que el gobierno tiene el deber de salvaguardar por medio de leyes
justas y otros medios adecuados es la libertad religiosa de todos
sus ciudadanos. Dignitatis Humanae dice además
que el gobierno debe contribuir a crear condiciones favorables
a la promoción de la vida religiosa, para que el pueblo
pueda ejercer realmente sus derechos religiosos y cumplir con
sus deberes religiosos (cfr. Dignitatis Humanae 6).
La Iglesia tiene el concepto de una sociedad
democrática que proteja los derechos basados en
la vocación trascendental de la persona humana,
comenzando por el derecho a la libertad de profesar y practicar
las convicciones religiosas. Una sociedad democrática auténtica
se centra en el desarrollo en el marco de la solidaridad y la
libertad (cfr. Sollicitudo Rei Socialis 33). La Iglesia
condena toda forma de totalitarismo pues niega la "dignidad
trascendental de la persona humana" (Centessimus Annus
44) y expresa, en cambio, gran estima por los sistemas democráticos
que reconozcan el papel esencial de los individuos, las familias
y los distintos grupos que constituyen la sociedad y den, asimismo,
a los ciudadanos amplias posibilidades de participar en el desarrollo
de las comunidades políticas y religiosas.
Las estructuras en la Iglesia: el sentido de
la participación
La participación en la Iglesia por medio
de una consultación es una expresión democrática.
Bajo la forma de sínodos y concilios pastorales diocesanos,
la consultación indica una corresponsabilidad en
la misión y las orientaciones pastorales de la
Iglesia. A pesar de que la Iglesia tenga una estructura jerárquica
que limita la práctica de la democracia, todos los miembros
de la Iglesia participan de una responsabilidad común en
el ejercicio de la misión de la Iglesia. Aunque el papa
sea elegido por el colegio de los cardenales y la selección
del clero quizá no sea democrática, la Iglesia respeta
la libertad de expresión por medio de la consultación.
Los consejos presbiterales y el colegio de consultores son buenos
ejemplos, a nivel diocesano, de estructuras participativas necesarias
para el gobierno de la Iglesia. Bajo muchos aspectos la Iglesia
no es democrática porque en ella el poder proviene de Cristo.
Como comunión, la Iglesia
protege los derechos de todos sus miembros en
cuanto expresan sus necesidades y deseos espirituales. El Vaticano
II destaca que el laicado tiene el derecho, como todos los cristianos,
de recibir de sus pastores espirituales los bienes espirituales
de la Iglesia con abundancia, en particular la ayuda de la palabra
de Dios y los sacramentos. Los fieles deben manifestarles abiertamente
sus necesidades y deseos, con esa libertad y confianza que les
corresponden a los hijos de Dios y hermanos en Cristo (Lumen
Gentium 37).
La participación de cualquier miembro de
la Iglesia en el sacerdocio ministerial o común encuentra
su punto culminante en Cristo. De todos modos, el Vaticano II
habla del sacerdocio ministerial o jerárquico como interrelacionados:
cada uno, de manera específica, es una participación
en el único ministerio de Cristo (cfr. Lumen Gentium
10). Por medio de los sínodos diocesanos y los consejos
pastorales, toda la Iglesia, laicos y clérigos, participa
en el gobierno de la Iglesia. Además, la Iglesia tiene
el deber de educar a quienes tienen responsabilidades en la legislación,
la administración de la justicia y la formulación
de las leyes en la Iglesia y en la esfera pública. En Ecclesia
in America, Juan Pablo II recuerda que la Iglesia debe dedicarse
a la labor de educar y sostener a los laicos que se dediquen a
legislar, gobernar y administrar la justicia, para que todas las
legislaciones, deliberaciones y juicios reflejen siempre los principios
y los valores morales del bien común (cfr. Ecclesia
in America 19).
La democracia es un valor humano
que la Iglesia valora y aprueba. A medida que la persona humana
progresa, surgen hoy nuevas formas de libertad y también
nuevas formas de pensamiento democrático. La Iglesia se
esfuerza para que se llegue a una libertad basada en la verdad.
No puede haber libertad sin verdad, así como no puede haber
una democracia verdadera sin libertad auténtica.
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"La Iglesia promueve la democracia auténtica, basada
en un concepto correcto de la persona humana. La naturaleza y la
dignidad de la persona son un criterio importante porque se trata
de verdades fundamentales". |
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