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La naturaleza del matrimonio
según la razón natural
Fuente: Agencia Zenit, servicio diario, 7 y 9 de abril de 2006
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entre homosexuales: derecho o agravio comparativo,
y
El contrato matrimonial y las uniones
homosexuales.
Benedicto XVI explicó este jueves que el matrimonio «no
es una invención de la Iglesia», sino una forma
de vida que forma parte de la naturaleza humana desde su misma
creación. A esta misma conclusión ha llegado una
investigación interdisciplinar de investigadores que se
acaba de publicar con el libro «El sentido del matrimonio:
familia, estado, mercado y moral» (Spence), editado por
Robert P. George y Jean Bethke Elshtain.
George es profesor de jurisprudencia
y director del programa James Madison in American
Ideals and Institutions en la Universidad de
Princeton, y es miembro del Consejo de Bioética del
presidente George Bush. En esta entrevista, George comparte con
Zenit algunos de los argumentos presentados en el libro, según
los cuales el matrimonio es un «bien intrínseco».
-¿Qué les ha impulsado a reunir estos
ensayos sobre el significado del matrimonio? ¿Qué tiene
de especial esta recopilación?
-George: Estos ensayos son importantes
porque demuestran que el matrimonio no es un tema sectario
o incluso de naturaleza meramente religiosa. Por el contrario,
los ensayos demuestran la importancia pública del matrimonio
y nuestra capacidad, como personas racionales, de entender
el sentido, el valor y el significado del matrimonio sin invocar
o recurrir a revelaciones especiales o a tradiciones religiosas.
El pasado diciembre, Jean Bethke Elshtain
y yo convocamos una conferencia de tres días, con el apoyo del Witherspoon
Institute, que reunió a estudiosos de primer orden de
varias disciplinas académicas –historia, ética,
economía, derecho y política pública, filosofía,
sociología, psiquiatría, ciencias políticas– para
discutir sobre el matrimonio. Los estudiosos presentaron cada
uno una contribución a nuestra comprensión del
matrimonio desde su propia disciplina, y cada una de las disciplinas
ofreció reflexiones profundas sobre la importancia del
matrimonio tanto para los individuos como para la nación.
Las exposiciones no invocaron la revelación, la autoridad
religiosa o el razonamiento sectario. Han representado lo mejor
de aquello que se ha denominado «razón pública».
Y las conclusiones de cada uno en la conferencia
fueron: a) el matrimonio es importante; b) el matrimonio está en
crisis; y c) podríamos enfrentarnos a la virtual abolición
del matrimonio si se sigue el camino del «matrimonio» del
mismo sexo.
El profesor Elshtain de la Universidad
de Chicago y yo decidimos recopilar estos ensayos en un libro
porque la información
y los argumentos que tuvimos la fortuna de escuchar en la conferencia
es necesario que se difundan en toda nuestra nación. A
todo norteamericano que le importe la sociedad civil, el bienestar
de los niños y la situación del matrimonio en nuestra
cultura, necesita conocer las conclusiones científicas
recogidas en este volumen. Actualmente se desarrolla un debate
público sobre el matrimonio, pero con mucha frecuencia
se ha reducido sólo a escaramuzas verbales sobre el «matrimonio» del
mismo sexo.
Nuestro proyecto intentó evitar esta trampa, para examinar
toda la serie de problemas sociales que emergen del debate del
matrimonio: la ausencia del padre, la cohabitación, el
divorcio, los hijos crecidos fuera del matrimonio, etc. Aunque
no puedo mencionar cada capítulo del libro, hay tres ensayos
particulares escritos desde la perspectiva de las ciencias sociales
que mencionaré.
Don Browning de la Universidad de Chicago
y Elizabeth Marquardt – autora
de «World’s Apart» («Mundos aparte»)– tienen
un ensayo fascinante, «¿Qué pasa con los
niños? Advertencias liberales sobre el matrimonio del
mismo sexo» («What About the Children? Liberal Cautions
on Same-Sex Marriage»)
Maggie Gallagher, presidente del Institute
for Marriage and Public Policy, tiene un brillante ensayo titulado «¿Cómo
protege el matrimonio el bienestar del niño?» («How
Does Marriage Protect Child Well-Being?»)
