| 
La laicidad francesa y las religiones:
un reto
Artículo relacionado: La
constitución de la laicidad y su ética mínima.
Autor: monseñor André Lacrampe, arzobispo
de Besançon (Francia)
Mi intervención, cuyo título es
«La laicidad francesa y las religiones: un reto» tiene
por objetivo presentarles un análisis actual de la laicidad
francesa. Entendiendo «laicidad» como un régimen
socio político concreto diferente de un «laicismo»
que es un sistema filosófico cerrado a cualquier dimensión
espiritual. Tras un breve recuerdo del contexto histórico,
aclararé algunos datos inherentes a la situación
presente para, posteriormente, realizar un intento de conclusión
sobre su evolución en un ámbito nuevo, lo que me
llevará a hacer referencia al debate que tenemos en Francia
en este año del Centenario de la Ley de Separación
de las Iglesias y del Estado que se votó el 9 de diciembre
de 1905.
Con motivo de este centenario, el Papa Juan Pablo
II, en una carta dirigida al Presidente
de nuestra Conferencia y a todos los obispos del Episcopado francés,
el 11 de febrero de 2005, ha emitido un juicio sobre «este
acontecimiento doloroso y traumático». Pero, también
ha proclamado que el «principio de la laicidad a la que
vuestro país esta muy ligado, entiéndase bien, pertenece
también a la doctrina social de la Iglesia», y no
ha dejado de exhortar a los católicos franceses a practicar
un «diálogo sereno y respetuoso con todos»,
evocando incluso «el espíritu de los valores de libertad,
igualdad y fraternidad a los que el pueblo de Francia está
muy ligado». De paso subrayó que en 1980 en el aeropuerto
de El Bourget, en París, y durante su viaje a Francia en
1996, Juan Pablo II ya había hecho referencia al lema de
la República francesa.
Esta carta del Papa es la prueba de una profunda
evolución de la Iglesia con respecto al principio de la
laicidad, no sólo de la Iglesia de Francia, sino también
de la Iglesia universal, como se expresa de modo parecido entre
las Declaraciones pontificias de los dos siglos anteriores y las
de hoy, «sobre objetos muy diferentes y en circunstancias
no menos diferentes», escribía ya Pío XI en
su «Carta a los obispos franceses» del 24 de enero
de 1924, «Maximan Gravissimamque».
El centenario de la Ley de la separación
es entonces la ocasión para nosotros, franceses, de hacer
balance de un siglo de relaciones entre la Iglesia y el Estado,
y para nuestra Asamblea Plenaria de los Obispos de Francia de
poder expresar por medio de la Declaración del 15 de junio
pasado, su concepción de la laicidad, a la vez que una
invitación para que los católicos prosigan con su
compromiso en la sociedad.
Llegados a este punto quisiera subrayar, brevemente,
el problema crucial que constituye para toda sociedad, las condiciones
de una eficaz y exigente educación de la libertad religiosa
y de la presencia de la Iglesia en el mundo de este tiempo, en
el espíritu del concilio Vaticano II cuyos textos como
«Dignitatis humanae» y «Gaudium et spes»
conservan todas sus fuerzas interrogativas e inspiradoras.
 |
| Vista de Lyon (Francia) |
La Constitución «Gaudium et spes»,
indisociable de la Constitución de la Iglesia «Lumen
Gentium», nos da testimonio de una Iglesia que no pretende
situarse por encima de los hombres, ni al lado, quiere estar «con».
La Iglesia está llamada a escudriñar los «signos
de los tiempos» y a interpretarlos a la luz del Evangelio,
de tal manera que de una forma adaptada a cada generación,
pueda responder a las preguntas permanentes de los hombres sobre
el sentido de la vida presente y de la vida futura así
como sobre las relaciones recíprocas.
Con la Declaración «Dignitatis
humanae», el Concilio Vaticano II nos ayuda a especificar
las relaciones entre Iglesia, Religión y Estado, recurriendo
a la garantía de la libertad religiosa fundada en la dignidad
de la persona humana pero también en la Revelación.
