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Autores Varios, El Opus Dei en la
Iglesia. Introducción eclesiológica a la vida y
el apostolado del Opus Dei.
Ediciones Rialp, Madrid 1993, 346 págs.
Artículos relacionados:
La configuración
jurídica canónica del Opus Dei
,y
reseña al libro "Introducción al estudio
de las prelaturas ".
Nota bibliográfica del libro “Pedro
Rodríguez, Fernando Ocáriz, José Luis Illanes,
El Opus Dei en la Iglesia. Introducción eclesiológica
a la vida y el apostolado del Opus Dei.” Autor de la nota
bibliográfica: Arturo Cattaneo.
Nota bibliográfica publicada en la
revista «Ius Canonicum», 34 (1994) 703–717.
Se reproduce en esta página web con permiso del autor.
La relevancia de un nuevo estudio sobre el Opus
Dei
El Opus Dei ha constituido desde su fundación
–el 2 de octubre de 1928– un fenómeno ascético
y pastoral que ha ampliado horizontes y ha abierto nuevos caminos
en la misión salvífica de la Iglesia. Siempre en
plena comunión con la Jerarquía, el nuevo organismo,
formado por laicos –célibes y casados, hombres y
mujeres– y por clérigos seculares, creció
y se desarrolló con gran solidez, llegando a ser en pocos
decenios una pujante realidad que manifiesta –en palabras
de Pablo VI– «la perenne juventud de la Iglesia».
Una juventud, un carisma y una vida que reclamaban una renovación
de los cauces jurídico-canónicos.
En sus primeras etapas, el Opus Dei no tuvo otra
posibilidad que escoger, entre las figuras canónicas entonces
existentes, la menos inadecuada (2). Fue en el marco de la profunda
renovación eclesiológica y pastoral promovida por
el Vaticano II, donde se ideó una nueva figura, o estructura
pastoral, que ofrecía un cauce adecuado al fenómeno
ascético y apostólico del Opus Dei. Me estoy refiriendo
a la Prelatura personal, propuesta por el Concilio para llevar
a cabo peculiares obras pastorales (3), y luego regulada jurídicamente
por el Código de 1983 (4). Entre canonistas y eclesiólogos
ha despertado un lógico interés tanto esta nueva
estructura, como su concreta aplicación a la realidad pastoral
del Opus Dei.
Hasta la fecha, el enfoque de las investigaciones
acerca de esta novedad conciliar y codicial, al igual que su aplicación
para el Opus Dei, ha sido prioritariamente jurídico-canónico
(5). La obra que comentamos constituye cierta novedad, precisamente
porque, aun refiriéndose a lo jurídico, ilumina
el tema desde una perspectiva eclesiológica y de teología
espiritual. Una obra que, por su novedad y por su relevancia,
también para el ámbito canónico, nos ha parecido
que merece la atención de una nota bibliográfica.
Sus autores, tres prestigiosos teólogos, evitando entrar
en polémicas generalmente poco fructuosas, ofrecen una
profundización en la realidad eclesiológica del
Opus Dei.
En el primer capítulo, P. Rodríguez
estudia la inserción del Opus Dei en la misión y
estructura de la Iglesia. El discurso es continuado en el segundo
capítulo por F. Ocáriz, que se detiene en el aspecto
antropológico–vocacional. En el último capítulo,
J.L. Illanes aporta unas consideraciones sobre la espiritualidad
del Opus Dei, fijando su atención en la secularidad como
una de las características esenciales del espíritu
que anima a sus miembros.
 |
Universidad de Coimbra (Portugal).
Fachada de la biblioteca. |
El libro está prologado por Mons. Álvaro
del Portillo que, como Prelado del Opus Dei y primer sucesor del
Fundador, está particularmente cualificado para ofrecernos
las claves de lectura y señalar las líneas maestras
de una fiel interpretación del carisma fundacional. Con
gran viveza se refiere al Beato Josemaría Escrivá,
testificando su amor a la Iglesia: su celo por la Esposa de Cristo
«se manifestaba constantemente en sus palabras y obras»
(p. 12). Así, todo su heroico empeño para llevar
adelante la Obra –es decir, lo que vio claramente como voluntad
expresa de Dios– se enmarcaba en una actitud de fondo: servir
a su Madre, la Iglesia de Cristo. En este sentido, el autor relata
un suceso del año 1933. El Fundador se encontraba por unos
momentos enfrentado a la duda de que toda aquella Obra no fuese
de Dios, sino suya. Su reacción inmediata, llena de fe
y de humildad, fue entonces la de dirigirse a Dios diciéndole:
«Señor, si la Obra no es para servir a la Iglesia,
destrúyela» (p. 12).