W. Bradford Wilcox, profesor adjunto de
sociología en
la Universidad de Virginia, concluye el libro con una reflexión
sobre el impacto del matrimonio sobre quienes menos ingresos
tienen en la sociedad.
Otros ensayos incluyen un argumento sobre
cómo la aceptación
del «matrimonio» del mismo sexo borraría
la validez de los principios en base a los cuales rechazamos
la poligamia y el poliamor, es decir, las multiplicidad de relaciones
sexuales estables; otro trata sobre cómo el «no-fault
divorce», el «divorcio sin culpa» –el
divorcio unilateral– ha debilitado el matrimonio como institución,
y cómo las lecciones aprendidas de nuestro error al abrazarlo
deberían hacernos ser más cautelosos a la hora
de considerar cambios incluso más radicales; y otros relativos
a la importancia del matrimonio para el bienestar legal, político
y económico de nuestra sociedad.
Cuando hace una generación se comenzó a discutir
sobre el «divorcio sin culpa», pocos ponían
en duda que si se hubiera consentido a Adán divorciarse
fácilmente de Eva esto no habría tenido más
que efectos positivos sobre el matrimonio y la sociedad en su
conjunto. Retrospectivamente podemos ver cómo la introducción
del divorcio «sin culpa» alteró a peor la
comprensión que tenía la gente del significado
del matrimonio, con consecuencias sociales profundamente dañinas.
Esta experiencia debería volvernos escépticos ante
la idea de que podamos reconocer la relación de Adán
y Steve como una «matrimonio» sin erosionar más
la correcta comprensión de lo que significa y es verdaderamente
el matrimonio.
-Pasando a su aportación personal, un capítulo
sobre filosofía práctica y matrimonio: «¿Qué quiere
decir en su ensayo cuando afirma que el matrimonio es un «bien
intrínseco»?
-George: Quiero decir que el matrimonio
es mucho más
que un medio para lograr fines extrínsecos a él.
El valor del matrimonio no es meramente instrumental. El matrimonio
es un bien humano básico, un aspecto irreducible del bienestar
y de la plena realización de un hombre y una mujer que
se unen como esposos.
Cuando uno entiende correctamente el matrimonio
como la unión
permanente y exclusiva entre esposos sexualmente complementarios
cuya participación fiel, amorosa y comprehensiva de la
vida se funda sobre la unión de los cuerpos en «una
sola carne», se entiende que el matrimonio constituye por
sí mismo un motivo para su validez, y que su valor no
depende por tanto de otros objetivos para lo que es un mero instrumento.
Al unirse un hombre y una mujer, en todos los niveles de su ser –el
biológico, el emocional, el de caracteres, el racional,
el espiritual– el matrimonio se convierte en una elección
racionalmente válida como fin en sí mismo.
Así como el elemento fundamental de la amistad no esponsal
es la amistad en sí misma, y otros fines a los deba la
amistad ser útil como medio, el elemento fundamental del
matrimonio es el matrimonio en sí mismo.
-Usted observa que gran parte de
la confusión
sobre el sexo y el matrimonio en nuestra cultura encuentra
sus raíces en el pensamiento del filósofo escocés
del siglo XVIII, David Hume. ¿Cómo puede ser
así?
-George: No quiero cargar con toda la culpa
al pobre David Hume. Como apuntaba en mi capítulo de «The Meaning of
Marriage», Hume mismo abrigaba más bien puntos de
vista conservadores sobre el matrimonio, reconociéndolo
como una institución social profundamente importante,
que necesita y merece apoyo y protección de las instituciones
de la sociedad y de los usos y costumbres de las personas. El
problema no está en lo que Hume enseñaba sobre
el matrimonio; está en lo que Hume enseñaba sobre
la razón práctica y la verdad moral.
Como ya he dicho, una comprensión correcta del matrimonio
lo reconoce como un bien intrínseco o como, siguiendo
a Germain Grisez, lo he llamado, un bien humano básico – algo
que las personas tienen motivos para elegir precisamente porque
captan su valor como un aspecto irreducible del bienestar y realización
humanas. Pero Hume enseñan que no hay bienes humanos básicos,
que no existen otras razones que las instrumentales para actuar.
Más bien, supone Hume que nuestros fines nos vienen dados
por factores de motivación subnacionales, como el sentimiento,
el deseo, la emoción, lo que Hume llamaba «las pasiones».