Lo que está aquí en juego, es el
devenir de la sociedad, su forma de considerar la dimensión
religiosa, su capacidad de acogida de la alteridad, su respeto
de la libertad de creer, su ingeniosidad para desarrollar este
arte de «vivir juntos» tan querido por el filósofo
Paul Ricoeur. Existe un tronco común en el que creyentes
y no creyentes pueden entenderse.
El devenir de la sociedad, también es el
lugar de la juventud en su seno y el futuro de la Iglesia, también
es la transmisión de la fe a las jóvenes generaciones.
Las banderas de las naciones del mundo entero han ondeado este
mes de agosto en Alemania entera, y particularmente en Colonia,
como signo visible de que el Evangelio ha echado raíces
en todos los Continentes a lo largo de los siglos. Hemos tenido
la experiencia, en estas Jornadas Mundiales de la Juventud, de
la vitalidad y de la juventud de la Iglesia que reúne a
los hombres y a las mujeres de todas las culturas.
Estos jóvenes viven en contextos políticos
y económicos diferentes, en una economía global.
Conocemos las condiciones de vida de millares de seres humanos,
las riquezas de los países desarrollados, las regiones
del hambre, los dramas de las guerras civiles, del terrorismo.
El éxito popular de las Jornadas Mundiales de la Juventud
no es un simple epifenómeno. Los sociólogos hablan
de un nuevo período de «religiosidad», hemos
notado una renovación de la fe en Cristo, Verbo de Dios
Encarnado, muerto y Resucitado para la Salvación del Mundo,
que no hace que los jóvenes sean simples espectadores del
Mundo, sino artesanos de su construcción, trabajando juntos
para promover el amor en vez del odio, la paz en vez de la guerra,
el desarrollo en vez de la miseria, buscando el diálogo
entre las culturas, las religiones, las civilizaciones.
1. La laicidad en Francia
En el marco de una breve alusión al contexto
histórico de la emergencia de la laicidad en Francia, me
propongo citar tres etapas capitales de su instauración:
• Primera etapa : La Revolución
francesa de 1789.
La "Declaración de los derechos
del hombre y del ciudadano" en su artículo 10
indica : "Nadie debe ser hostigado por sus opiniones
incluso religiosas, con tal que su manifestación no
perturbe el orden público establecido por la ley".
• Segunda etapa : Las leyes laicas de
los años 1880 de las cuales:
– en 1881, las de Jules Ferry instauran
una enseñanza pública gratuita y obligatoria
– en 1881, las que suprimen el carácter
religioso de los cementerios
– en 1882, las que especifican que la
instrucción religiosa debe ser dada fuera de los centros
y de los programas escolares
– en 1884, la que restablece el divorcio
– y las de 1903 y 1904 que restringían
la libertad de las congregaciones y provocaban la salida de
Francia de un número importante de religiosos y religiosas.
• Tercera etapa: La ley referente a la
separación de las Iglesias y del Estado, promulgada el
9 de diciembre de 1905, fue discutida y votada en un contexto
de fuertes tensiones en el país, cuando debía
ser, según sus promotores, «una ley de pacificación»,
algo que se consiguió mucho más tarde tras unas
modificaciones.
Por una parte, los anticlericales preconizaban
una laicidad de combate o laicismo, por otra parte los católicos
rechazaban cualquier idea de laicidad.
De una parte, los seguidores feroces de la laicidad
querían hacer de la ley una máquina de descristianización
y, del lado de la Iglesia católica, el Papa Pío
X –no consultado– condenaba la ley, en 1906, en la
encíclica «Vehementer nos» en la que
denunciaba un verdadero apartheid religioso. Prohibía la
constitución de asociaciones cultuales que no tuvieran
en cuenta la jerarquía de la Iglesia. En efecto, tales
"asociaciones para el ejercicio del culto" debían
ser constituidas conforme a la ley del 1 de julio de 1901. En
las asociaciones los Obispos tendrían a los laicos que
las componen como subordinados. Por esto, la Iglesia habría
corrido el riesgo de fragmentarse en una multitud de pequeñas
estructuras independientes de cualquier autoridad religiosa.
