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La declaración de nulidad matrimonial, un servicio a
la verdad
Artículo relacionado: Lo
que siempre quiso saber sobre nulidades... y nadie le supo responder.
Autor: A. Llamas Palacios
Fuente: Revista Alfa y Omega, Madrid, 21 de junio de 2007
Acerca
de las nulidades matrimoniales mucha gente se permite hablar,
a menudo superficialmente, basándose en informaciones
que ha oído aquí y allá, pero la declaración
de que un matrimonio ha sido nulo es algo muy serio, y quienes
lo plantean, en una aplastante mayoría, quieren vivir
su fe en plenitud
«Un matrimonio en el que se sufre por serlo no puede ser
de Dios», afirma R., un joven agricultor de Castilla la
Mancha. Hace unos cinco años contrajo matrimonio con una
chica, aun cuando no tenía nada claro qué era lo
que realmente deseaba. En el entorno de un pequeño pueblo
agrícola, R. sentía que casarse era algo que debía
hacer, especialmente según su padre, que le presionaba
para dar el paso, pues de lo contrario iba a acabar solo, y además,
todas sus hermanas ya se habían casado.
Días antes de la ceremonia, había hablado con
el sacerdote que les casaba, y le había expresado sus
dudas. R. no recuerda que el sacerdote le respondiera nada.
La ceremonia se celebró. R. no fue capaz de imponerse
a su familia, ni de superar el temor al escándalo que
supondría en el pueblo una ruptura ante una boda inminente.
Desde el principio, aquello se parecía más al infierno
que a lo que debería ser la felicidad de unos recién
casados. Ella le rechazaba hasta en los momentos más íntimos.
Ni siquiera dormían juntos. Al poco tiempo, ella abandonó el
hogar.
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Alegoría de la sabiduría.
Ayuntamiento de
Tarazona
(España) |
A raíz de la muerte de su padre, en un accidente, R.
intentó coger las riendas de su vida, para que se pudiera
parecer, al menos, a lo que él siempre había soñado.
Se separó, y, al mismo tiempo, comenzó los trámites
de la declaración de nulidad. R. es católico, y
deseaba vivir su fe coherentemente. Estaba convencido de que
aquel matrimonio era nulo, que no era válido, que no se
habían dado las condiciones adecuadas para que tuviera
lugar. Contrató los servicios de una abogada en la ciudad
más próxima a su pueblo, y ella se encargó de
todo. Entonces comenzó el período de espera. Un
mes, dos, tres... Un año, dos, tres. R. llamó tantas
veces al Obispado de su diócesis que llegaron a pedirle
seriamente que dejara de llamar. R. se pasó tres años
llamando y recibiendo la misma contestación: «Sólo
hay dos personas por delante de usted». Al final, al cabo
de tres años, el resultado fue negativo: el matrimonio,
según declaró la sentencia, no era nulo.
Después de este duro golpe, R. contrató a otra
abogada, para apelar al tribunal de segunda instancia. De esto
hace poco más de un año, y R. está convencido
de que los resultados van a ser favorables en esta ocasión.
Según el Tribunal Eclesiástico de aquella ciudad,
dentro de un mes se hará pública la sentencia.
Si es favorable, necesitará la sentencia definitiva del
Tribunal de la Rota.
Para R. las cosas han sido muy diferentes
de una diócesis
a otra. El perito y los trabajadores del Tribunal de esta última
le han tratado con cariño y rectitud, como corresponde
y como necesita ser tratado a alguien que lleva cuatro años
sufriendo. «Mi experiencia es que no todos los tribunales
funcionan igual, y algunas personas no se dan cuenta de lo mucho
que te juegas», dice, explicando que no siempre se ha sentido
bien acogido.
Mientras hablamos con R., haciendo un repaso
de estos últimos
años de tribunales, llamadas, abogados y esperas, comprobamos
que nadie, en cuatro años, le ha informado de las diferentes
opciones favorables que ofrece la Iglesia a cualquier persona
que comience un proceso de nulidad. Nos referimos al gratuito
patrocinio (todo el proceso es gratis), la reducción de
costes, o los patronos (abogados gratuitos). «Es la primera
vez que oigo hablar de esto», dice R.
La leyenda negra de las nulidades
La nulidad matrimonial es un tema muy trillado
en la opinión
pública, pero de la que existe un grave desconocimiento.
