Ius Canonicum - Derecho Canónico - Naturaleza del matrimonio canónico

Benedicto XVI explicó este jueves que el matrimonio «no es una invención de la Iglesia», sino una forma de vida que forma parte de la naturaleza humana desde su misma creación. A esta misma conclusión ha llegado una investigación interdisciplinar de investigadores que se acaba de publicar con el libro «El sentido del matrimonio: familia, estado, mercado y moral» (Spence), editado por Robert P. George y Jean Bethke Elshtain. George es profesor de jurisprudencia y director del programa James Madison in American Ideals and Institutions en la Universidad de Princeton, y es miembro del Consejo de Bioética del presidente George Bush. En esta entrevista, George comparte con Zenit algunos de los argumentos presentados en el libro, según los cuales el matrimonio es un «bien intrínseco».


-¿Qué les ha impulsado a reunir estos ensayos sobre el significado del matrimonio? ¿Qué tiene de especial esta recopilación?

-George: Estos ensayos son importantes porque demuestran que el matrimonio no es un tema sectario o incluso de naturaleza meramente religiosa. Por el contrario, los ensayos demuestran la importancia pública del matrimonio y nuestra capacidad, como personas racionales, de entender el sentido, el valor y el significado del matrimonio sin invocar o recurrir a revelaciones especiales o a tradiciones religiosas.

El pasado diciembre, Jean Bethke Elshtain y yo convocamos una conferencia de tres días, con el apoyo del Witherspoon Institute, que reunió a estudiosos de primer orden de varias disciplinas académicas –historia, ética, economía, derecho y política pública, filosofía, sociología, psiquiatría, ciencias políticas– para discutir sobre el matrimonio. Los estudiosos presentaron cada uno una contribución a nuestra comprensión del matrimonio desde su propia disciplina, y cada una de las disciplinas ofreció reflexiones profundas sobre la importancia del matrimonio tanto para los individuos como para la nación. Las exposiciones no invocaron la revelación, la autoridad religiosa o el razonamiento sectario. Han representado lo mejor de aquello que se ha denominado «razón pública».

Y las conclusiones de cada uno en la conferencia fueron: a) el matrimonio es importante; b) el matrimonio está en crisis; y c) podríamos enfrentarnos a la virtual abolición del matrimonio si se sigue el camino del «matrimonio» del mismo sexo.

El profesor Elshtain de la Universidad de Chicago y yo decidimos recopilar estos ensayos en un libro porque la información y los argumentos que tuvimos la fortuna de escuchar en la conferencia es necesario que se difundan en toda nuestra nación. A todo norteamericano que le importe la sociedad civil, el bienestar de los niños y la situación del matrimonio en nuestra cultura, necesita conocer las conclusiones científicas recogidas en este volumen. Actualmente se desarrolla un debate público sobre el matrimonio, pero con mucha frecuencia se ha reducido sólo a escaramuzas verbales sobre el «matrimonio» del mismo sexo.

Nuestro proyecto intentó evitar esta trampa, para examinar toda la serie de problemas sociales que emergen del debate del matrimonio: la ausencia del padre, la cohabitación, el divorcio, los hijos crecidos fuera del matrimonio, etc. Aunque no puedo mencionar cada capítulo del libro, hay tres ensayos particulares escritos desde la perspectiva de las ciencias sociales que mencionaré.

Don Browning de la Universidad de Chicago y Elizabeth Marquardt – autora de «World’s Apart» («Mundos aparte»)– tienen un ensayo fascinante, «¿Qué pasa con los niños? Advertencias liberales sobre el matrimonio del mismo sexo» («What About the Children? Liberal Cautions on Same-Sex Marriage»)

Maggie Gallagher, presidente del Institute for Marriage and Public Policy, tiene un brillante ensayo titulado «¿Cómo protege el matrimonio el bienestar del niño?» («How Does Marriage Protect Child Well-Being?»)

W. Bradford Wilcox, profesor adjunto de sociología en la Universidad de Virginia, concluye el libro con una reflexión sobre el impacto del matrimonio sobre quienes menos ingresos tienen en la sociedad.

Otros ensayos incluyen un argumento sobre cómo la aceptación del «matrimonio» del mismo sexo borraría la validez de los principios en base a los cuales rechazamos la poligamia y el poliamor, es decir, las multiplicidad de relaciones sexuales estables; otro trata sobre cómo el «no-fault divorce», el «divorcio sin culpa» –el divorcio unilateral– ha debilitado el matrimonio como institución, y cómo las lecciones aprendidas de nuestro error al abrazarlo deberían hacernos ser más cautelosos a la hora de considerar cambios incluso más radicales; y otros relativos a la importancia del matrimonio para el bienestar legal, político y económico de nuestra sociedad.