Un segundo aspecto fundamental para la comprensión
del carisma fundacional es puesto de relieve por Álvaro
del Portillo al hilo de la homilía pronunciada por el Beato
Josemaría en el campus de la Universidad de Navarra en
1967, y que posteriormente tituló Amar al mundo apasionadamente.
El núcleo de su pensamiento puede verse en la continuidad
entre el amor a Cristo –y a la Iglesia– y el amor
por las realidades temporales. Dicha continuidad se funda en el
reconocimiento de que éstas no son ajenas al plan salvífico
de Dios, sino que desembocan, en palabras San Agustín,
en aquel «mundo reconciliado» que es la Iglesia. En
este reconducirlo todo hacia el Creador veía el Fundador
un gran campo apostólico, una gran mies a la espera de
trabajadores que, con una preparación adecuada, supieran
«poner a Cristo en la cumbre de todas las actividades humanas»,
como le gustaba repetir. La profunda continuidad entre la Iglesia
y el mundo, así entendido, permite a Mons. del Portillo
glosar certeramente el título de aquella homilía
diciendo que «toda su vida fue ‘amar a la Iglesia
apasionadamente’» (p. 13).
Los autores de los tres capítulos que componen
la obra explican en la Presentación su génesis y
enfoque, subrayando cómo su común calidad de teólogos
y miembros del Opus Dei les ha estimulado en el diálogo
y en la reflexión sobre el espíritu y la praxis
apostólica del Opus Dei (cfr. pp. 15–16). Y todo
ello ha coadyuvado a la elaboración de una obra que, aun
reflejando en cada capítulo las peculiaridades propias
de su respectivo autor, fuera al mismo tiempo unitaria.
A la hora de señalar las fuentes del trabajo,
los autores mencionan, en primer lugar, la experiencia de su vida
en el Opus Dei y, junto a esto, evidentemente, los escritos del
Fundador. Una atención particular han recibido también
los Estatutos de la Prelatura, aprobados por la Santa Sede mediante
la Bula Ut sit, con la que el Opus Dei fue erigido en Prelatura
personal. Es interesante notar, al respecto, que dichos Estatutos
–recogidos, junto con la Bula Ut sit, en el apéndice
del libro– fueron redactados por el Fundador, aunque fue
su sucesor quien los presentó a la Santa Sede para la debida
aprobación.
Entre las numerosas y valiosísimas consideraciones
contenidas en los tres capítulos del libro, destacaremos
las que tienen mayor interés para el ámbito jurídico–canónico,
y que constituyen un progreso respecto a lo que ya ha sido observado
en anteriores publicaciones a propósito de esta Prelatura
personal.
Misión y estructura interna del Opus Dei
El primer capítulo (pp. 21–133) trata
del Opus Dei como realidad eclesiológica. Sus rasgos esenciales
son perfilados en el marco de una amplia y profunda consideración
de la misión y de la estructura de la Iglesia universal
y de las Iglesias particulares. Sobre esta cuestión, Rodríguez
había ya tenido ocasión de pronunciarse con notable
rigor, apoyando saldamente sus reflexiones en la eclesiología
conciliar (6).
El profesor Rodríguez amplía ahora
aquellas consideraciones, deteniéndose en la cuestión
desde la perspectiva concreta y vital del Opus Dei. El horizonte
sugerido como punto de arranque es el de la misión. Recuerda,
así, cómo la Iglesia «se origina en la misión
(trinitaria) –en la doble misión del Hijo y del Espíritu–
y es para la misión (redentora). Por eso, como en Cristo,
la Iglesia tiene todo su ser determinado por la misión...
Una relación semejante entre misión y estructura
es la que se da en el fenómeno pastoral del Opus Dei. Por
eso, debemos comenzar conociendo el mandato imperativo y la misión
que en el seno de la Iglesia han dado origen y fundamento al Opus
Dei» (p. 26).
En el fenómeno pastoral del Opus Dei, el
autor distingue dos elementos o dimensiones en mutua interrelación:
un elemento profético (el mensaje) y un elemento institucional.