La Ley de separación de la Iglesia y del
Estado de 1905 –en el momento en que se votó–
se recibió de forma dolorosa por la gran mayoría
de los católicos franceses ya traumatizados.
Se llegó a una especie de paroxismo de
violencia en 1906, en el momento de los "inventarios"
y del rechazo por parte de la Iglesia de las asociaciones cultuales.
A partir de 1914, la guerra, la defensa del territorio
y la salvaguardia de los principios republicanos de libertad,
de igualdad, de fraternidad fueron considerados como los tres
pilares de toda carta de los "derechos del hombre".
Los contactos a diferentes niveles, el diálogo, y las dificultades
políticas, económicas y sociales en el intervalo
de las dos guerras, han permitido apaciguar poco a poco las tensiones
y conseguir un modus vivendi.
Por otra parte, esta ley ha hecho que la Iglesia
sea más evangélica, más pobre y más
cercana a las personas humildes. El hecho de no estar financiada
más por el Estado le ha dado una gran libertad de palabra.
Ferdinand Buisson, Inspector general de la Enseñanza primaria,
se explicó en estos términos: «Hemos quitado
a la Iglesia todo lo que le hacía fuerte : títulos,
privilegios, riqueza, honores, monopolio, pero goza de una popularidad
mayor que antes». Los fieles católicos han hecho
piña alrededor de su Iglesia.
El restablecimiento de las relaciones diplomáticas
en 1921 ha marcado una primera etapa. Después, los acuerdos
de 1923-1924 han permitido alcanzar un compromiso entre la legislación
republicana y las exigencias canónicas para garantizar
la libertad de la Iglesia, para organizarse según sus propios
principios. Por fin, con el tiempo, una reflexión serena
ha terminado por reconciliar el concepto de separación
y los de autonomía y de cooperación que el concilio
Vaticano II formalizó en "Gaudium et spes":
"En el terreno que les es propio, la Comunidad política
y la Iglesia son independientes una de otra y autónomas"
(GS 76,3), esta independencia no implica por ello ausencia de
relaciones y de presencia de la religión en el ámbito
de las convicciones íntimas.
En sus inicios, la laicidad en Francia se ha caracterizado,
por lo tanto, por una doble opción.
- Por una parte, quería ser anticlerical
en la medida en que se trataba de combatir a la Iglesia católica
percibida como una Institución reaccionaria, oscurantista
e intolerante que ejercía sobre la vida social e individual
una tutela llegando a ser insoportable para muchos.
- Por otra parte, era restrictiva porque, bajo
el respeto de la libertad de conciencia y de la separación
del privado y del público, pretendía limitar toda
creencia religiosa a la única esfera de lo privado.
En la actualidad, la laicidad francesa, que ha
evolucionado mucho en un siglo, es de nuevo objeto de un profundo
debate.
Se encuentra desde ahora confrontada a la persistencia
del hecho religioso, sea bajo formas tradicionalmente implantadas
en Francia –cristianismo y judaísmo– o bajo
formas nuevas como budismos de diversas creencias o nuevos movimientos
religiosos. Además, está desde hace poco enfrentada
con nuevas situaciones planteadas por la importante comunidad
musulmana que se desarrolla de forma espectacular expresando sus
propias reivindicaciones de expresión pública de
lo religioso.
Es un fenómeno nuevo en el paisaje francés:
el islam, que es la segunda religión del país debido
a la importante inmigración de estos últimos años.
