| |

Mensaje
de Juan Pablo II
a la Conferencia episcopal francesa
en el centenario
de la ley de separación de la Iglesia y el Estado,
de 11 de febrero de 2005
También le interesará:
Estado laico, laicidad y laicismo,
y El
laicismo está poniendo en peligro la libertad religiosa,
constata el cardenal Ratzinger. Entrevista
al Cardenal Joseph Ratzinger en el diario La Repubblica, el 19
de abril de 2004.
Artículo relacionado:
La laicidad francesa
y las religiones: un reto.
Conferencia de monseñor André
Lacrampe, arzobispo de Besançon (Francia)
A monseñor Jean-Pierre Ricard, Arzobispo
de Burdeos, Presidente de la Conferencia episcopal de Francia
y a todos los obispos de Francia.
Queridos hermanos en el episcopado:
1.
Durante vuestras visitas ad limina, me habéis hecho participe
de vuestras preocupaciones y vuestras alegrías, poniendo
de relieve las buenas relaciones que mantenéis con los
responsables de la sociedad civil, por lo cual ni puedo menos
de alegrarme. En nuestros encuentros abordé en vosotros
la cuestión de las relaciones con las autoridades civiles
desde la perspectiva del centenario de la ley de separación
de la Iglesia y el Estado. Asimismo, en el discurso que dirigí
a los obispos de la provincia de Besançon, el 27 de febrero
de 2004, traté directamente sobre la cuestión de
la laicidad.
2.
En 1905, la ley de separación de la Iglesia y el Estado,
que denunciaba el Concordato de 1804, fue un acontecimiento doloroso
y traumático para la Iglesia en Francia. Esa ley regulaba
el modo de vivir en Francia el principio de laicidad y, en ese
marco, sólo mantenía la libertad de culto, relegando
al mismo tiempo el hecho religioso a la esfera privada, sin reconocer
a la vida religiosa y a la institución eclesial un lugar
en el seno de la sociedad. La vida religiosa del hombre sólo
se consideraba entonces como un simple sentimiento personal, desconociendo
así la naturaleza profunda del hombre, ser a la vez personal
y social en todas sus dimensiones, incluida su dimensión
espiritual. Sin embargo, desde 1920, hay que agradecer al Gobierno
francés el haber reconocido, en cierta manera, el lugar
del hecho religioso en la vida social, la actividad religiosa
personal y social, y la constitución jerárquica
de la Iglesia, que es constitutiva de su unidad.
El centenario de esta ley puede ser hoy ocasión
para reflexionar sobre la historia religiosa en Francia durante
el siglo pasado, considerando los esfuerzos realizados por las
diferentes partes enfrentadas para mantener el diálogo,
esfuerzos coronados con el restablecimiento de las relaciones
diplomáticas y con el acuerdo estipulado en 1924, suscrito
por el Gobierno de la República, descrito después
en la encíclica de mi predecesor el Papa Pió XI,
con fecha 18 de febrero de ese año, Maximam gravissimamque.
A partir de 1921, después de años difíciles,
por iniciativa del Gobierno francés, ya se habían
entablado nuevas relaciones entre la República francesa
y la Sede apostólica, que abrían el camino a un
marco de negociación y cooperación. En este, marco,
pudo ponerse en marcha un proceso de pacificación, en el
respeto del orden jurídico, tanto civil como canónico.
Este nuevo espíritu de comprensión mutua permitió
entonces encontrar solución a cierto número de dificultades
y hacer que todas las fuerzas del país contribuyeran al
bien común, cada una en su propio ámbito.
En cierta manera, se puede decir que ya se había
alcanzado una suerte de entendimiento día a día,
que abría el camino a un acuerdo consensual de hecho sobre
las cuestiones institucionales de importancia fundamental para
la vida de la Iglesia. Esta paz, lograda progresivamente, ha llegado
a ser una realidad profundamente arraigada en el pueblo francés.
Permite a la Iglesia que está en Francia cumplir su misión
con confianza y serenidad, y participar cada vez más activamente
en la vida de la sociedad, respetando las competencias de cada
uno.
 |
| Vista de Lyon (Francia) |
3.