En el aire flota cierto malestar debido a la leyenda negra que
persigue a las nulidades, alimentada básicamente por muchos
medios de comunicación, que han contribuido a extender
el bulo de que la nulidad matrimonial es una cuestión
de dinero y de influencias, que en ocasiones se concede a personas
de una moralidad muy dudosa, y que resulta un expolio económico
para toda aquella persona de la calle que quiera pedirla.
Pero de los datos de los procedimientos
de actuación
para probar, o no, una nulidad, y los testimonios de las personas
que trabajan en este ámbito, resultan cosas muy distintas. ¿Qué hay
de cierto, y qué hay de leyenda, respecto a las nulidades
matrimoniales?
En el discurso que les
dirigió, el año pasado,
a los miembros del Tribunal de la Rota Romana, el Papa Benedicto
XVI recalcó algunos detalles que no se pueden perder de
vista cuando se habla de nulidades. Para la mayor parte de los
cristianos que piden la declaración de nulidad de su matrimonio,
el motivo fundamental es poder rehacer su vida de nuevo, y rehacerla
siendo fieles a la doctrina católica. «Es mucho
lo que uno se juega cuando pide la nulidad», decía
R., el joven del que hablábamos anteriormente. Y es así.
De hecho, el último Sínodo de los Obispos, sobre
la Eucaristía, como recordó en el citado discurso
Benedicto XVI, tuvo presente, en diferentes ocasiones, el tema
de la nulidad matrimonial. Es una preocupación constante,
en teólogos y expertos, el debate, o la aparente contradicción,
entre el deseo de que los fieles puedan regularizar su situación
matrimonial para participar de la Eucaristía, y, al mismo
tiempo, la necesidad de ser justos en los Tribunales Eclesiásticos,
dándole, al concepto de nulidad matrimonial, toda su importancia
y rectitud. Lo que resaltó Benedicto XVI, entonces, fue
que los procesos de nulidad del matrimonio no pretenden «complicar
inútilmente la vida a los fieles, ni mucho menos fomentar
su espíritu contencioso, sino sólo prestar un servicio
a la verdad». Y añadió: «El proceso
canónico de nulidad del matrimonio constituye esencialmente
un instrumento para certificar la verdad sobre el vínculo
conyugal».
Para la mayoría de las personas, el fracaso o la ruptura
matrimonial desgarra su vida de arriba abajo. En la mayor parte
de las situaciones no se trata de un matrimonio nulo; lo que
sí que es cierto, es que muchos fracasos, rupturas y divorcios
podían haberse evitado. También muchas nulidades.
Por eso, Benedicto XVI puso el dedo en la llaga cuando afirmó,
ante los miembros del Tribunal de la Rota: «La sensibilidad
pastoral debe llevar a esforzarse por prevenir las nulidades
matrimoniales, cuando se admite a los novios al matrimonio, y
a procurar que los cónyuges resuelvan sus posibles problemas,
y encuentren el camino de la reconciliación».
Causas más comunes de nulidad
Artículo relacionado: Las
causas de nulidad en el matrimonio canónico.
El avance de ciencias como la Psiquiatría o la Psicología
provocó cambios en el Código de Derecho Canónico
del año 1983. A partir de entonces, los trastornos de
personalidad, o cualquier otro problema de esta índole,
pasaban a convertirse en una causa más de nulidad. Estas
causas son numerosas y se encuentran perfectamente señaladas
en el citado Código. Pero, por lo general, cuatro de ellas
son las más comunes. El Presidente del Tribunal Eclesiástico
de Madrid, don Isidro Arnaiz, explica que «las causas o
capítulos más corrientes, por los que se declara,
en nuestros días, la nulidad matrimonial son, fundamentalmente:
vicios del consentimiento, incapacidad para asumir las obligaciones
del matrimonio, la no aceptación de la indisolubilidad
del matrimonio, y el rechazo de los hijos».
«La primera -explica don Isidro Arnáiz-, los vicios
del consentimiento, pueden deberse a que existió un grave
defecto de discreción de juicio en el momento de celebrar
el matrimonio, como puede ser algún tipo de anomalía
psíquica, o circunstancia especial, como, por ejemplo,
un embarazo no deseado. Por culpa de estas circunstancias, a
la persona le falta la necesaria libertad interna para decidir
sobre ese matrimonio. Por ejemplo, una mujer que se queda embarazada,
y se siente obligada a casarse por ello. Por otro lado, está la
incapacidad para asumir las obligaciones del matrimonio por causas
de naturaleza psíquica. Si se demuestra que, al contraer
matrimonio (en ese momento, no después), existía
algún tipo de trastorno o anomalía que le impedía
asumir estas obligaciones, el matrimonio es nulo. Pero estamos
hablando de trastornos graves. Una leve inmadurez no es motivo
de nulidad; tiene que tener entidad suficiente, y para ello,
están los peritos, que suelen ser psicólogos o
psiquiatras, que determinan hasta qué punto esa persona
estaba impedida. Además, el tribunal cuenta con las pruebas
documentales que se presenten, como cartas, certificados médicos,
etc.»