Está ahora incontestablemente presente con sus organizaciones,
su cultura y su historia. Y al no tener experiencia de la pluralidad
de las religiones ni de la secularidad de las instituciones, padece
algunas dificultades para encontrar su sitio en una sociedad laica
a la francesa. Corre el riesgo de cerrarse en su identidad y de
manifestar su especificidad con signos exteriores "ostentatorios"
que pueden parecer provocaciones que no cesan de agravar la inevitable
inflación mediática. De ahí, los esfuerzos
del Gobierno para ayudarles a estructurarse. Por ello, se empieza
a plantear la pregunta, aquí o allí, referente al
plan de la laicidad del Estado.
2. La Declaración de los Obispos de Francia
Reunidos en Asamblea Plenaria del 13 al 15 de
junio de 2005, nosotros, los Obispos de Francia, hemos deseado
expresarnos públicamente con ocasión del centenario
de la ley que establece la Separación de las Iglesias y
del Estado, de 1905.
El mismo año de la conmemoración
del centenario de esta ley, era importante mostrar que las relaciones
entre la Iglesia católica y el Estado eran posibles y tranquilas,
que las negociaciones y los ajustes efectuados durante el siglo
XX habían permitido establecer entre el Estado y la Iglesia
una situación equilibrada que preserva, en el respeto mutuo,
la autonomía de la Iglesia. La feliz solución que
prevalece actualmente, con lo que implica de rechazo a la injerencia
recíproca, no suscita, por ello, un mutismo frío
de la Iglesia cuando se encuentra confrontada a proyectos de leyes
gubernamentales o a problemas de sociedad que atentarían
gravemente contra la dignidad del hombre y el respeto de sus derechos.
Tales intervenciones en estos ámbitos no serían
percibidas como presiones indebidas sino como propuestas de reflexión
que forman parte del libre debate democrático.
En este marco, por lo tanto, hemos expresado un
punto de vista positivo sobre la laicidad, queriendo así
confirmar la contribución de la Iglesia católica
a la vida de nuestro país.
Es decir que en un siglo, hemos pasado de situaciones
extremadamente violentas, después tensas, a relaciones
serenas; de forma que hoy, el Estado francés manifiesta
una voluntad de armonía cordial y de contacto provechoso
con los diferentes cultos, particularmente con la Iglesia católica.
De hecho, en cien años, la ley de "Separación
de las Iglesias y del Estado" ha conseguido facilitar el
ejercicio del culto. Se han dado muchos encuentros y negociaciones
que han permitido, en definitiva, ofrecer soluciones razonables
a problemas delicados.
Este es, a día de hoy, el sentido profundo
de la laicidad en Francia: el Estado es neutral con respecto a
las Iglesias, pero su neutralidad no significa ni ignorancia ni
exclusión, sino más bien no injerencia en los asuntos
de las Iglesias.
Al tener a su cargo el garantizar el ejercicio
del culto, el Estado asume el diálogo y el acuerdo con
las diferentes organizaciones religiosas. A lo largo de los tiempos
ha sabido desarrollar una neutralidad activa y positiva en el
tema religioso. La Constitución francesa garantiza en su
preámbulo de 1946, y en su artículo 2 de 1958, que
Francia : "asegura la igualdad ante la ley de cada ciudadano
sin distinción de origen, de raza o de religión",
llegando hasta precisar: "Francia respeta todas las creencias".
Estas afirmaciones positivas se han traducido concretamente en
hechos y medidas favorables como el hacerse cargo de las capellanías
de liceos, de hospitales y de prisiones, la libertad de la instrucción
religiosa tomando en cuenta la ley dictada por Debré de
1959, y el reconocimiento del carácter propio de los centros
católicos.
Por otro lado, aunque la República "no
dé salarios ni subvencione ningún culto" excepto
en Alsacia y Mosela, donde perdura el concordato firmado en 1801
por el Papa Pío VII y el Emperador Napoleón I, la
realidad más exacta es que: las instituciones públicas
ponen a disposición de los fieles, para el ejercicio del
culto, los edificios incautados en 1905 y aseguran su mantenimiento.
Además, el acta del 25 de diciembre de
1942 mantenida en la Liberación en 1944, dispone que el
Estado y las colectividades locales pueden financiar reparaciones
en los edificios abiertos al público.