Se reduce a la razón a un papel meramente instrumental
en el dominio de la deliberación, la elección y
la acción. La razón no puede identificar lo que
es deseable y por tanto digno de elección; su papel, según
la opinión de Hume sobre el tema, se reduce a identificar
los medios eficaces por los que podemos alcanzar cualquier fin
que se nos ocurra desear. En palabras de Hume, «la razón
es, y sólo debe ser, la esclava de las pasiones, y no
debe reivindicar ninguna otra función sino la de servirlas
y obedecerlas». En la medida en que las enseñanzas
de Hume han sido aceptadas, sea formal o implícitamente,
por los hombres y mujeres contemporáneos, les ha llevado
a adoptar una forma de subjetivismo –en ocasiones llamado «la
falta de cognitivismo moral»– que amenaza una recta
comprensión del matrimonio y de otros bienes humanos básicos.
Esto resulta especialmente nocivo en el
caso del matrimonio, puesto que el matrimonio es un bien del
que sólo pueden
participar plenamente aquellos que, aunque sea implícitamente,
lo comprenden correctamente. Su capacidad de enriquecer nuestras
vidas como esposos –y cuando el matrimonio se ve bendecido
con hijo, como padres– depende mucho de nuestra comprensión
de él y de que captemos que su valor es mayor que el meramente
instrumental.
-Usted describe el matrimonio como
una «comunión
de personas en una sola carne». ¿Se trata de un
concepto claramente religioso?
-George: No. El valor intrínseco del matrimonio, entendido
como el compartir la vida de forma amplia y a todos los niveles
fundamentado en la comunión corporal de la complementariedad
sexual de los esposos y ordenada de forma natural a la procreación
y crianza de los hijos, puede entenderse, y así ha ocurrido,
por personas de diversos credos y por aquellos que no tienen
uno concreto. Las enseñanzas de muchas, si no todas las
religiones, se extienden de un modo u otro al matrimonio, pero
el bien del matrimonio puede ser conocido, y es conocido, por
la razón, aunque no esté ayudada por la revelación.
Según John Finnis, los grandes filósofos de la
antigua Grecia y los juristas de la Roma precristiana, si bien
en un contexto de reflexión crítica sobre el matrimonio,
eran capaces de articular las bases de una comprensión
correcta de esta gran bien humano. Claro está que la expresión “una
sola carne” deriva de la Biblia hebrea y Jesús la
reafirma con fuerza en los Evangelios. Para judíos y cristianos,
la revelación refuerza e ilumina una gran verdad de la
ley natural.
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La ciencia legal.
Alegoría en la Universidad
de Valladolid (España) |
-El número 1652 del Catecismo de la Iglesia Católica
indica: «Por su naturaleza misma, la institución
misma del matrimonio y el amor conyugal están ordenados
a la procreación y a la educación de la prole
y con ellas son coronados como su culminación».
El Catecismo parece que describe el matrimonio en términos
meramente instrumentales. ¿Puede aclararnos cómo
coincide esto con cuanto usted ha afirmado?
-George: Ciertamente. Ya he dicho que el
amor conyugal y la institución del matrimonio están ordenados de forma
natural a la procreación y al cuidado de los hijos. Pero
esto no quiere decir que los hijos sean fines extrínsecos
para los que la unión marital, en su dimensión
sexual o en otra, sea un mero medio. «Ordenado a» no
quiere decir «es un mero medio para».
Quizá la mejor evidencia de que la Iglesia reconoce el
valor intrínseco del matrimonio y de que no lo trata como
un mero medio de procreación sea su clara y constante
enseñanza de que las personas pueden tener razones para
casarse, y pueden casarse legítimamente, y pueden estar
plena y verdaderamente casados, incluso cuando la infertilidad
de uno o ambos esposos convierta la procreación en imposible.
Los matrimonios de esposos infértiles son verdaderos matrimonios.
No son pseudo-matrimonios. No son matrimonios de segunda clase.
Dado como están constituidos los seres humanos, que a
su vez determina la conformación del bien humano, la realización
plena del hombre y de la mujer tiene lugar intrínsecamente
en su unión en la forma de una comunión idónea –u «ordenada
a»– para la procreación y el cuidado de los
hijos, aunque no sean capaces de concebirlos.