Cuando hace una generación se comenzó a discutir sobre el «divorcio sin culpa», pocos ponían en duda que si se hubiera consentido a Adán divorciarse fácilmente de Eva esto no habría tenido más que efectos positivos sobre el matrimonio y la sociedad en su conjunto. Retrospectivamente podemos ver cómo la introducción del divorcio «sin culpa» alteró a peor la comprensión que tenía la gente del significado del matrimonio, con consecuencias sociales profundamente dañinas. Esta experiencia debería volvernos escépticos ante la idea de que podamos reconocer la relación de Adán y Steve como una «matrimonio» sin erosionar más la correcta comprensión de lo que significa y es verdaderamente el matrimonio.

 

-Pasando a su aportación personal, un capítulo sobre filosofía práctica y matrimonio: «¿Qué quiere decir en su ensayo cuando afirma que el matrimonio es un «bien intrínseco»?

-George: Quiero decir que el matrimonio es mucho más que un medio para lograr fines extrínsecos a él. El valor del matrimonio no es meramente instrumental. El matrimonio es un bien humano básico, un aspecto irreducible del bienestar y de la plena realización de un hombre y una mujer que se unen como esposos.

Cuando uno entiende correctamente el matrimonio como la unión permanente y exclusiva entre esposos sexualmente complementarios cuya participación fiel, amorosa y comprehensiva de la vida se funda sobre la unión de los cuerpos en «una sola carne», se entiende que el matrimonio constituye por sí mismo un motivo para su validez, y que su valor no depende por tanto de otros objetivos para lo que es un mero instrumento. Al unirse un hombre y una mujer, en todos los niveles de su ser –el biológico, el emocional, el de caracteres, el racional, el espiritual– el matrimonio se convierte en una elección racionalmente válida como fin en sí mismo.

Así como el elemento fundamental de la amistad no esponsal es la amistad en sí misma, y otros fines a los deba la amistad ser útil como medio, el elemento fundamental del matrimonio es el matrimonio en sí mismo.

 

-Usted observa que gran parte de la confusión sobre el sexo y el matrimonio en nuestra cultura encuentra sus raíces en el pensamiento del filósofo escocés del siglo XVIII, David Hume. ¿Cómo puede ser así?

La justicia. Tarazona (España)
La justicia.
Tarazona (España)

-George: No quiero cargar con toda la culpa al pobre David Hume. Como apuntaba en mi capítulo de «The Meaning of Marriage», Hume mismo abrigaba más bien puntos de vista conservadores sobre el matrimonio, reconociéndolo como una institución social profundamente importante, que necesita y merece apoyo y protección de las instituciones de la sociedad y de los usos y costumbres de las personas. El problema no está en lo que Hume enseñaba sobre el matrimonio; está en lo que Hume enseñaba sobre la razón práctica y la verdad moral.

Como ya he dicho, una comprensión correcta del matrimonio lo reconoce como un bien intrínseco o como, siguiendo a Germain Grisez, lo he llamado, un bien humano básico – algo que las personas tienen motivos para elegir precisamente porque captan su valor como un aspecto irreducible del bienestar y realización humanas. Pero Hume enseñan que no hay bienes humanos básicos, que no existen otras razones que las instrumentales para actuar. Más bien, supone Hume que nuestros fines nos vienen dados por factores de motivación subnacionales, como el sentimiento, el deseo, la emoción, lo que Hume llamaba «las pasiones».

Se reduce a la razón a un papel meramente instrumental en el dominio de la deliberación, la elección y la acción. La razón no puede identificar lo que es deseable y por tanto digno de elección; su papel, según la opinión de Hume sobre el tema, se reduce a identificar los medios eficaces por los que podemos alcanzar cualquier fin que se nos ocurra desear. En palabras de Hume, «la razón es, y sólo debe ser, la esclava de las pasiones, y no debe reivindicar ninguna otra función sino la de servirlas y obedecerlas». En la medida en que las enseñanzas de Hume han sido aceptadas, sea formal o implícitamente, por los hombres y mujeres contemporáneos, les ha llevado a adoptar una forma de subjetivismo –en ocasiones llamado «la falta de cognitivismo moral»– que amenaza una recta comprensión del matrimonio y de otros bienes humanos básicos.

Esto resulta especialmente nocivo en el caso del matrimonio, puesto que el matrimonio es un bien del que sólo pueden participar plenamente aquellos que, aunque sea implícitamente, lo comprenden correctamente. Su capacidad de enriquecer nuestras vidas como esposos –y cuando el matrimonio se ve bendecido con hijo, como padres– depende mucho de nuestra comprensión de él y de que captemos que su valor es mayor que el meramente instrumental.