Por fin, una ley de 1978 ha aprobado para el clero
católico y los celebrantes musulmanes que no están
afiliados al régimen general de la Seguridad Social –que
no sean asalariados, a diferencia de algunos pastores y rabinos–
un régimen especial de Seguridad Social que cubre los riesgos
de enfermedad, de invalidez y de vejez.
Añadir que las asociaciones cultuales nacidas
de la ley de 1905 pueden recibir donativos y legados y se benefician
de medidas fiscales como la exoneración de la tasa fiscal
y de los derechos sobre los donativos y legados, o de reducciones
de impuestos para los donantes.
He evocado todas estas medidas tomadas a lo largo
de decenios para mostrar la evolución de la laicidad durante
este siglo en el que las relaciones Iglesia-Estado han permitido
una amplia contribución de las religiones a la vida cultural,
social y económica del país.
A esto, se añade el hecho de que existe,
desde el año 2000, una comisión de diálogo
entre el Gobierno y la Iglesia, presidida por el Primer Ministro
y el Nuncio apostólico con el Presidente de nuestra Conferencia
Episcopal, para resolver los problemas de la Iglesia de Francia.
Como podéis ver, se trata de una situación «sui
generis». Si hay que separar la Iglesia del Estado,
sin embargo jamás se podrá separar la Iglesia de
la Sociedad. Los problemas se solucionan sin cesar, con disposiciones
reglamentarias o convenciones que constituyen un corpus de más
de 1.000 páginas que hacen jurisprudencia.
3. La concepción de la laicidad
El centenario de la ley de 1905 en Francia sobre
la Separación de las Iglesias y del Estado suscita entonces
múltiples tomas de posición. En el debate de fondo
está el concepto de laicidad.
En Francia, este concepto deriva de los principios
de la no confesionalidad del Estado y de su no competencia en
materia de fe religiosa y de organización interna de las
comunidades religiosas.
Nadie se extrañará de que la concepción
de la laicidad que hemos desarrollado en la Declaración
de la Asamblea Plenaria de nuestra Conferencia Episcopal de junio
de 2005, se distinga radicalmente de la posición de los
que estiman que las religiones son nefastas, que hay que limitar
su influencia y separarlas en un solo ámbito de convicciones
individuales y de la esfera de lo privado.
Para nosotros, por el contrario, la verdadera
laicidad es acogida y tolerancia.
En lo sucesivo, tenemos que admitir que el Estado
reconoce la libertad legítima de las expresiones que resultan
de ella, mientras el orden público no se vea perturbado.
Este reconocimiento emana del carácter transcendente de
la persona humana y de su libertad, que ha sido proclamado universalmente
por la Carta de las Naciones unidas, firmada en San Francisco
en 1945.
Implica que el Estado permita a las diferentes
voces de las conciencias y por lo tanto de las instituciones religiosas
que les representan, el expresarse verdaderamente en el debate
público.
Hoy en día, de la misma manera que son
necesarios valores comunes para unir nuestra nación como
comunidad de destino, igualmente, es normal que los católicos
aporten a su patria las contribuciones de su fe y de su sentido
del hombre.
Nadie pondrá en duda que en Francia como
en Italia, España y en cualquier lugar, la Iglesia católica
ha contribuido ampliamente a lo largo de los siglos a dar forma,
con otros, a la cultura de nuestros países, a fundar los
valores que han sido la base de su bien común.
Actualmente, en nuestras sociedades multiculturales,
quiere seguir participando en la promoción de un "vivir
juntos" que sea respetuoso con cada persona y que favorezca
la apertura a los demás antes que el encerrarse en sí
misma.
4. La palabra pública de la Iglesia
Este reto de la Iglesia de promover en nuestra
sociedad un "vivir juntos", pasa por ofrecer una palabra
pública y una acción sobre el terreno en favor de
la paz, de la justicia y de la solidaridad, con el fin de favorecer
una sana comprensión de la libertad en un conjunto nacional
compuesto de comunidades humanas y religiosas diferentes y contrastadas.