Bien comprendido, el principio de laicidad, muy arraigado en vuestro
país, pertenece también a la doctrina social de
la Iglesia. Recuerda la necesidad de una justa separación
de poderes (cf. Compendio de la doctrina social de la Iglesia,
nn. 571-572), que se hace eco de la invitación de Cristo
a sus discípulos: «Dad al César lo que es
del César y a Dios lo que es de Dios» {Le 20, 25).
Por su parte, la no confesionalidad del Estado, que es una no
intromisión del poder civil en la vida de la Iglesia y
de las diferentes religiones, así como en la esfera de
lo espiritual, permite que todos los componentes de la sociedad
trabajen juntos al servicio de todos y de la comunidad nacional.
Asimismo, como recordó el concilio ecuménico
Vaticano II, la Iglesia no está llamada a gestionar el
ámbito temporal, puesto que "en razón de su
función y de su competencia, no se confunde, de ningún
modo con la comunidad política y no está vinculada
a ningún sistema politicón (Gaudium et spes,
76; cf. n. 42). Pero, al mismo tiempo, es preciso que todos trabajen
por el interés general y por el bien común. Así
se expresa también el Concilio: «La comunidad política
y la Iglesia, (...) aunque por diverso título, están
al servicio de la vocación personal y social del hombre.
Este servicio lo realizarán con tanta mayor eficacia, para
bien de todos, cuanto más sana y mejor sea la cooperación
entre ellas» (ib., 76).
4.
La aplicación de los principios de la doctrina social de
la Iglesia ha permitido, entre otras cosas, nuevos desarrollos
en las relaciones entre la Iglesia y el Estado en Francia, hasta
llegar, durante los últimos años, a la creación
de una instancia de diálogo al más alto nivel, abriendo
el camino, por una parte, a la regulación de las cuestiones
pendientes o de las dificultades que pueden presentarse en diferentes
campos, y por otra, a la realización de un cierto número
de colaboraciones en la vida social, con vistas al bien común.
Así, pueden desarrollarse relaciones confiadas que permiten
tratar las cuestiones institucionales, por lo que concierne a
las personas, a las actividades y a los bienes,con espíritu
de cooperación y de respeto mutuo. Me complacen también
todas las formas de colaboración que se realizan de manera
serena y confiada en los municipios, en las comunidades locales
y en el seno de las regiones, gracias a la atención de
las personas elegidas, del clero, de los fieles y de los hombres
y mujeres de buena voluntad.
Conozco la estima en la que tenéis a los
responsables de la nación y los vínculos que mantenéis
con ellos, estando siempre dispuestos a aportar vuestra contribución
a la reflexión, en los ámbitos donde se juega el
futuro del hombre y de la sociedad, y con vistas a un mayor respeto
de las personas y de su dignidad. Con vosotros, aliento a los
fieles laicos en su deseo de servir a sus hermanos y hermanas
con una participación cada vez más activa en la
vida pública, pues, como dice el concilio Vaticano II,
«la comunidad cristiana se siente verdadera e íntimamente
solidaria del género humano y de su historia» (Gaudium
et spes, 1). Los católicos de Francia, en razón
de su condición de ciudadanos, como sus compatriotas, tienen
el deber de participar, según sus competencias y en el
respeto de sus convicciones, en los diferentes sectores de la
vida pública.
5.
El cristianismo ha desempeñado, y desempeña aún,
un papel importante en la sociedad francesa, en los campos político,
filosófico, artístico o literario. En el siglo XX,
la Iglesia en Francia ha contado también con grandes pastores
y grandes teólogos. Se puede decir que fue un período
particularmente fecundo, incluso para la vida social. Henri de
Lubac, Yves Congar, Marie-Dominique Chenu, Jacques y Raisa Maritain,
Emmanuel Mounier, Robert Schuman, Edmond Michelet, Madeleine Delbrél,
Gabriel Rosset, Georges Bernanos, Paul Claudel, Francois Mauriac,
Jean Lacroix, Jean Guitton, Jérôme Lejeune, tantos
nombres que han marcado el pensamiento y la praxis franceses,
y que siguen siendo grandes figuras reconocidas no sólo
por la comunidad eclesial sino también por la comunidad
nacional.
