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Discurso
del Santo Padre Juan Pablo II a la Rota Romana de 1986
Alocución a la Rota Romana de 30 de
enero de 1986
1. Constituye para mí un gozo grande reunirme
cada año
con vosotros para de esta manera subrayar la importancia de vuestro
ministerio eclesial y la necesidad de vuestra labor judicial;
entraña un servicio de justicia y de verdad; un servicio
dirigido a Dios, ante quien pronunciáis vuestra sentencia.
Es también un servicio al pueblo de Dios y para toda persona
de buena voluntad, que se dirija al tribunal de la Rota Romana.
Saludo muy cordialmente a cada uno de vosotros,
con la expresión
de mis sentimientos de estima y agradecimiento por vuestro trabajo,
a veces difícil y laborioso, pero, sin embargo, necesario.
Saludo de modo especial al nuevo decano
mons. Ernesto Fiore y hago votos para que consiga, ayudado
por vuestra solicita colaboración,
adecuar de modo constante el tribunal a las exigencias del mundo
actual y a las necesidades de nuestros tiempos.
Me hago cargo de las dificultades con las
que os encontráis
para cumplir vuestro trabajo, que os compromete a dar solución,
apoyándoos en la ley canónica, a los problemas
y cuestiones que atañen a los derechos subjetivos y que
afectan a la conciencia de los que acuden a vosotros. Con no
rara frecuencia estos se encuentran desorientados y confusos
ante las voces dispares que se oyen desde todos los ángulos.
Aprovecho complacido también esta audiencia para animaros
a realizar un servicio de verdadera candad en los encuentros,
y a que asumáis plenamente vuestra responsabilidad ante
Dios, supremo Legislador, quien no os negara su ayuda, si le
invocáis, y os socorrerá con la luz de su gracia,
para que podáis estar a la altura de las esperanzas depositadas
en vosotros.
2. Pienso que es importante subrayar hoy -como
ya lo hice en el discurso que dirigí a los Padres Cardenales
el 21 de diciembre del pasado- la preocupación por la
unidad fundamental con el Ministerio de Pedro. La Curia Romana
ofrece a «esta
misión de Pedro» la colaboración que es
siempre más urgente, tanto por la importancia de los problemas
que se presentan en el mundo, como por el deber de conservar
una y católica la profesión de fe, y también
por la exigencia de orientar y fortalecer al pueblo de Dios en
la comprensión fiel del magisterio de la Iglesia. Dicho
servicio a la unidad es siempre más necesario ante el
hecho de la extensión de la Iglesia por tantos países
y continentes distintos y une al tesoro de la revelación
y de la fe cristiana numerosas y diferentes culturas que logran
una bondad mayor en la medida del reconocimiento de los valores
defendidos y garantizados por el Verbo Encarnado, Hijo de Dios
y Redentor del hombre. El hombre debe entrar como hijo adoptivo
en esta filiación divina, para ser no solamente él
mismo, sino también para responder cada vez mejor a los
proyectos de Dios que le ha creado a su imagen y semejanza.
¡Grande es vuestra misión! Habéis de mantener,
profundizar, defender e iluminar aquellos valores encerrados
en el hombre como instrumento del amor divino. Hay que reconocer
en cada hombre una señal de Dios, una manifestación
de Dios, un misterio de amor, vivido según el querer de
Dios.
3. «¡Dios es amor!». Esta sencilla
afirmación
de san Juan (1 Jn. 4.8; 16) encierra la clase del misterio humano.
También el hombre, al igual que Dios, ha de amar, entregarse,
hacer amar este amor Dios es Trinidad de Amor: Don recíproco
del Padre y del Hijo que aman Su Amor Personal, al Espíritu
Santo. Sabemos que este misterio divino arroja luz sobre la naturaleza
y sobre el sentido profundo del matrimonio cristiano, que es
la realización más perfecta del matrimonio natural.
Este lleva desde el principio la marca de Dios: «Dios creó al
hombre a su imagen; los creó macho y hembra y les dijo: ¡Creced
y multiplicaos!» (cfr. Gn. 1.27-28).
Todo matrimonio, por lo tanto, entre bautizados
es un sacramento. Lo es por la fuerza del bautismo que introduce
nuestra vida en la de Dios, haciéndonos «participantes de la naturaleza
divina» (1 Ped. 1,4), por medio de la incorporación
a su divino Hijo, Verbo Encarnado, en el que formamos un sólo
Cuerpo, la Iglesia (cfr. 1 Cor. 10.17).
Bajo esta luz se comprende por qué el amor de Cristo
a la Iglesia ha sido comparado al amor indisoluble que une al
hombre con la mujer y por qué es un significado eficaz
del gran sacramento del matrimonio cristiano, destinado a desarrollarse
en la familia cristiana, Iglesia doméstica (LG, ,11),
igual que el amor de Cristo y de la Iglesia asegura la comunión
eclesial, visible y portadora desde entonces de los bienes celestiales (LG, n.
8, a).
Por este motivo el matrimonio cristiano
es un sacramento que realiza una especie de consagración a Dios (GS, n. 48,
b); es un ministerio del amor que, por su testimonio, torna visible
el sentido del amor divino y la profundidad del don conyugal
vivido en la familia cristiana; es un compromiso de paternidad
y de maternidad de las que el amor mutuo de las personas divinas
es la fuente y la imagen perfectísima incomparable. Este
ministerio se reafirmará y se realizará a través
de una participación total en la misión de la Iglesia,
en la que los esposos cristianos deben manifestar su amor y ser
testigos de su mutuo amor y con sus hijos, en aquella célula
eclesial, fundamental e insustituible que es la familia cristiana.