Naturalmente, hay que comentar que la primera comunidad es la
familia, que está tan a debate hoy en día.
¿La Iglesia católica consigue hacerse
entender en los temas de la sociedad?
Muy a menudo, nos hacemos esta pregunta. Nos la
plantean frecuentemente...
Me temo que la Iglesia es demasiadas veces más
escuchada que entendida, incluso si su opinión es esperada.
Algunos estiman que la Iglesia no debería
expresarse con relación a ciertos temas. Otros –cuando
no habla– le reprochan su silencio.
Cierto es que en la mentalidad actual, la palabra
de la Iglesia católica es más esperada o solicitada
en cuanto a problemas económicos, sociales y en cuanto
a cuestiones internacionales de paz, de justicia o de defensa
de los derechos del hombre.
Lo es menos en cuestiones de moral personal, como
la sexualidad, la vida de pareja, la interrupción voluntaria
de embarazo y otras más.
Sin embargo, la Iglesia no tiene por qué
callarse en estos temas. Cuando toma la palabra en cuestiones
como el PACS (Pacto Civil de la Solidaridad) o la unión
civil de los homosexuales, quiere dar una luz sobre lo que está
en juego, haciendo valer un punto de vista que puede acercarse
a la conciencia tanto de creyentes como la de no creyentes.
En el seno de la Conferencia Episcopal de Francia
pensamos que los valores que nos inspira la fe, especialmente:
la igualdad del hombre y de la mujer, el carácter estructurado
de la diversidad, la dignidad de la persona humana desde la concepción
hasta la muerte natural, pueden contribuir a la reflexión
que ayude a la adopción de las leyes cuyo objetivo sea
el Bien común.
Cuando sentimos que los fundamentos de nuestras
sociedades están en tela de juicio, expresamos nuestro
desacuerdo.
Ahora bien, la Iglesia católica debe velar
siempre por cuidar su comunicación, por explicar las razones
de sus posiciones y no dar una impresión de autoritarismo.
No debería olvidar que es portador de una visión
global del hombre. Por ello no deja de aportar una contribución
significativa en el ámbito de la educación en el
que su amplia experiencia histórica puede servir, particularmente
con la enseñanza del hecho religioso.
Asimismo, al dialogar con los artistas, contribuya
a favor de una cultura que transmita razones de vivir.
Por fin, cuando se compromete sin reserva en el
ámbito de la salud, donde lo que está en juego,
en nuestra época, es determinante para el futuro.
En todo caso, fiel a su misión, la Iglesia
católica se dedica, respetando las conciencias, a proponer
la fe, a favorecer el encuentro con Cristo.
Al no ser ya religión de Estado como lo
fue en Francia durante siglos, no tiene por objetivo imponerla
a las instituciones públicas. Su única preocupación
desde ahora es participar en el debate público y aportar
la luz y las exigencias del Evangelio, y asumir, en toda circunstancia,
la defensa de la persona humana.
Así es como en su Carta a los católicos
de Francia de 1996, nuestra Conferencia Episcopal ha declarado
lo siguiente: "Por nuestra parte, en nombre de nuestros ciudadanos
y de nuestra fe, queremos contribuir a la vida de nuestra sociedad
y mostrar activamente que el Evangelio de Cristo está al
servicio de la libertad de todos los hijos de Dios".
5. La libertad religiosa
Al tratarse específicamente de la libertad
religiosa, las terribles experiencias del siglo XX –empezando
por la indecible tragedia de la Shoah– han hecho medir a
las generaciones contemporáneas el carácter precioso
y frágil de la libertad y la necesidad de traducir, en
textos que obliguen, los derechos fundamentales de cada persona
humana.
La libertad religiosa, como derecho de expresarse,
libremente y públicamente, acto de fe personal en una trascendencia
divina, sobrepasa la libertad de conciencia o la libertad de opinión.