Antes de dar razón de las características institucionales,
es conveniente analizar los aspectos que constituyen la dimensión
«profética» del acontecimiento, de aquello
que Dios hizo ver al Fundador el dos de octubre de 1928.
En el carisma fundacional, el autor distingue
así, primeramente, un fundamental dato de fe: la llamada
universal a la santidad que cada cristiano recibe por el bautismo
(cfr. pp. 27–28). En segundo lugar, se debe tener en cuenta
que el Fundador recibió aquella luz portadora de un contenido
preciso y determinado: por el bautismo los cristianos están
llamados personalmente a santificarse en medio de la vida ordinaria,
«en y a través de esas realidades ordinarias de la
vida humana en las que viven, de entre las que emerge, de manera
configurante, el trabajo humano, la polivalente realidad de las
actividades profesionales y sociales» (p. 29). Un tercer
aspecto del mensaje, e inseparablemente unido a los otros dos,
consiste en la vocación universal al apostolado, que se
configura, en este contexto, como «llamada a descubrir y
realizar el sentido apostólico inmanente a aquellas diversas
situaciones del hombre cristiano en el mundo, especialmente el
trabajo humano» (p. 30).
En este triple aspecto del «mensaje»
–señala también Rodríguez– la
mayor novedad es la extensión a los cristianos corrientes
de la llamada a la santidad, de un seguimiento radical de Jesucristo
que históricamente –desde siglos– se venía
entendiendo como vinculado «a las formas canónicas
e institucionales de la vida religiosa» (p. 30). Un mensaje,
por lo tanto, que aun siendo peculiar y, en cierto sentido, específico,
se sitúa a un nivel nuclear y profundo del mismo fin de
la Iglesia.
Pero, como ya quedó apuntado, Josemaría
Escrivá no fue sólo profeta, hombre que difunde
incansablemente un mensaje: para que su predicación prendiera
en el tejido social de la Iglesia, Dios le hizo ver también
que era necesario dar vida a una «convocación de
hombres y de mujeres», a una institución «completamente
dedicada al servicio del anuncio y la realización de ese
mensaje» (p. 32). Desde el comienzo, el Fundador vio claramente
que aquella institución debía responder, sobre todo,
a dos exigencias: la secularidad de sus miembros, y la unidad
del conjunto –formado por sacerdotes y laicos, hombres y
mujeres– gobernado por un único Pastor. Dos aspectos
realmente centrales del carisma fundacional que pedían
verse acogidos y garantizados por un cauce jurídico correspondiente.
No es difícil comprobar cómo sólo la Prelatura
personal responde plenamente a estas exigencias (7). Esa es precisamente
la «forma eclesial» que responde a la «misión»
que el Opus Dei tiene por su carisma fundacional. Sobre el tema
el autor reflexiona en el apartado titulado: «La razón
teológica de la forma institucional del Opus Dei»
(pp. 82–86).
Una vez aclarado por qué la Prelatura personal
ofrece un cauce plenamente apto para el fenómeno ascético–pastoral
del Opus Dei, cabe preguntarse qué otra institución
tiene más elementos comunes con la Prelatura personal y
pueda servir como punto de referencia (analogado principal) para
una mejor comprensión de la nueva estructura.
El autor llega a la conclusión que el analogado
connatural de la Prelatura personal es la Iglesia particular.
Para evitar malentendidos recuerda que esta afirmación
supone, de un lado, que la Prelatura no es una Iglesia particular,
pero también que ambas tienen en común «un
determinado nivel de sustancia teológica» (p. 90).
La diferencia con la Iglesia particular es fácilmente
apreciable desde la misión.
Las Iglesias particulares son ad imaginem
de la Iglesia universal, en ellas adest, inest, operatur
la Iglesia una, santa, católica y apostólica. Ellas
son, por tanto, porciones del Pueblo de Dios en las cuales se
da la plenitud sacramental y la apertura a todos los carismas
para la realización de la misión salvífica
de la Iglesia de Cristo, al menos potencialmente, en todos sus
aspectos e integridad.
Las Prelaturas personales son, en cambio, ad
peculiaria opera pastoralia. Así, en el caso del Opus
Dei, aunque su misión sea tan radical y «no sectorial»,
como antes se ha señalado, no deja por eso de constituir
una dimensión peculiar dentro de la misión universal
de la Iglesia. En efecto, cada Prelatura personal está
determinada y caracterizada por una pastoral especializada que
le ha sido encomendada por el Romano Pontífice en el ejercicio
de su sollicitudo omnium Ecclesiarum. Las Prelaturas
personales representan, por tanto, un subsidio pastoral que es
ofrecido a las Iglesias particulares. En este sentido, se pueden
considerar como estructuras de la Iglesia universal.