Estas personas, al igual que otros muchos católicos,
han ejercido una influencia decisiva en la vida social de vuestro
país y algunos también en la construcción
de Europa; todos fundaban su planteamiento intelectual y su actividad
en los principios evangélicos. Puesto que amaban a Cristo,
amaban también a los hombres y se entregaban a su servicio.
Hoy corresponde a los católicos de vuestro país
avanzar por el camino de sus predecesores. No se puede olvidar
el papel tan importante que han desempeñado los valores
cristianos en la construcción de Europa y en la vida de
los pueblos del continente. El cristianismo ha modelado en gran
parte el rostro de Europa, y a los hombres de hoy les corresponde
edificar la sociedad europea sobre los valores que presidieron
su nacimiento y que forman parte de su riqueza.
Francia no puede por menos de alegrarse de tener
en su seno a hombres y mujeres que sacan del Evangelio, de su
vida espiritual y de su vida cristiana, elementos y principios
antropológicos que promueven una elevada idea del hombre,
principios que les ayudan a cumplir su misión de ciudadanos,
en todos los niveles de la vida social, para servir a sus hermanos
los hombres, para participar en el bien común, para difundir
la concordia, la paz, la justicia, la solidaridad y el buen entendimiento
entre todos, en definitiva, para aportar con alegría su
piedra a la construcción del cuerpo social.
A este propósito, conviene que hoy os preocupéis
por intensificar cada vez más la formación de los
fieles en la doctrina social de la Iglesia y en una reflexión
filosófica seria, sobre todo la de los jóvenes que
se preparan para desempeñar cargos importantes en puestos
de decisión en el seno de la sociedad; deberán esforzarse
por difundir los valores evangélicos y los fundamentos
antropológicos seguros en los diferentes ámbitos
de la vida social. Así, en vuestro país, la Iglesia
se presentará a la cita con la historia. Los cristianos
son conscientes de que tienen una misión que cumplir al
servicio de sus hermanos, como dice uno de los textos mas antiguos
de la literatura cristiana: «Es tan noble el puesto que
Dios les ha asignado, que no les es lícito desertar de
él» (Carta a Diogneto, VI, 10). Esta misión
implica también para los fieles un compromiso personal,
ya que supone dar testimonio de palabra y obra, viviendo los valores,
morales y espirituales, y proponiéndolos a sus conciudadanos,
en el respeto de la libertad de cada uno.
6.
La crisis de valores y la falta de esperanza que se constata en
Francia, y más ampliamente, en Occidente, forman parte
de la crisis de identidad que atraviesan las sociedades modernas
actuales; estas muy a menudo sólo proponen una vida fundada
en el bienestar material, que no puede indicar el sentido de la
existencia, ni dar los valores fundamentales para tomar decisiones
libres y responsables, fuente de alegría y felicidad. La
Iglesia se interroga sobre esta situación y desea que los
valores religiosos, morales y espirituales, que forman parte del
patrimonio de Francia, que han modelado su identidad y han forjado
a generaciones de personas desde los primeros siglos del cristianismo,
no caigan en el olvido. Por tanto, invito a los fieles de vuestro
país, en la línea de la Carta a los católicos
de Francia que les dirigisteis hace algunos años,
a encontrar en su vida espiritual y eclesial la fuerza para participar
en la res publica, y para dar nuevo impulso a la vicia
social y una esperanza renovada a los hombres y mujeres de nuestro
tiempo. «Podemos pensar, con razón, que la suerte
futura de la humanidad está en manos de aquellos que sean
capaces de transmitir a las generaciones venideras razones para
vivir y para esperar». (Gaudium et spes, 31).