Los esposos se convierten verdaderamente
en «una sola
carne» en su relación esponsal aunque la infertilidad
temporal o permanente signifique que no tendrá lugar la
concepción. Hay que observar que los matrimonios judíos
y cristianos se consuman al completar la relación sexual,
no al lograr la concepción de un hijo. No obstante, nada
en la afirmación de esta gran verdad contradice la igualmente
gran verdad de que los hijos concebidos como fruto de la comunión
marital son, de hecho, la “coronación” del
amor conyugal. Los hijos no son objetivos operativos de la unión
sexual de los esposos o de la institución del matrimonio;
más bien, son un don que se añade al amor marital
que se ha de acoger y cuidar como participantes perfectivos en
la comunidad –la familia– establecida por la comunión
marital de sus padres.
-¿El reconocimiento, por parte de
la Iglesia, de la validez de los matrimonios infértiles
no contradice su doctrina de que el matrimonio es necesariamente
la unión
de un hombre y una mujer, en vez de la unión de dos
personas cualesquiera, incluyendo a personas del mismo sexo?
-George: No. El elemento clave a considerar
es que la Iglesia, de acuerdo a lo que sabemos por la luz de
la razón natural,
entiende el matrimonio fundamental e irreduciblemente como una
relación sexual.
Cualquier persona puede vivir con otra,
cuidándose y
compartiendo las vidas del otro en muchas dimensiones. Pero para
que llegue a existir un matrimonio y se complete, el compartir
la vida de forma comprensiva y a todos los niveles se ha de basar
en la unión corporal –biológica– de
los esposos. Un hombre y una mujer que se han prometido fidelidad
permanente el uno al otro deben convertirse en una «sola
carne» en virtud de la consumación de su unión
sexual por el que completan las condiciones de comportamiento
de la procreación, aunque no existan las condiciones necesarias
para la concepción.
Si no existe la unión biológica, las personas
no compartirán la vida del otro en la singular forma conyugal.
Su vida en común no puede ser un compartir comprensivo,
en el que la comunión a otros niveles se funda en su comunión
corporal.
Es a través de los actos conyugales –actos que
son procreativos por naturaleza, aunque no sean reproductivos
en efecto; y aunque debido a la enfermedad, a un defecto o a
la edad de la mujer no puedan dar como resultado la procreación– que
un hombre y una mujer, comprometidos el uno con el otro, consuman
su matrimonio como la unión de una sola carne. Es por
esto que no puede existir un matrimonio entre más de dos
personas, por muy afectuosos que sean los unos con los otros
o por muy comprometido con el grupo que sinceramente se pueda
estar.
Una vez comprendido el matrimonio como
una unión en “una
sola carne”, vemos que la actividad sexual entre miembros
de grupos polígamos o entre parejas del mismo sexo, por
mucho que lo deseen o lo encuentren satisfactorio, es intrínsecamente
no conyugal. Sean cuales sean las consideraciones sobre el hecho
de que la actividad sexual en las relaciones polígamas
o del mismo sexo puede reforzar el lazo emocional de quienes
participan, no pueden unir plenamente a las parejas sexuales
de forma conyugal. Sea cual sea la motivación, el objetivo
o el fin, no puede ser biológica, la unión «en
una sola carne», precisamente el fundamento y el principio
definitorio del matrimonio.
Conviene observar, de paso, que la enseñanza de la Iglesia
refleja aquí su comprensión del cuerpo como una
parte integrante en la realidad personal del ser humano, y no
como un mero instrumento subpersonal para lograr unos fines o
inducir satisfacciones deseadas por la parte consciente o volitiva
del yo, considerada, como en las teorías dualistas, como
la persona real que habita y utiliza un cuerpo. La unión
biológica de los esposos en los actos de tipos procreativo
puede ser comunión personal verdadera, precisamente porque
nosotros somos nuestros cuerpos –aunque, claro está,
no sólo somos nuestros cuerpos –, somos la unión
de alma y cuerpo. No somos personas incorporales –mentes,
almas, conciencia –que residen dentro, supervisan, y usan
cuerpos impersonales.
-Si el matrimonio es en sí evidentemente bueno,
entonces, ¿por qué el estado necesita intervenir
para preservarlo? ¿No sería suficiente la tutela
por parte de la Iglesia y de la comunidades religiosas, donde
se celebra y viven en sentido pleno?