Esta diferencia entre Iglesias particulares y
Prelaturas personales no debe ocultarnos, por otro lado, el hecho
de que ambas tienen la misma estructura interna. Tocamos aquí
uno de los puntos neurálgicos de la obra que comentamos,
y donde se aprecia de manera especial la agudeza de las reflexiones
eclesiológicas de Rodríguez. Iglesias particulares
y Prelaturas personales, observa, son comunidades de fieles con
la misma forma de socialidad. En efecto, ambas instituciones tienen
la misma estructura interna: una «estructura que responde
a la originaria articulación eclesial existente entre el
sacerdocio común de los fieles..., y el sacerdocio jerárquico»
(p. 77). Ambas están constituidas por la communio fidelium
y por la communio hierarchica (cfr. p. 87). Son cuerpos eclesiales
estructurados por un triple elemento: «el Prelado con su
presbiterio (8) y el pueblo fiel que apacienta» (p. 89).
Aunque esta coposesión de elementos comunes se dé
en las dos instituciones de modo diferenciado (9) –según
la misión correspondiente–, nos ofrece una sólida
base para afirmar la analogía entre ellas.
En la última parte de su estudio (pp. 94–133),
el autor detiene su atención en algunas cuestiones particulares
relativas a la estructura del Opus Dei, que le ofrecen la oportunidad
de esclarecer todavía más las afirmaciones precedentes.
Así, a propósito de la incorporación de los
fieles a la Prelatura (pp. 94–97), del Prelado y de su tarea
pastoral (10) (pp. 97–103), de la estructura del Opus Dei
como familia (pp. 104–113) y de la participación
de sacerdotes y laicos en el gobierno del Opus Dei (pp. 113–122).
A propósito de esta última cuestión,
nos parece particularmente esclarecedora la manera en que glosa
la afirmación del Fundador sobre la función de los
sacerdotes en la Obra: «No son los sacerdotes de ordinario
para mandar». En estas palabras, Rodríguez ve reflejada
aquella visión del sacerdote que lo concibe como «servidor
de sus hermanos, al que no manda a la manera mundana; quiere evitar
‘entre nosotros’ –escribe a los miembros del
Opus Dei– cualquier manifestación de clericalismo,
con todo lo que tiene de mentalidad de grupo privilegiado, exclusivista
y dominador» (p. 115). Esto no es, evidentemente, óbice
para que quienes tienen la condición de Ordinario de la
Prelatura (11) sean necesariamente sacerdotes, en conformidad
con la estructura constitucional de la Iglesia, según la
cual sólo los que son sellados con el Orden sagrado son
hábiles para recibir la potestad de régimen (12).
Antes de terminar, el autor nos ofrece unas breves
consideraciones sobre la Sociedad Sacerdotal de la Santa Cruz,
la asociación de clérigos propia e intrínseca
a la Prelatura (pp. 122–127) (13) y concluye su estudio
destacando la importancia de concebir la Prelatura del Opus Dei
como una institución al servicio de la communio Ecclesiarum
(cfr. pp. 127–133).
La vocación al Opus Dei en el horizonte
de la vocación cristiana
La profundización eclesiológica
continúa, en el segundo capítulo, con unas reflexiones
acerca de la vocación al Opus Dei. Así como en el
primer capítulo la realidad eclesiológica del Opus
Dei es vista en el horizonte de la misión de la Iglesia,
el autor del segundo capítulo sitúa la vocación
al Opus Dei en el horizonte de la llamada universal a la santidad,
señalando –como marco más específico–
las peculiares determinaciones de la común vocación
cristiana. Sobre la base de estas consideraciones, Ocáriz
llega así a explicar por qué un miembro del Opus
Dei, aun teniendo una vocación peculiar, no deja de ser
un cristiano corriente.
Las reflexiones de este capítulo pueden,
por tanto, sintetizarse en los tres apartados siguientes, que
corresponden a los pasos mencionados.
a. Características de la llamada universal
a la santidad
Es vocación cristiana en el sentido de
que la voluntad salvífica universal se realiza «en
Cristo y desde Cristo: en el plan salvífico de Dios todo
hombre es concebido y amado en Cristo» (p. 139).