Desde esta perspectiva, las relaciones y la colaboración
confiada entre la Iglesia y el Estado no pueden por menos de tener
efectos positivos para construir juntos lo que el Papa Pío
XII ya definía como «legítima y sana laicidad»
(Discurso a la colonia de las Marcas en Roma, 23 de marzo
de 1958), que, como recordé en la exhortación apostólica
postsinodal Ecclesia in Europa, no ha de ser un «tipo
de laicismo ideológico o separación hostil entre
las instituciones civiles y las confesiones religiosas»
(n. 117). Así, las fuerzas sociales, en lugar de ser antagonistas,
estarán, cada vez más, al servicio de toda la población
que vive en Francia. Confío en que este tipo de actividad
permita afrontar las situaciones nuevas de la sociedad francesa
actual, en particular en el marco pluriétnico, multicultural
y multiconfesional de estos últimos años.
Reconocer la dimensión religiosa de las
personas y de los componentes de la sociedad francesa, significa
querer asociarla a las demás dimensiones de la vida nacional,
para que aporte su dinamismo a la edificación social y
para que las religiones no tiendan a refugiarse en un sectarismo
que podría representar un peligro para el Estado mismo.
La sociedad debe poder admitir que las personas, respetando a
los demás y las leyes de la República, puedan manifestar
su pertenencia religiosa. En caso contrario, se corre siempre
el riesgo de un aislamiento de identidad y sectario, y del aumento
de la intolerancia, que no pueden menos de entorpecer la convivencia
y la concordia en el seno de la nación.
En razón de vuestra misión, estáis
llamados a intervenir regularmente en el debate público
sobre las grandes cuestiones de la sociedad. De igual modo, en
nombre de su fe, los cristianos, personalmente o en asociaciones,
deben poder tomar públicamente la palabra para expresar
sus opiniones y manifestar sus convicciones, aportando así
su contribución a los debates democráticos, interpelando
al Estado y a sus conciudadanos sobre sus responsabilidades de
hombres y mujeres, especialmente en el campo de los derechos fundamentales
de la persona humana y del respeto de su dignidad, del progreso
de la humanidad -que no puede buscarse a cualquier precio-, de
la justicia y de la equidad, así como de la conservación
del planeta, sectores que comprometen el futuro del hombre y de
la humanidad, y la responsabilidad de cada generación.
A esta condición, la laicidad, lejos de ser lugar de enfrentamiento,
es verdaderamente el espacio para un diálogo constructivo,
con el espíritu de los valores de libertad, igualdad y
fraternidad, en los que el pueblo de Francia, con mucha razón,
está fuertemente arraigado.
7.
Sé que estáis muy atentos a la presencia de la Iglesia
en los lugares donde se plantean las grandes y fundamentales cuestiones
sobre el sentido de la existencia humana. Pienso -por nombrar
sólo algunas particularmente significativas- en el sector
hospitalario, donde la asistencia espiritual a los enfermos y
al personal constituye una ayuda muy importante, así como
en el ámbito de le educación, donde es preciso abrir
a los jóvenes a la dimensión moral y espiritual
de la vida, para permitirles desarrollar su personalidad íntegra.
En efecto, la educación no puede limitarse
a una formación científica y técnica, sino
que debe tener en cuenta todos los aspectos de la persona del
joven. Con esta perspectiva trabaja la Enseñanza católica,
de la que en vuestras diócesis sois vosotros los responsables.
Conozco su preocupación por colaborar en la labor educativa,
que compete a las autoridades civiles, pero también su
deseo de mantener en el cuerpo docente y en la enseñanza
su especificidad propia. Al Estado, por su parte, respetando las
reglas establecidas, le corresponde garantizar también
a las familias que lo deseen la posibilidad de hacer que se imparta
a sus hijos la catequesis que necesitan, elaborando especialmente
horarios convenientes para ello. Por otra parte, sin dimensión
moral, los jóvenes no pueden por menos de sentir la tentación
de la violencia y de comportamientos indignos de ellos, como se
constata regularmente.
A este propósito, quisiera rendir homenaje
a los numerosos santos y santas educadores, que han marcado la
historia de vuestras Iglesias particulares y de la sociedad en
Francia. Me complace recordar a vuestros dos últimos compatriotas,
a quienes he canonizado, Marcelino Champagnat, que contribuyó
ampliamente a la educación de la juventud en las zonas
rurales de Francia, y Leonia Aviat, que se dedicó a ayudar
a los pobres y creó escuelas para las muchachas en centros
urbanos.
