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Hacia una democracia con esperanza
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Vidamor.
Autor: Michael Cook
Fuente: Aceprensa, nº 3/05, 12 de enero de 2005
Entrevista con el Cardenal George
Pell, Arzobispo de Sydney
El cardenal George Pell, arzobispo de Sydney,
es una figura controvertida en Australia. Pero se ha ganado el
respeto de la prensa por su estilo franco y su vigor intelectual.
Recientemente publicó un estimulante artículo sobre
el futuro de la democracia en la revista Quadrant.
- ¿Va a ser
el siglo XXI una pelea entre la democracia secular, el cristianismo
y el islam para conquistar el corazón de los hombres?
- Muy posiblemente. Pero no olvidemos el budismo
y el hinduismo. Aunque el Partido del Congreso ha recuperado el
poder en la India, el anterior gobierno -del BJP- era extremadamente
pro-hindú, y algunos de sus miembros eran nacionalistas
radicales. De hecho, en los últimos años hubo cierto
número de ataques a cristianos. La gran incógnita
es qué camino tomará China. Es la próxima
gran posibilidad misionera. Bajo el comunismo,
y especialmente a causa de la Revolución Cultural de Mao,
fueron destruidas muchas tradiciones antiguas, especialmente entre
la gente educada más joven. Muchos chinos buscan hoy algo
más. El cristianismo crece en China, como lo hizo en el
Imperio Romano, aunque no solo por los católicos sino también
por los protestantes. Por eso no me sorprendería mucho
si en los próximos años vemos una significativa
expansión del cristianismo en China.
- George Bush pretende
que Irak sea el modelo de la democracia en Oriente Medio. ¿No
es un planteamiento un tanto ingenuo? ¿Es el Islam un terreno
demasiado pedregoso para que arraigue la democracia?
- Irak es un proyecto arriesgado y seguirá
siéndolo durante bastante tiempo. Pero el país con
más musulmanes del mundo es Indonesia y es una democracia.
Turquía también lo es. La tradición
democrática no es demasiado antigua en ninguna
sociedad, pero ha sido desconocida entre los musulmanes durante
un milenio. No obstante, debería tener alguna oportunidad
de instalarse en Irak. Posiblemente el proceso deba ser liderado
por la mayoría chií -esperemos que con la adecuada
protección para suníes y kurdos- y termine en algún
tipo de gobierno federal.
- Quizás
el islam no sea su mayor preocupación y sí el secularismo
de Occidente. ¿Es la democracia secular la democracia pura
o tiene también su propia visión del lugar del hombre
en el universo?
- No hay democracia pura. Cada democracia está
al servicio de un conjunto de valores, aunque
se diga que solo acepta los derechos humanos. Esto presupone una
serie de valores sobre la libertad y la igualdad. Tendemos a dar
esto por supuesto, aunque históricamente esa fórmula
haya sido muy discutida. Una forma de democracia secular garantiza
que haya espacio para diferentes concepciones éticas competidoras.
Pero hay otra, más laicista, que pretende excluir de la
vida pública cualquier tipo de consideración religiosa.
Eso es a lo que me opongo.
El personalismo democrático
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Escudo de Castilla y León
sostenido por dos ángeles.
Monasterio de El Paular (Rascafría, España) |
- Usted propone
una visión diferente de vivir el ideal democrático:
el personalismo democrático. ¿En qué consiste?
- En gran parte se basa en las ideas del filósofo
francés Jacques Maritain; Juan Pablo II lo ha expuesto
de forma coherente. La idea estaba ya presente en el corazón
de las mejores iniciativas de la Democracia Cristiana, después
de la II Guerra Mundial. Konrad Adenauer podría ser descrito
con precisión como personalista democrático. El
personalismo democrático se basa en el
concepto cristiano de que todas las personas han sido creadas
a imagen de Dios y todas tienen los mismos derechos, sean jóvenes
o ancianos, enfermos o sanos, etc. La prioridad no es la economía
ni la expansión militar sino el bienestar de los individuos.
Al contrario que en los regímenes fascistas, comunistas
o nazi, el individuo no está subsumido en la colectividad,
en la nación, en la raza o en los intereses de la clase
trabajadora. Los derechos y deberes humanos son la base para construir
entre todos una verdadera comunidad.
- ¿Esto exige
creer en Dios, en el Dios cristiano?
- A largo plazo sí, pero no estoy seguro
de que exija creer en el Dios cristiano. Hay personas explícitamente
laicistas a las que llamo neopaganos.
Los paganos del Imperio Romano creían en dioses –caprichosos
y medio humanos–, pero al menos creían en que la
vida tenía un sentido. Algunos laicistas agresivos, por
otro lado, creen que la vida es un gigantesco flujo cósmico.
Estamos aquí por casualidad, no vamos a ningún sitio
y nada tiene sentido. Sartre decía que la vida de un borracho
solitario tenía tan poco valor como la vida de un gran
estadista. Eso es un punto de vista totalmente contrario al cristiano.
Esas personas son incapaces de atribuir un gran valor a la vida
humana. Dicen que somos la forma más desarrollada de la
vida animal. Ese concepto también es distinto al nuestro,
porque si tenemos un animal que está sufriendo mucho, lo
eliminamos. Algunos neopaganos lo harían: ya se ha visto
el entusiasmo que profesan hacia la eutanasia.
El optimismo del creyente
- Usted ha dicho
que “la diferencia entre la democracia secular y el personalismo
democrático es la diferencia entre la democracia basada
en el miedo y la democracia basada en la esperanza”. ¿Podría
explicarlo?
- Con un laicista militante,
en la forma en que lo he descrito, es muy difícil llegar
a un acuerdo sobre los principales valores humanos. Algunos -como
el filósofo británico John Gray, por ejemplo- evitan
incluso hablar de valores. Gray se mueve en la dirección
hobbesiana de que la función principal de la sociedad es
evitar que las personas se roben o maten entre ellas. La democracia
es simplemente un mecanismo para administrar los debates sobre
valores, más que para resolverlos. Quienes piensan así
es lógico que vean a los demás como extraños.
En consecuencia, temen que los demás les hagan daño
y dan todos los pasos para protegerse. Los creyentes no solo creemos
en la existencia de Dios, sino en que se preocupa por nosotros
y que es bueno. Confiamos en que la creación tiene un sentido
y estamos más inclinados a confiar en los demás.
Quizás por eso nos angustian menos las crisis ecológicas.
Puede que haya datos incuestionables sobre la degradación
del planeta, pero aunque sea así, confiamos en la providencia
y en la capacidad humana. Si la democracia en su forma extrema
significa secularismo, la evolución demográfica
está contra ella. Las estadísticas muestran que
los creyentes tienen más hijos. Pienso que se debe a que
son más optimistas y a que tienen más esperanza.
Hay una correlación clara entre secularismo y pocos o ningún
hijo, y fe y más hijos.
- ¿Necesita
la democracia secular ser salvada de sí misma? ¿Tiene
el cristianismo alguna función en eso?
- Creo que sí. Una democracia secular,
amiga de la tradición occidental y de los valores judeocristianos
y que deja espacio para ellos, puede decirse que está salvada.
Una democracia secular hostil hacia cualquier influencia religiosa
fomentará la alienación. Por eso me alegro de que
los cristianos de todas las confesiones cooperen para defender
los valores cristianos en la vida pública y de que los
presenten para lograr la aprobación de la mayoría
en nuestras democracias.
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