Es universal en un doble sentido: subjetivo, ya
que todos los hombres son llamados por Dios a la santidad; objetivo,
ya que todas las realidades que configuran la vida de cada uno
son lugar y medio de santificación, como se desprende de
una cabal comprensión del misterio de la Encarnación
(cfr. pp. 153–161).
La vocación es, a la vez, personal y comunitaria.
Personal, porque cada hombre es llamado por Dios a vivir una vida
determinada e irrepetible (cfr. p. 137). Comunitaria, porque «Dios
llama en la Iglesia y a través de la Iglesia» (p.
137). Por esto, se puede decir también que cada vocación
es eclesial (14).
Es «omnicomprensiva de la vida humana»
(p. 144), ya que la Providencia divina «alcanza absolutamente
a todas las dimensiones singulares del mundo y del hombre»
(p. 144). Por esto, la vocación cristiana es también
«unificante de la entera existencia» (p. 145).
b. La existencia de determinaciones peculiares
de la común vocación cristiana
La vocación cristiana no se da nunca como
simple generalidad, sino siempre personalizada, porque cada hombre
es llamado a santificarse en y a través de unas circunstancias
bien determinadas. En cierto sentido, cada vocación puede,
por tanto, considerarse como peculiar. Pero, en algunos casos
se hace presente una «iniciativa divina previa a toda reflexión
y decisión de la persona llamada» (p. 145). La vocación
cristiana queda, así, ulteriormente determinada por esta
acción peculiar de la Providencia, originando lo que los
teólogos suelen designar como vocación peculiar
(15). Una vocación que implica «un modo peculiar
de participar en la misión de la Iglesia» (p. 147)
y un determinado estilo de vida cristiana (espiritualidad).
c. Características de la vocación
al Opus Dei
En diversas ocasiones, el Fundador calificó
la vocación al Opus Dei como «vocación peculiar»
(p. 163). En efecto, se trata de una llamada, originada en una
iniciativa divina previa a la decisión personal, que invita
a dar a la existencia entera (16) un nuevo sentido. La vocación
al Opus Dei no es para hacer algo, sino –en primer lugar–
a ser algo: a ser Opus Dei, y poder así hacer el Opus Dei.
En el fondo, éste no es sino uno de los muchos modos de
ser Iglesia.
La iniciativa divina que ha originado el Opus
Dei se explica, en primer lugar, por la misión peculiar
que se le ha confiado. En palabras de Ocáriz, esta misión
consiste «en recordar a todas las almas, con el ejemplo
y con la palabra, la llamada a la santidad en medio del mundo;
en hacerles ver que la vida ordinaria y, en particular, el trabajo
profesional, puede y debe ser medio de santificación y
de apostolado cristiano; y enseñarles cómo santificarse
de hecho cada uno en su estado y circunstancias personales»
(p. 170).
Sin embargo, la peculiaridad de la vocación
al Opus Dei no depende tanto del contenido de esta misión
(17), sino que reside en el cauce, querido por Dios, por el que
algunos son llamados a realizar esta misión: es decir,
formando parte del Opus Dei. Una institución de la Iglesia
«con una determinada espiritualidad y con unos precisos
medios formativos y apostólicos, adecuados a la condición
de fieles corrientes o sacerdotes seculares de los miembros; medios
por los que se encauzan peculiares ‘fuerzas y auxilios’
para el cumplimiento de la misión» (p. 172). Estos
medios, conviene subrayarlo, no están destinados a una
tarea o misión sectorial, sino que se dirigen a promover
un intenso despliegue de las virtualidades propias de la vocación
cristiana vivida en y a través de las actividades seculares.
La vocación al Opus Dei no constituye, por tanto, «a
quien la recibe en algo distinto de un fiel cristiano corriente
o, en su caso, de un sacerdote secular» (p. 197).
El autor concluye su aportación explicando
cómo la gran variedad de fieles cristianos que existe entre
los miembros del Opus Dei da lugar a diversos modos de vivir la
misma vocación que, por ser profundamente unitaria, no
permite ninguna graduación en la pertenencia a la Obra
(cfr. pp. 179–198).
Implicaciones eclesiológicas, espirituales
y apostólicas de la secularidad
En el tercer capítulo, José Luis
Illanes reflexiona sobre la secularidad, en cuanto característica
esencial del espíritu que anima el Opus Dei, desde una
perspectiva teológica. De la secularidad como rasgo peculiar
de la condición y vocación del laico en la Iglesia,
ya se ha ocupado el autor en numerosos estudios anteriores (18).
