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La FIFA, el fútbol y la religión
Autor: Pedro María Reyes Vizcaíno
Editor de Iuscanonicum.org
Recientemente Andreas Herren, portavoz de la
FIFA, ha anunciado que se van a prohibir todo tipo de mensajes religiosos
en los campos de fútbol porque pueden ofender los sentimientos de algunos
espectadores. “Lo que para unos es valioso y sagrado, para
otros es una provocación”, según
Herren. Ha añadido: “Esa regulación es el
método más sencillo de prevenir problemas en el
fútbol”. Todos recordamos a la estrella brasileña
Kaká, del Milan, mostrar una camiseta en la que se leía I
belong to Jesus (pertenezco a Jesús), en la última
final de la Champions League de Europa el 23 de mayo
de este año. Además, es fácil ver a un jugador
de fútbol santiguándose en el momento de entrar
en el campo de juego, y el acto de santiguarse es un acto religioso
bien explícito. A partir de ahora, los jugadores deberán
tener cuidado para esconder los crucifijos o estrellas de David
que porten pues pueden ser sancionados.
El fin de erradicar la violencia en el fútbol
y en cualquier otro sector merece la pena dedicar todos los esfuerzos.
Pero la medida que pretende adoptar la FIFA necesita un análisis.
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| Santo Tomás Moro |
Que se sepa, hasta ahora no ha habido ningún
episodio de violencia en un partido de fútbol causado por un símbolo religioso, aunque en
muchos partidos se ven decenas de ellos (acabo de aludir a un hecho tan común
en los campos como es el de santiguarse o ver crucifijos en los jugadores). No
se comprende que se argumente con la erradicación de la violencia, cuando
es algo que no se ha dado. Los campos de fútbol son, lamentablemente,
terrenos abonados para la violencia. El mero hecho de que en un estadio concurran
dos aficiones es tan peligroso que a veces se toman las máximas medidas
de seguridad. Hemos de recordar la desgraciada final de la Copa de Europa
en el estadio Heysel de Bruselas el 29 de mayo de 1985 entre la Juventus y el
Liverpool, en la que murieron 39 personas (34 de ellos aficionados italianos)
por enfrentamiento de las dos hinchadas. Aparte de las medidas penales, los organismos
deportivos sancionaron al Liverpool, pero a nadie se le ocurrió prohibir
en los estadios los símbolos de las aficiones como camisetas, bufandas
y banderas, y eso que seguro que molestan a la mitad del estadio y además
hay antecedentes de que incitan a la violencia.
Si el partido es internacional, entran en juego
consideraciones de orgullo nacional. En 1969 estalló una
guerra entre Honduras y El Salvador (que ha pasado a la historia
como la guerra del fútbol) después de
un partido de fútbol entre ambas selecciones nacionales
el 29 de junio. En la guerra (muy corta, por cierto: apenas duró seis
días) murieron unas 4000 personas. Naturalmente, la FIFA no prohibió los partidos
internacionales ni que se exhiban símbolos nacionales como banderas o
himnos.
En el caso de la prohibición de los símbolos
religiosos, lo que peligra es la libertad religiosa. La Declaración
Universal de los Derechos Humanos promulgada por las Naciones
Unidas en 1948, en su artículo 18, garantiza
todas las personas la “libertad de manifestar su religión o creencia,
individual y colectivamente, tanto en público como en privado”.
Los poderes públicos y los organismos internacionales deben proteger el
derecho de los creyentes a ejercer su libertad religiosa, que incluye la manifestación
en público de las propias creencias. Y esto afecta a la FIFA en la medida
en que regula un sector tan influyente en la sociedad actual como es el fútbol.
No puede ocurrir que se garantice la libertad religiosa en toda la tierra menos
en los campos de fútbol.
En realidad, si un jugador se santigua en el
campo y alguien del público
se molesta, el problema no está en el jugador sino en el espectador, que con
su actitud manifiesta una grave intolerancia.
Así, si una persona manifiesta su opinión
política y otro
se molesta, los poderes públicos han de garantizarle al ciudadano que
pueda manifestar su opinión: se debe proteger la libertad de expresión
y perseguir al intolerante. Igualmente, si una persona desea ir a una ciudad
y alguien se molesta por ello, los poderes públicos deben garantizar la
libertad de circulación y castigar al intolerante. No se entiende por
qué si una persona desea ejercer su libertad religiosa, se persiga al
ciudadano creyente y se proteja al intolerante.
Naturalmente, los derechos humanos tienen límites,
y entre ellos está el
de la ofensa a los demás ciudadanos. El problema en este asunto está en
que la FIFA considera ofensivo el mero hecho de exhibir un símbolo religioso.
De este modo, se altera la presunción de inocencia: el creyente, por el
mero hecho de manifestarse como tal, ofende e incita a la violencia. Solo le
falta a la FIFA extender certificados de creyentes no violentos para que puedan
jugar al fútbol.
Lo razonable es proceder del modo contrario: castigar
a los violentos (creyentes o no) y solo a ellos. Perseguir los actos violentos
(cometidos con ocasión de un símbolo religioso o
de otro tipo) y solo esos actos. Si alguna vez -que hasta ahora
no ha ocurrido, que se sepa- se comete un acto violento causado
por un símbolo religioso ofensivo, se debe buscar al culpable
y castigarlo, y si un ciudadano intolerante con los símbolos
religiosos se molesta, se debe proteger el derecho fundamental
de la libertad religiosa que incluye la manifestación pública
de las propias creencias. Pero no se pueden poner bajo sospecha
todos los símbolos religiosos por el mero hecho de que son
religiosos. Eso es contrario a los derechos humanos más
elementales.
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"No
se pueden poner bajo sospecha todos los símbolos religiosos por el mero hecho de que son religiosos.
Eso es contrario a los derechos humanos más elementales". |
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