La abogada matrimonialista doña Rosa Corazón,
autora del libro Nulidades matrimoniales (ed. Desclée
De Brouwer), explica que una causa bastante común también
es el engaño doloso. «Una persona, hombre o mujer,
que no tiene capacidad para ser fértil, ¿puede
casarse? -plantea para Alfa y Omega la abogada-. Puede. La esterilidad,
la falta de fecundidad, no es algo que haga nulo el matrimonio.
Pero lo puede hacer si hay engaño, si uno, sabiendo que
es estéril, se lo oculta al otro, porque sabe que para
su consentimiento es esencial que ese matrimonio tenga posibilidad
de procreación, y le engaña haciéndole creer
que no lo sabe, o que es fértil. Eso es nulo, pero no
por incapacidad, sino por engaño doloso, forzado para
conseguir el matrimonio».
El engaño doloso se da, en ocasiones, al tratar el tema
de los hijos. La abogada afirma que ha llevado casos de este
tipo. Recuerda uno de ellos, el de una pareja que se había
casado pensando en tener hijos en un futuro. «Pero pasó el
tiempo -explica-, y cuando él le propuso a ella tener
hijos, ella respondió más adelante. Y así lo
hizo en reiteradas ocasiones, siempre que él tocaba el
tema. Lo cierto es que ella le había engañado:
nunca había querido tener hijos. En el juicio, sirvieron
de prueba manifestaciones de ella diciendo que los hijos no iban
con ella, que eran una atadura, le harían perder el tipo
y el progreso profesional que quería. Se trataba de un
caso claro de nulidad por exclusión de la prole en el
matrimonio. Pero en el fondo, además, había un
trastorno afectivo profundo en ella. Y es que aprender a querer,
exige un paso previo».
La nulidad, un servicio
Cuando una persona acude a la Iglesia para
solicitar la declaración
de nulidad de su matrimonio, lo que puede desear es casarse con
una segunda persona, tener otra oportunidad en la vida, pero,
ante todo, vivir de acuerdo a sus convicciones. Por ello, la
Iglesia concibe los procesos de nulidad como un servicio. Las
estadísticas que anualmente prepara cada diócesis
(pues no existen estadísticas para toda España)
tiran por tierra los sambenitos que hace mucho tiempo tienen
colgados los Tribunales Eclesiásticos, respecto a la duración
de los procesos y el coste de los mismos. Si bien, como hemos
visto en el caso de R., siempre hay excepciones.
Según nos informa don Isidro Arnáiz, Presidente
del Tribunal Eclesiástico de Madrid, en el año
2006, se sentenciaron 203 causas de nulidad. De ellas, en 155
se declaró la nulidad, y en 48 se declaró que no
constaba. El promedio de tiempo se encuentra, en una causa que
no requiera pericia, en torno a los 7 meses, y con pericia, se
tramita en torno a los 10 u 11 meses.
Uno de los argumentos que con mayor frecuencia
se esgrime, a la hora de hablar sobre las nulidades, es el
económico.
El hecho de que haya algunas personas famosas a las que se les
ha declarado la nulidad ha contribuido a hacer creer en la sociedad
que ésta se consigue a golpe de talonario. En cambio,
no se habla del gratuito patrocinio, con el que la Iglesia se
hace cargo de todos los gastos, ni de la reducción de
costes, ni de la figura del Patrono estable, algunas de las opciones
que la Iglesia pone a disposición del que lo necesite.
Lo que quizá cabría preguntarse es cómo
llega esta información a las personas, y si hay la suficiente
información correcta.
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Es
una preocupación constante
el debate, o la aparente contradicción, entre el deseo de
que los fieles puedan regularizar su situación matrimonial
para participar de la Eucaristía, y, al mismo tiempo, la
necesidad de ser justos en los Tribunales Eclesiásticos,
dándole, al concepto de nulidad matrimonial, toda su importancia
y rectitud |
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