Ella es parte integrante pero a la vez más alta y profunda
porque une el hombre a Dios, entidad trascendente y sagrada que
ningún poder humano puede someter.
La libertad religiosa es un derecho inherente
a la naturaleza humana que el Estado tiene el deber de reconocer
porque es anterior y superior a él.
Un Estado de derecho no se podría contentar
con ejercer, respecto a la libertad religiosa, una simple tolerancia.
Es responsabilidad suya defenderla, preservarla, promoverla.
Si hay un debate sobre la libertad religiosa,
no se trata tanto sobre la necesidad de respetarla sino de favorecer
su desarrollo. Es decir que le incumbe al Estado, encontrar soluciones
y fijar con todas las confesiones religiosas, las modalidades
de estas circunstancias, las soluciones y posibilidades que contribuyan
claramente al bien común y que no son consideradas como
privilegios, sino como derechos democráticos.
El Estado no ignora el provecho que saca, por
ejemplo, de las inmensas contribuciones de las religiones en las
obras de enseñanza, de educación y de beneficencia
expresadas en una multitud de acciones caritativas de reparto
y humanitarias de desarrollo. Podemos, sin duda alguna, establecer
un análisis de las múltiples contribuciones que
las religiones – y especialmente la Iglesia católica,
aportan para ayudar la comunidad nacional y a los países
del Tercer y Cuarto mundos.
Siempre, el ámbito social ha sido un sector
de acción natural de las religiones, pero, en las últimas
décadas, muchos más ámbitos de cooperación
han aparecido, incluso en el espacio político, por ejemplo
en 1989 unos religiosos han sido acreditados por el Gobierno francés
para participar en las negociaciones de Nueva Caledonia.
6. La enseñanza del hecho religioso en
la escuela
Frecuentemente se trata del hecho religioso y
de la perspectiva de su enseñanza en la escuela, perspectiva
apoyada en Francia por el Informe al Gobierno del Sr. Régis
Debray, de febrero de 2002. Preconiza el paso de una laicidad
de incompetencia a una laicidad de inteligencia. Formula a propósito
de su enseñanza en la escuela unas recomendaciones sobre
los programas escolares, la formación de los profesores
y los enfoques pedagógicos, diferenciando la catequesis
y la cultura religiosa. La primera tiene como destinatarios a
los creyentes en su inicio o en crecimiento espiritual. La segunda
apunta únicamente a una aprensión del mundo cercano
y de esa manera a una comprensión neutral del hecho religioso.
Sí conviene establecer una distinción
entre las ciencias de las religiones, que difunden los conocimientos
relativos al hecho religioso, y la teología, que fija la
doctrina correspondiente al hecho religioso. Lo que está
en juego en la enseñanza del hecho religioso, tal y como
está enfocado en Francia, podría cubrir los tres
aspectos siguientes:
• En primer lugar, existe un interés
por conocer las religiones que han formado al Occidente, con el
fin de poder acceder al patrimonio y a la cultura de hoy en día
que está profundamente marcada por la aportación
de las religiones y del cristianismo en particular. Se trata en
gran parte de nuestra identidad cultural actual.
¿Qué sería de los pueblos
si perdieran la memoria?
• Después, es necesario conocer las
religiones que están presentes en el territorio nacional
para contribuir a reforzar el vínculo social. No hay nada
peor que la ignorancia del otro, de su cultura, de su religión,
para generar el miedo, el rechazo y algunas veces el conflicto.
En la estructura social de Francia de hoy en día, no es
posible ignorar los datos elementales referentes al cristianismo,
el judaísmo, el islam.
• Por fin, abordar la cuestión de
religiones en una enseñanza apropiada contribuirá
también a la pregunta del sentido de vivir juntos. Cierto
es que las religiones no tienen el monopolio del sentido, pero
no se quedan sin aportar contribuciones notables en este ámbito.