Ahora, Illanes comienza exponiendo y comentando
los principales textos del Fundador del Opus Dei sobre la condición
secular de sus miembros. Para esto, es necesario volver la atención
hacia el mensaje y misión confiada por Dios a Mons. Escrivá
de Balaguer desde el 2 de octubre de 1928. La Obra a la que dedicó
todas sus energías tiene como finalidad «difundir
entre los cristianos que viven en el mundo una honda conciencia
de la llamada que Dios les ha dirigido desde el momento mismo
de su bautismo» (p. 202). Se entiende así que –aunque
el Opus Dei fuera, desde los comienzos, una institución
integrada por sacerdotes y laicos en íntima cooperación–,
para captar la fisonomía y espíritu propio de esta
institución sea necesario partir de los miembros laicos,
de aquellos cristianos corrientes que se saben llamados a transformar
su existencia concreta, entretejida con los afanes y quehaceres
seculares, en Opus Dei.
Reflexionando desde esa perspectiva teológica
sobre la iluminación recibida por el Beato Josemaría,
el carisma fundacional del Opus Dei, el autor habla de una profundización
en el Evangelio «que gira en torno a dos núcleos
básicos: la eficacia regeneradora del bautismo y la unión
entre creación y redención». Dos núcleos
estrechamente conexos, ya que toda condición humana y secular
adquiere un valor cristiano al ser «asumida por la acción
redentora y traspasada por su dinamismo» (p. 205). Vocación
bautismal y experiencia secular forman una unidad profunda que
manifiesta la armonía entre creación y redención,
así como la capacidad del Evangelio para vivificar con
el espíritu de Cristo las realidades temporales (cfr. p.
227).
Se le ofrece al lector una importante aclaración
acerca del puesto central ocupado por la secularidad en el espíritu
del Opus Dei, al señalar que el núcleo de su mensaje
y de su finalidad no es la promoción de «la presencia
de los católicos, y por lo tanto del espíritu cristiano,
en las costumbres y en las instituciones» (p. 206), sino
la santificación de los miembros. El gran objetivo de una
repercusión del espíritu cristiano en las estructuras
sociales formaba ciertamente parte del horizonte apostólico
del Fundador, y a él contribuiría sin duda el Opus
Dei, pero su acción sacerdotal y el fenómeno pastoral
que de ella nace se sitúa a otro nivel más hondo:
la llamada a la santidad. Por eso la transformación cristiana
del mundo no es el fin propio del Opus Dei, sino más bien
un fruto que se espera, que se sabe que llegará, «pero
no porque se promueva de manera directa, sino porque adviene como
consecuencia necesaria de aquello que directamente se impulsa
y procura, es decir, la santidad efectivamente buscada en medio
del mundo» (p. 207).
Se entiende ahora mejor por qué –como
decíamos al comienzo de esta nota bibliográfica–
el Opus Dei ha ampliado horizontes y abierto nuevos caminos en
la misión salvífica de la Iglesia: no en la línea
de aquellas asociaciones de fieles que aspiraban a promover la
acción social y la presencia de la católicos en
la sociedad, sino en la de recordar a los cristianos corrientes
que ellos también –y no sólo los religiosos–
son llamados a buscar y vivir la plenitud de la vida cristiana,
el radicalismo evangélico (19). En amplios sectores de
la teología y en la mente de muchos cristianos predominaba
–y en parte sigue predominando– «la tendencia
a identificar plenitud de vida cristiana con estado religioso.
El vivir en el mundo, con todo lo que implica de tareas profesionales,
de relaciones sociales, de vida familiar, era visto como obstáculo
para la santidad» (pp. 208–209).
Después de haber puesto de relieve el lugar
que corresponde a la secularidad para una correcta comprensión
de la espiritualidad del Opus Dei, el autor evoca el reciente
debate teológico sobre la secularidad, deteniendo su atención
en la síntesis alcanzada en la Exhortación apostólica
Christifideles laici (30–XII–1988). Este documento
ofrece una importante y esclarecedora consideración cuando
distingue entre dimensión e índole secular. Con
dimensión secular, se quiere expresar la referencia al
mundo y a la historia que es propia de toda la Iglesia. De su
dimensión secular participan, por tanto, todos sus miembros,
pero de forma diversa. El documento, en efecto, añade que
«la participación de los fieles laicos tiene una
modalidad propia de actuación y de función que,
según el Concilio, es propia y peculiar suya. Tal modalidad
se designa con la expresión índole secular»
(n. 15). Esto implica que la secularidad, en el sentido de índole
secular, no debe concebirse como algo que se añade desde
fuera a la condición cristiana, sino como una componente
intrínseca de la vida del cristiano corriente que, por
la fe, advierte la llamada de Dios a santificarse en y a través
de las realidades seculares que entretejen su vida (cfr. p. 229).
