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El laicismo está poniendo en peligro
la libertad religiosa, constata el cardenal Ratzinger
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episcopal francesa en el centenario
de la ley de separación de la Iglesia y el Estado, de 11
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laico, laicidad y laicismo
Fuente: Vatican Information Service
Entrevista al Cardenal Joseph Ratzinger, efectuada
por el diario La Repubblica el 19 de noviembre de 2004.
El cardenal Joseph Ratzinger, prefecto de la Congregación
para la Doctrina de la Fe, ha concedido una entrevista al diario
italiano "La Repubblica", en la que afirma entre otras
cosas que una sociedad como la nuestra en la que Dios se encuentra
marginado y es absolutamente ausente, se autodestruye.
Según el cardenal Ratzinger "existe
una agresividad ideológica secular, que
puede ser preocupante. En Suecia, un pastor protestante que había
predicado sobre la homosexualidad basándose en un pasaje
de la Escritura, ha pasado un mes en la cárcel. El laicismo
ya no es aquel elemento de neutralidad que abre espacios de libertad
a todos. Comienza a transformarse en una ideología que
se impone a través de la política y no concede espacio
público a la visión católica y cristiana,
que corre el riesgo de convertirse en algo puramente privado y,
en el fondo, mutilado. En este sentido, existe una lucha y debemos
defender la libertad religiosa contra la imposición
de una ideología que se presenta como si fuese la única
voz de la racionalidad, cuando sólo es expresión
de un 'cierto' racionalismo".
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| Cardenal Ratzinger |
- Pero, para usted,
¿qué es la laicidad?
- La laicidad justa es la libertad
de religión. El Estado no impone una religión, sino
que deja espacio libre a las religiones con una responsabilidad
hacia la sociedad civil, y por tanto, permite a estas religiones
que sean factores en la construcción de la vida social.
Preguntado por la verdadera esencia del cristianismo,
el purpurado la describe como «una historia de amor entre
Dios y los hombres. Si se entiende esto en el lenguaje de nuestro
tiempo, el resto viene solo».
- ¿Dónde
está Dios en la sociedad contemporánea?
- Está muy marginado. En la vida política
parece casi indecente hablar de Dios, como si fuese un ataque
a la libertad de quien no cree. El mundo político sigue
sus normas y sus caminos, excluyendo a Dios como algo que no pertenece
a esta tierra. Lo mismo sucede en el mundo del comercio, de la
economía y de la vida privada. Dios queda a un margen.
Sin embargo, me parece necesario volver a descubrir, y existen
las energías, que también la esfera política
y económica tienen necesidad de una responsabilidad
moral, una responsabilidad que nace del corazón
del hombre, y en última instancia, tiene que ver con la
presencia o la ausencia de Dios. Una sociedad
en la que Dios es absolutamente ausente se autodestruye. Lo hemos
visto en los grandes regímenes totalitarios del siglo pasado.
- Por lo que respecta
al tema de la ética sexual, la Encíclica Humanae
vitae ha causado una profunda separación entre el
magisterio y el comportamiento práctico de los fieles.
¿Es hora de volver a reflexionar sobre ella?
- Para mí es evidente que debemos seguir
reflexionando. Ya en sus primeros años de pontificado,
Juan Pablo II ha ofrecido al problema un nuevo tipo de enfoque
antropológico, personalista, desarrollando una visión
muy diversa de la relación entre el yo y el tú
del hombre y de la mujer. Es verdad que la píldora
ha dado lugar a una revolución antropológica de
grandes dimensiones. No ha sido como se podía pensar al
inicio, sólo una ayuda para las situaciones difíciles,
sino que ha cambiado la visión de la sexualidad,
del ser humano y del mismo cuerpo. La sexualidad se ha separado
de la fecundidad y de este modo ha cambiado profundamente el concepto
de la misma vida humana. El acto sexual ha perdido su finalidad,
que antes era clara y determinante, de modo que todas las formas
de sexualidad han llegado a ser equivalentes. Sobre todo, de esta
revolución deriva la equiparación entre homosexualidad
y heterosexualidad. Por eso digo que Pablo VI ha planteado un
problema de muchísima importancia.
- La homosexualidad
es un tema que concierne al amor entre dos personas y no la mera
sexualidad. ¿Qué puede hacer la Iglesia para entender
este fenómeno?
- Diría dos cosas. Antes que nada, debemos
tener un gran respeto por estas personas, que también sufren
y que quieren vivir en modo justo. Por otra parte, crear ahora
la forma jurídica de una especie de matrimonio
homosexual, en realidad no ayuda a estas personas.
- Por lo tanto,
¿usted da un juicio negativo sobre la elección tomada
en España?
- Sí, porque es destructiva para la familia
y para la sociedad. El derecho crea la moral o una forma de moral,
ya que la gente normal habitualmente piensa que lo que afirma
el derecho es moralmente lícito. Y si juzgamos esta unión
más o menos equivalente al matrimonio, nos encontramos
con una sociedad que ya no reconoce ni lo específico
de la familia, ni su carácter fundamental, es
decir, lo que es propio del hombre y la mujer, que tienen como
objetivo dar continuidad - y no solo en sentido biológico-
a la humanidad. Por eso, la elección tomada en España
no aporta un beneficio verdadero a estas personas, porque de esa
forma destruimos elementos fundamentales de un orden de derecho.
- A veces la Iglesia
diciendo no a todo, se ha visto derrotada. ¿No debería
ser posible, por lo menos, un pacto de solidaridad entre dos personas,
aunque sean homosexuales, reconocido y tutelado por la ley?
- Pero institucionalizar un acuerdo de ese tipo
-que el legislador lo quiera o no- aparecería necesariamente
a la opinión pública como otro tipo de matrimonio
que asumiría así, inevitablemente, un valor relativo.
No hay que olvidar, por otra parte que, con estas decisiones hacia
las que tiende hoy una Europa -por decirlo así- en decadencia,
nos separamos de todas las grandes culturas de la humanidad, que
han reconocido siempre el significado propio de la sexualidad:
esto es, que el hombre y la mujer han sido creados para ser, unidos,
la garantía del futuro de la humanidad. Garantía
no solo física, sino también moral.
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"La laicidad justa es la libertad de religión.
El Estado no impone una religión, sino que deja espacio libre
a las religiones con una responsabilidad hacia la sociedad civil". |
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