-George: Ésta es una proposición válida
sólo en apariencia. Su fuerza cae en el momento en que
consideramos: a) la importancia de los matrimonios, y por tanto
del matrimonio considerado como institución, para el bienestar
de la sociedad y del estado; y b) la vulnerabilidad del matrimonio
como institución
a las patologías sociales y a las ideologías hostiles
al mismo tiempo que debilitan su capacidad de defenderse ante
dichas patologías.
La razón más poderosas y fundamental para el interés
público en el matrimonio y en su buen estado de salud
institucional es su idoneidad única para proteger a los
hijos y atenderlos para que crezcan como personas rectas y ciudadanos
responsables. Como han mostrado Brad Wilcox, Maggie Gallagher
y otros expertos sociales que han contribuido a «The Meaning
of Marriage», pocas cosas son tan importantes para el bien
público –y en nuestras circunstancias actuales
casi nada es más urgente– que crear y mantener un
conjunto de condiciones sociales en las que el hecho de que los
niños crezcan con su propia mamá y papá sea
la norma.
Es cierto que las comunidades religiosas
y otras instituciones de la sociedad civil tienen un papel
indispensable que jugar, pero la ley tiene también su papel. La ley es una maestra.
Puede enseñar que el matrimonio es una realidad en la
que las personas pueden elegir participar, pero cuyos contornos
no pueden hacerse y deshacerse a voluntad. Es decir, una comunión
en una sola carne de personas unidad en una forma de vida que
es la propia para la generación, la educación y
la crianza de los hijos. La ley tampoco puede enseñar
que el matrimonio es una mera convención, que se puede
malear en la forma en que escojan hacerlo individuos, parejas
o grupo, sean cuales sean sus deseos, intereses o fines subjetivos.
El resultado, consideradas las tendencia de la psicología
sexual humana, será el desarrollo de prácticas
e ideologías capaces de destruir verdaderamente la correcta
comprensión y práctica del matrimonio, junto con
el desarrollo de patologías que tienden a reforzar las
mismas prácticas e ideologías que las causan.
El filósofo de la Universidad de Oxford, Joseph Raz, él
mismo liberal, que no comparte mis puntos de vista sobre la moralidad
sexual, se muestra con razón crítico ante formas
de liberalismo que suponen que la ley y el gobierno pueden y
deben ser neutrales con respeto a concepciones contrapuestas
del bien moral. A este respecto, ha observado que la “monogamia,
admitiendo que represente la única forma válida
de matrimonio, no puede practicarse por un individuo. Requiere
una cultura que la reconozca, y que la apoye a través
de la actitud pública y a través de las instituciones
formales”.
Ciertamente el profesor Raz no habla de
que, en una cultura, cuya ley y cuya política no apoye la monogamia, un hombre
que piense adoptarla no lo pueda ser capaz de autolimitarse y
tener una sola mujer o se vea requerido o presionado a tener
más de una. Afirma, más bien, que, aunque la monogamia
sea un elemento clave en una correcta comprensión del
matrimonio, un gran número de personas no lograrán
comprender el valor de la monogamia y la lógica que la
confirma, si no ayudándose y sirviéndose de una
cultura, de un ordenamiento jurídico, de una política
y de una sociedad favorables al matrimonio monógamo. Lo
que vale para monogamia es igualmente válido para otros
elementos de una correcta comprensión del matrimonio.
En breve, el matrimonio es la clase de
bien que pueden elegir y del que pueden participar de forma
convencida sólo aquellas
personas que lo han comprendido profundamente y lo que lo eligen
precisamente en base a dicha comprensión. No obstante,
la capacidad de comprenderlo y, por tanto, de elegirlo, depende
de forma decisiva de la orientación de las instituciones
y de la cultura que transcienden las elecciones individuales
y que se constituyen por un gran número de elecciones
individuales.
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"Cuando
uno entiende correctamente el matrimonio como la unión permanente
y exclusiva entre esposos sexualmente complementarios cuya participación
fiel, amorosa y comprehensiva de la vida se funda sobre la unión
de los cuerpos en «una sola carne», se entiende que
el matrimonio constituye por sí mismo un motivo para su
validez". |
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