El autor acaba sus reflexiones con unas palabras inequívocas
de Mons. Alvaro del Portillo, quien ha recordado que «la
secularidad no es camino de cristianismo fácil, no es un
mimetismo con lo mundano» (p. 231).
A continuación, el autor nos ofrece un
magnífico análisis de las diversas facetas que la
secularidad adquiere en la vida y apostolado de los miembros del
Opus Dei. De este modo es posible mostrar el alcance de «lo
que significa una secularidad, por así decir, en acto o
ejercida» (p. 230). Se nos habla, por tanto, de unidad de
vida, de naturalidad, de amor al mundo, de trabajo (asociado a
desprendimiento y servicio), de libertad y responsabilidad personales
y, por último, de contemplación en medio del mundo
(cfr. pp. 230–271).
En el último apartado de su contribución,
Illanes se ocupa –siempre en el horizonte de la secularidad–
del Opus Dei como institución y, en este contexto, de las
obligaciones que contraen quienes se incorporan a él. Entre
éstas recordamos algunos temas de indudable interés
para el canonista, como por ejemplo: la formación de los
miembros y su autonomía en lo temporal, su disponibilidad
para las tareas de formación y apostolado, el sentido del
celibato que viven algunos de ellos y, por último, la fraternidad
y el espíritu de familia. El autor explica cómo
todos estos aspectos institucionales de la vida en el Opus Dei
se articulan plenamente con la índole secular propia de
todo cristiano corriente; y por tanto, también de un miembro
del Opus Dei.
Al concluir estas notas, nos parece necesario
agradecer a los tres autores del libro el habernos ofrecido tan
novedosas e importantes reflexiones, que contribuyen a una comprensión
cada vez mayor sobre qué es el Opus Dei y qué misión
le corresponde en la Iglesia. Evitando afirmaciones apriorísticas,
y basándose en los textos del Fundador y en la realidad
vivida desde hace años por muchos miles de miembros de
la Obra, el estudio da respuesta convincente a cuestiones suscitadas
en los últimos años en torno a esta institución.
La riqueza y la novedad de su carisma y espíritu requerirán,
seguramente, muchos otros estudios y matizaciones; y éstos
podrán apoyarse, a partir de ahora, sobre una base bien
sólida y sugerente.

Notas
(1) Pedro Rodríguez, Fernando Ocáriz,
José Luis Illanes, El Opus Dei en la Iglesia. Introducción
eclesiológica a la vida y el apostolado del Opus Dei.
Prólogo de Monseñor Alvaro del Portillo, Ediciones
Rialp, Madrid 1993, 346 págsinas.
(2) Para un detallado análisis histórico
de los diversos pasos dados por el Opus Dei hasta llegar a la
configuración definitiva cfr. A. de Fuenmayor, V. Gómez
Iglesias y J.L. Illanes, El itinerario jurídico del
Opus Dei. Historia y defensa de un carisma, Pamplona, 4a
edic., 1990.
(3) Cfr. Presbyterorum Ordinis, n. 10.
(4) Cfr. CIC, cc 294-297.
(5) Una amplia información bibliográfica
al respecto es recogida por P. Rodríguez en: Iglesias
particulares y Prelaturas personales, Pamplona 2a edic.,
1986, nota 18.
(6) Cfr., sobre todo, P. Rodríguez, Iglesias
particulares y..., o.c.
(7) Sobre la cuestión cfr. nuestro artículo:
El dinamismo de la interacción entre institución
y carisma. A propósito de un estudio sobre el itinerario
jurídico del Opus Dei, en «Scripta Theologica»,
22 (1990) pp. 181-194.
(8) Acerca del significado de la presencia del
presbiterio en estructuras pastorales complementarias a las Iglesias
particulares cfr. nuestro estudio: Il presbiterio della Chiesa
particolare. Questioni canonistiche ed ecclesiologiche nei documenti
del magistero e nel dibattito postconciliare, Milano 1993,
pp. 135-145.
