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La constitución de la laicidad y su ética mínima
Autor: Juan Luis Lorda.
Publicado en La Gaceta de los Negocios (Madrid), 20 de diciembre de 2006
El Partido Socialista Obrero Español (PSOE)
ha hecho público un manifiesto sobre “Constitución,
laicidad y educación para la ciudadanía”.
Parece ser el inicio de una campaña.
Comienza alabando
la Constitución de 1978
porque “estuvo presidida por la voluntad de consenso,
concordia y generosidad de todas las fuerzas políticas
llamadas a representar a los ciudadanos”. Es verdad, la
Constitución de 1978 fue un éxito bastante logrado
de integración y es el marco básico de nuestra
convivencia.
Las grandes cuestiones de
Estado deberían
ser tratadas siempre con ese mismo espíritu de consenso.
Lamentablemente, el gobierno no ha sido muy fiel a esta inspiración
en temas bastante graves. Hace poco más de un año,
por ejemplo, ha alterado la forma de la familia sin buscar el
consenso general, sino recurriendo al intercambio de favores
políticos para sacar adelante su ley. Los demás
hemos podido quejarnos, pero no participar en un asunto que nos
afecta tan gravemente. Esto va contra el sentido mismo de la
Democracia. Aparte de que la solución impuesta no respeta
lo que dice la Constitución.
Ahora se presenta una reflexión sobre la
laicidad. Y los presagios son parecidos. Da la impresión
de que una parte se dispone a imponer sus ideas a todos. Llevan
años preparando argumentos para convencerse de que la
constitución española es laicista y que es necesario
desarrollar el laicismo de Estado. Pero la Constitución
española no es laicista. Y, si hay algo que desarrollar
en la Constitución, habrá que hacerlo con el mismo
espíritu de consenso general con el que se hizo.
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Escudo en el monasterio
de El Escorial (España) |
El punto de partida de la
argumentación
es: “los fundamentalismos monoteístas o religiosos
siembran fronteras entre los ciudadanos. La laicidad es el espacio
de Integración”. Pero esto es un sofisma peligroso.
El espacio de integración de la Democracia española
no es la laicidad, sino la Constitución. Y en España,
caben todas las religiones y todas las formas de pensar que la
respeten. Si cambiamos la Constitución por la laicidad,
alteramos la base natural de la democracia y de la convivencia
españolas. Y si dejamos que laicidad se convierta en el
criterio básico, caemos en el pensamiento único
impuesto y gestionado por una minoría, que se convierte,
sin que nadie le haya dado ese encargo, en la detentadora de
la pureza democrática, excluyendo a todos los demás.
Después se añade que “sin laicidad… serían
delitos civiles algunas libertades como la interrupción
voluntaria del embarazo, el matrimonio entre personas del mismo
sexo, … y dejarían de ser delitos el maltrato
a la mujer, la ablación...”. Pero es la Constitución
establecida por consenso y no la “laicidad” de una
minoría la que ha fijado los derechos y libertades fundamentales
que deben ser protegidos. La laicidad es una noción negativa,
que no tiene contenido positivo. Cada uno le pone el que quiere
y puede ser más arbitraria que la peor religión.
Stalin y Mao fueron convencidos laicistas. El manifiesto anda
tan despistado sobre los valores que le parece tan criminal maltratar
a una mujer como defender el derecho a nacer.
Por último, el manifiesto dice que el Estado
se basa en el “mínimo común ético
constitucionalmente consagrado” y que esto es lo que se
debe enseñar obligatoriamente. Pero esto es otro sofisma.
Lo que se votó y aprobó no fue un mínimo
común ético, sino una Constitución con
un texto consensuado que es el que es. El acuerdo constitucional
se hizo sobre un texto, no sobre sus fundamentos morales, que
eran distintos en cada uno, y, para la mayoría, cristianos.
Nadie puede ahora, sin un nuevo y sincero consenso general, quedarse
con la exclusiva de la ética nacional.
Si un grupo de pensadores
socialistas se siente llamado a elaborar una ética común y a predicarla,
está en su derecho. La historia demuestra la ingenuidad
de esos experimentos ilustrados y su escasa relevancia social.
Las éticas inventadas nunca han sido capaces de controlar
los impulsos reales de las vísceras humanas: ni en el
terreno de la codicia, ni en el de la violencia, ni en el del
sexo, ni en de la bebida. Pero, en todo caso, eso no es la Constitución.
Ni se pueden sustituir las bases morales de los españoles
por esa elucubración.
Pero, además, hay una sangrante paradoja.
Porque, si alguien ha trastocado los valores morales o el mínimo ético
de la Constitución española, ha sido el partido
en el gobierno y sin el consenso general. La Constitución
protegía la vida sin restricciones, y, sin consenso general,
forzaron una sangrante “despenalización” del
aborto (que no es un derecho constitucional). Y, recientemente,
sin consenso general, han alterado la composición de la
familia. Es evidente que ese “mínimo común ético” no
procede de la Constitución, sino que refleja la opinión,
el capricho o el nivel moral de una minoría.
Se entiende, que, por motivos
históricos, muchos pensadores del PSOE tengan manía a la religión
cristiana. Pero tienen que tener un pensamiento de Estado, y
acostumbrarse a actuar con sensibilidad democrática. Eso
necesita el convencimiento de que las demás formas de
pensar tienen razones que aportar y su lugar en la democracia.
Si no, con una ética mínima, sustituyen el espíritu
de la Constitución del 78 por otros malos y viejos espíritus
que sería mejor superar definitivamente.
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El
acuerdo constitucional se hizo sobre un texto, no sobre
sus fundamentos morales, que eran distintos en cada
uno, y, para la mayoría, cristianos. Nadie puede
ahora, sin un nuevo y sincero consenso general, quedarse
con la exclusiva de la ética nacional. |
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