Sé que os esforzáis por formar a
los sacerdotes, a los religiosos y las religiosas, y a los laicos,
para que sean testigos y compañeros de sus hermanos, atentos
a sus interrogantes y capaces de sostenerlos en su vida humana,
y espiritual. A este propósito, os felicito por el trabajo
valiente de profesores y educadores, en medio de los jóvenes
de vuestro país, conociendo la delicadeza y la importancia
de su misión.
8.
He querido que el año 2005 sea para toda la comunidad eclesial
Año de la Eucaristía. En la carta apostólica
que escribí sobre este tema, recordé que «La
"cultura de la Eucaristía" promueve una cultura
del diálogo, que en ella encuentra fuerza y alimento. Se
equivoca quien cree que la referencia pública a la fe menoscaba
la justa autonomía del Estado y de las instituciones civiles,
o que puede incluso fomentar actitudes de intolerancia»
(Mane nobiscum Domine, 26). Por eso, os invito a vosotros,
queridos hermanos en el episcopado, así como a todos los
sacerdotes y fieles católicos de Francia, a sacar de la
Eucaristía la fuerza para dar un testimonio renovado de
los auténticos valores morales y religiosos, para proseguir
un diálogo confiado y una colaboración serena con
todos en el seno de la sociedad civil, y para ponerse al servicio
de todos.
Al final de esta carta, quiero expresaros a vosotros
y a todos vuestros compatriotas mi agradecimiento por lo que ya
se ha hecho en el campo social y mi confianza en el futuro de
un buen entendimiento entre todos los componentes de la sociedad
francesa, entendimiento del que ya sois testigos. Que sepan todos
vuestros compatriotas que los miembros de la comunidad católica
de Francia desean vivir su fe en medio de sus hermanos y hermanas,
y poner a disposición de todos sus competencias y sus talentos.
Que nadie tenga miedo de la actividad religiosa de las personas
y de los grupos sociales. Realizada en el respeto de la sana laicidad,
no puede menos de ser fuente de dinamismo y promoción del
hombre.
Aliento a los católicos franceses a estar
presentes en todos los sectores de la sociedad civil, tanto en
los barrios de las grandes ciudades como en la sociedad rural;
tanto en el mundo de la economía, de la cultura y de las
artes como en el de la política; tanto en las obras caritativas
como en el sistema educativo, sanitario y social, manteniendo
un diálogo sereno y respetuoso con todos. Deseo que todos
los franceses trabajen unidos para el crecimiento de la sociedad,
a fin de que todos se beneficien.
Ruego por el pueblo de Francia. Pienso, de modo
especial, en las personas y las familias afectadas por dificultades
económicas y sociales. Ojalá que se instaure una
solidaridad cada vez mayor, para que nadie se vea marginado. Que
en este período se preste mayor atención a las personas
que no tienen ni vivienda ni comida.
Conservo el recuerdo de las diferentes visitas
que he tenido la alegría de realizar a la amada tierra
de Francia y, sobre todo, mi inolvidable peregrinación
a Lourdes, lugar particularmente amado por los fieles de vuestro
país y, más ampliamente, por todas las personas
que quieren encomendarse a María. He podido apreciar la
profundidad humana y espiritual de la actitud de hombres, mujeres
y niños franceses que acuden a la gruta de Massabielle,
testimoniando así el trabajo pastoral que realizáis
en vuestras diócesis, con los sacerdotes, los religiosos,
las religiosas y los laicos comprometidos en la misión
de la Iglesia.
Encomendándoos a la intercesión
de Nuestra Señora de Lourdes, a la que honramos muy particularmente
en este día y a la que se venera en numerosos santuarios
de vuestra tierra, y de todos los santos de vuestro país,
os imparto a vosotros, así como a todos los fieles de vuestras
diócesis, una afectuosa bendición apostólica.
Vaticano, 11 de febrero de 2005
|

"las relaciones y la colaboración confiada entre la
Iglesia y el Estado no pueden por menos de tener efectos positivos
para construir juntos lo que el Papa Pío XII ya definía
como «legítima y sana laicidad»". |
|
|