(9) En este sentido, el autor señala: «La
communio que estructura al Opus Dei es análoga,
no idéntica a la que estructura a una Iglesia particular»
(p. 96). Siendo sustancialmente la misma, aquella communio
fidelium et hierarchica queda modalizada en la Prelatura
del Opus Dei «por el compromiso vocacional de todos sus
miembros de realizar los compromisos bautismales según
el fin, el espíritu y el régimen del Opus Dei»
(p. 97). También por lo que atañe a la potestad
del Prelado, el autor observa que la razón formal teológica
de su autoridad es diferente de la del Obispo diocesano, que la
encuentra en el misterio de la Iglesia particular (cfr. p. 100).
Para el Prelado, en cambio, la razón formal «se halla
en la dimensión universal de la sacra potestas»
(p. 101). Aparece, por tanto, como despliegue del munus petrinum
en su servicio a las Iglesias particulares.
(10) Particularmente interesantes son, aquí,
las observaciones acerca de «la profunda coherencia que
tiene con la episcopalidad de su función el hecho de que
el Prelado del Opus Dei reciba la Ordenación episcopal»
(p. 103).
(11) A saber: el Prelado y sus vicarios.
(12) Cfr. Código de Derecho Canónico,
canon 129 § 1.
(13) A la hora de enumerar quién es, o
puede ser, miembro de esta asociación, advertimos algunas
inexactitudes que, aunque sean más de forma que de contenido,
nos parece oportuno señalar. Entre estos miembros, enumera:
«diáconos y presbíteros incardinados en numerosos
Presbiterios seculares...» (p. 124). No es exacto considerar
el presbiterio como estructura de incardinación; tampoco
lo es hablar de «presbiterios seculares», ya que a
los presbiterios de las Iglesias particulares –y de los
Ordinariatos (militares o rituales)– pueden pertenecer tanto
presbíteros seculares como religiosos; al presbiterio no
pertenecen, en cambio, los diáconos. De una manera más
adecuada se podría, por tanto, decir que en la Sociedad
de la Santa Cruz hay diáconos y sacerdotes seculares incardinados
en las diversas Iglesias particulares, o en otras estructuras
pastorales. Entre ellos se cuentan los clérigos incardinados
en la Prelatura del Opus Dei que constituyen como la matriz de
la Asociación.
(14) El tema es desarrollado en el apartado: «La
Iglesia, lugar de la vocación cristiana» (pp. 140-143).
(15) El autor recuerda, como ejemplo, el caso
de la vocación sacerdotal.
(16) El Fundador la llamó «encuentro
vocacional pleno».
(17) En efecto, esta «no es otra que la
misión específica de los laicos en la Iglesia»
(p. 171).
(18) Cfr., por ejemplo: J.L. ILLANES, Mundo
y santidad, Madrid 1984; La secularidad como elemento especificador
de la condición laical, en AA.VV., «Vocación
y misión del laico en la Iglesia y en el mundo»,
Burgos 1987; La santificación del trabajo, Madrid
1990; La discusión teológica sobre la noción
de laico, en «Scripta Theologica», 22
(1990) pp. 771-789.
(19) Sobre la cuestión, cfr. J.L. ILLANES,
Llamada a la santidad y radicalismo cristiano, en «Scripta
Theologica», 19 (1987) pp. 303-322. En este artículo
Illanes emprende un diálogo con algunos de los más
conocidos autores de teología espiritual, mostrando cómo
en ellos se encuentra una inexacta comprensión de la especificidad
y complementariedad de cada vocación cristiana. En efecto,
hay teólogos que se resisten a reconocer que «ninguna
vocación o condición cristiana constituye una representación
tan acabada del estilo de vida o del 'proyecto existencial' de
Jesús, como para que el resto de las vocaciones deban considerarse
o carentes de verdadera existencia o referidas a esa vocación
preeminente como a un modelo, por así decir intermedio,
en el que todo cristiano debe inspirarse si desea aprender en
qué consiste imitar a Cristo» (p. 320).
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Pedro Rodríguez, Fernando Ocáriz, José Luis
Illanes, El Opus Dei en la Iglesia. Introducción eclesiológica
a la vida y el apostolado del Opus Dei. Prólogo de Monseñor
Alvaro del Portillo, Ediciones Rialp, Madrid 1993, 346 págs.
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