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| La Rota Romana |
4. Al evocar brevemente ante vosotros la riqueza
y profundidad del matrimonio cristiano, lo hago principalmente
para subrayar la belleza, la grandeza y la amplitud de vuestra
misión,
puesto que la mayor parte de vuestro trabajo se orienta a las
causas matrimoniales. Vuestro trabajo es judicial pero vuestra
misión es evangélica, eclesial y sacerdotal, sin
que pierda su carácter de humanitaria y social.
Aunque la validez de un matrimonio conlleva
algunos elementos esenciales que deben ser resaltados con claridad
y aplicados de modo técnico, urge considerar estos elementos dentro
de su pleno significado humano y eclesial. Subrayando este aspecto
teológico al elaborar las sentencias, habéis de
ofrecer la visión del matrimonio cristiano querida por
Dios como imagen divina y como modelo y perfección de
toda unión conyugal humana. La enseñanza de la
Iglesia no se agota en su expresión canónica y
esta última -según el deseo del Concilio Vaticano
II- ha de ser comprendida dentro de la amplitud del misterio
de la Iglesia (OT, n. 16). Esta norma conciliar subraya
la importancia del derecho eclesial -Ius ecclesiale- e
ilumina acertadamente la naturaleza del derecho de comunión,
derecho de caridad, derecho del Espíritu.
5. Vuestras sentencias, iluminadas por este
misterio del amor divino y humano, logran una gran importancia,
al participar -de modo vicario- del ministerio de Pedro. Efectivamente,
en su nombre preguntáis, juzgáis y pronunciáis
la sentencia. No es una mera delegación, sino una participación
más honda en su misión.
La aplicación del nuevo Código puede
encerrar indudablemente el peligro de dar interpretaciones novedosas
imprecisas e incoherentes, sobre todo cuando se trata de perturbaciones
psíquicas que invalidan el consentimiento matrimonial
(canon 1095), o del impedimento del dolo (canon 1098) y del error
que condiciona la libertad (canon 1099), como también
al interpretar las nuevas normas procesales.
Hay que afrontar y superar con serenidad
este peligro a través
de un estudio en profundidad tanto del significado real de la
norma canónica, como de todas las circunstancias concretas
que configuran el caso, sin dejar de mantener muy viva siempre
la conciencia de prestar un servicio únicamente a Dios,
a la Iglesia y a las almas, sin claudicaciones ante una mentalidad
permisiva superficial que no toma en consideración las
inalienables exigencias del matrimonio sacramento.
6. Permitidme también decir una palabra
en el caso de que el examen de las causas no quede protegido
convenientemente. Sé muy bien que la duración del
proceso no depende solamente de los jueces que han de emitir
su sentencia. Se dan también otros muchos motivos que
producen las dilaciones. Pero vosotros, que tenéis el
deber de administrar la justicia, para llevar de este modo la
paz interior a tantos fieles, habéis
de poner el máximo empeño para que el proceso se
desarrolle con aquella celeridad que reclama el bien de las almas,
y que prescribe el nuevo Código de Derecho Canónico, al
afirmar: «en el tribunal de primera instancia las causas
no duren más de un año, ni más de seis meses
en el de segunda instancia» (Can. 1453).
Que ningún fiel pueda tener motivo, a causa de la excesiva
duración del proceso eclesiástico, para dejar de
presentar su propia causa o para abandonarla y se decida a buscar
soluciones que estén en contradicción con la enseñanza
católica.
7. Antes de terminar, deseo animaros una vez
más a contemplar
vuestro servicio eclesial dentro del contexto general de la labor
de los otros dicasterios de la Curia Romana, especialmente con
aquellos que se ocupan de cuestiones relacionadas con la labor
judicial en general o con cuestiones matrimoniales de modo concreto.
No dejáis de valorar, por otra parte, el influjo que
ejerce la Rota romana en la labor de los tribunales eclesiásticos
regionales o diocesanos. La jurisprudencia rotal ha sido siempre
y debe continuar siendo un seguro punto de referencia.
El Estudio Rotal os da la posibilidad de
ofrecer vuestra doctrina y vuestra experiencia a los que se
preparan para desempeñar
el oficio de jueces o abogados o a los que desean conseguir un
conocimiento más profundo del derecho de la Iglesia. Gracias
a esto estáis contribuyendo al reflorecimiento del estudio
del Derecho Canónico y ofrecéis motivo para profundizar
más en esta materia en las facultades de Derecho Canónico.
Os manifiesto por tanto, de todo corazón mi más
viva estima por vuestro trabajo serio y constante y bendigo vuestro
empeño y vuestro ministerio. Dios, que es amor, continúe
siendo siempre, vuestra luz, vuestra fuerza, vuestra paz.
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"Se
comprende por qué el amor de Cristo a la Iglesia ha sido
comparado al amor indisoluble que une al hombre con la mujer y
por qué es un significado eficaz del gran sacramento del
matrimonio cristiano, destinado a desarrollarse en la familia cristiana,
Iglesia doméstica". |
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