Entonces es razonable pensar que se hace un favor precioso a las
generaciones presentes y futuras al no callar que es posible dar
un sentido a su vida, y que, para hacerlo, la experiencia religiosa
es un camino practicable.
En conclusión
«La laicidad francesa y las religiones :
un reto».
¿En definitiva, qué quiere decir?
Reflexionar sobre esta pregunta es una forma de
estar en línea con el llamamiento del concilio Vaticano
II que nos invita a «escudriñar los signos de los
tiempos y de interpretarlos a la luz del Evangelio para responder,
de manera adaptada a cada generación, a las cuestiones
eternas de los hombres sobre el sentido de la vida presente y
futura y sobre sus relaciones recíprocas» (Gaudium
et Spes n°4).
Las religiones, hoy en día, copan todos
los medios de comunicación. Lo acabamos de vivir con la
muerte del Papa Juan Pablo II y la elección de su sucesor
Benedicto XVI, así como en las recientes Jornadas Mundiales
de la Juventud de Colonia. La Iglesia católica ha aparecido
entonces como lo que es realmente: católica, es decir universal,
abierta a todos los pueblos, gracias al amor infinito de Dios
manifestado en Jesucristo a nuestra humanidad.
De ahí resultan para nosotros, miembros
de la Iglesia católica, responsabilidades particulares,
de las cuales dos me parecen capitales. Pienso especialmente en
dos responsabilidades inseparables:
- nuestra primera responsabilidad de católicos,
en una sociedad plural, compuesta por ciudadanos cuyas culturas
y convicciones son tan diversas, nos impone ser abiertos a las
preguntas comunes que emanan de las finalidades de nuestra vida
en común.
• ¿Qué queremos realmente
para nuestra sociedad?
• ¿Por qué y cómo
luchar en contra de todo lo que amenaza deshumanizarla?
• ¿En nombre de qué afirmar
y defender la dignidad de todo ser humano?
- nuestra segunda responsabilidad implica que,
cuanto más participamos en estas reflexiones comunes,
más tenemos el deber de ser, en nuestra sociedad, hombres
y mujeres que dan cuenta de su fe. Esto implica:
• trabajar en la rectitud de la actitud
cristiana, actitud únicamente basada en el Evangelio
• vivir la Iglesia en los lugares de
encuentro y de diálogo, abriendo espacios donde se
comparta la búsqueda de humanidad
• interpretar la fe cristiana hoy, preocuparnos
por expresar la fe que recibimos de la Iglesia con palabras
de vida que recibimos de los demás.
El tesoro del Evangelio, lo llevamos como lo indica
el apóstol Pablo «en unas vasijas de barro para que
esta fuerza tan extraordinaria sea de Dios y no nuestra»
(2 Co 4,7).
En el mundo actual, mundializado o globalizado,
se mezclan una secularización y una desregulación
religiosa que nos obligan a desarrollar la creatividad.
Todos debemos trabajar, para poder llevar a cabo
las bases de la vida cristiana que respondan hoy a la misión
que hemos recibido tanto los hombres como las mujeres, los jóvenes
y los más mayores.
En la sociedad plural francesa en régimen
de laicidad, los fundamentos no pueden venir del poder público
– Estado, Región, Municipio– sino de la única
vitalidad de los componentes de la Iglesia, es decir de la vitalidad
espiritual de los católicos, en otros términos,
de su relación con Dios, Padre, Hijo, Espíritu,
lo que es el corazón de nuestra misión.
En los demás países, en régimen
concordatario o no, las disposiciones jurídicas ofrecidas
por el poder público no son más que casillas a rellenar.
La vitalidad de la Iglesia se encuentra también en la vitalidad
de sus componentes, es decir de sus católicos, cada uno
en función de su propia responsabilidad. Este es el reto
común para todos nosotros.
En esta condición cristiana, vemos la urgencia
y la exigencia de la misión expresada por Charles Péguy
en estas palabras: «Depende de nosotros el que la esperanza
se haga presente en este mundo».
|