 

-Usted describe el matrimonio como una «comunión de personas en una sola carne». ¿Se trata de un concepto claramente religioso?

-George: No. El valor intrínseco del matrimonio, entendido como el compartir la vida de forma amplia y a todos los niveles fundamentado en la comunión corporal de la complementariedad sexual de los esposos y ordenada de forma natural a la procreación y crianza de los hijos, puede entenderse, y así ha ocurrido, por personas de diversos credos y por aquellos que no tienen uno concreto. Las enseñanzas de muchas, si no todas las religiones, se extienden de un modo u otro al matrimonio, pero el bien del matrimonio puede ser conocido, y es conocido, por la razón, aunque no esté ayudada por la revelación.

Según John Finnis, los grandes filósofos de la antigua Grecia y los juristas de la Roma precristiana, si bien en un contexto de reflexión crítica sobre el matrimonio, eran capaces de articular las bases de una comprensión correcta de esta gran bien humano. Claro está que la expresión “una sola carne” deriva de la Biblia hebrea y Jesús la reafirma con fuerza en los Evangelios. Para judíos y cristianos, la revelación refuerza e ilumina una gran verdad de la ley natural.

-El número 1652 del Catecismo de la Iglesia Católica indica: «Por su naturaleza misma, la institución misma del matrimonio y el amor conyugal están ordenados a la procreación y a la educación de la prole y con ellas son coronados como su culminación». El Catecismo parece que describe el matrimonio en términos meramente instrumentales. ¿Puede aclararnos cómo coincide esto con cuanto usted ha afirmado?

 

-George: Ciertamente. Ya he dicho que el amor conyugal y la institución del matrimonio están ordenados de forma natural a la procreación y al cuidado de los hijos. Pero esto no quiere decir que los hijos sean fines extrínsecos para los que la unión marital, en su dimensión sexual o en otra, sea un mero medio. «Ordenado a» no quiere decir «es un mero medio para».

Quizá la mejor evidencia de que la Iglesia reconoce el valor intrínseco del matrimonio y de que no lo trata como un mero medio de procreación sea su clara y constante enseñanza de que las personas pueden tener razones para casarse, y pueden casarse legítimamente, y pueden estar plena y verdaderamente casados, incluso cuando la infertilidad de uno o ambos esposos convierta la procreación en imposible. Los matrimonios de esposos infértiles son verdaderos matrimonios. No son pseudo-matrimonios. No son matrimonios de segunda clase.

Dado como están constituidos los seres humanos, que a su vez determina la conformación del bien humano, la realización plena del hombre y de la mujer tiene lugar intrínsecamente en su unión en la forma de una comunión idónea –u «ordenada a»– para la procreación y el cuidado de los hijos, aunque no sean capaces de concebirlos.

Los esposos se convierten verdaderamente en «una sola carne» en su relación esponsal aunque la infertilidad temporal o permanente signifique que no tendrá lugar la concepción. Hay que observar que los matrimonios judíos y cristianos se consuman al completar la relación sexual, no al lograr la concepción de un hijo. No obstante, nada en la afirmación de esta gran verdad contradice la igualmente gran verdad de que los hijos concebidos como fruto de la comunión marital son, de hecho, la “coronación” del amor conyugal. Los hijos no son objetivos operativos de la unión sexual de los esposos o de la institución del matrimonio; más bien, son un don que se añade al amor marital que se ha de acoger y cuidar como participantes perfectivos en la comunidad –la familia– establecida por la comunión marital de sus padres.

 

-¿El reconocimiento, por parte de la Iglesia, de la validez de los matrimonios infértiles no contradice su doctrina de que el matrimonio es necesariamente la unión de un hombre y una mujer, en vez de la unión de dos personas cualesquiera, incluyendo a personas del mismo sexo?

-George: No. El elemento clave a considerar es que la Iglesia, de acuerdo a lo que sabemos por la luz de la razón natural, entiende el matrimonio fundamental e irreduciblemente como una relación sexual.

Cualquier persona puede vivir con otra, cuidándose y compartiendo las vidas del otro en muchas dimensiones. Pero para que llegue a existir un matrimonio y se complete, el compartir la vida de forma comprensiva y a todos los niveles se ha de basar en la unión corporal –biológica– de los esposos. Un hombre y una mujer que se han prometido fidelidad permanente el uno al otro deben convertirse en una «sola carne» en virtud de la consumación de su unión sexual por el que completan las condiciones de comportamiento de la procreación, aunque no existan las condiciones necesarias para la concepción.

Si no existe la unión biológica, las personas no compartirán la vida del otro en la singular forma conyugal. Su vida en común no puede ser un compartir comprensivo, en el que la comunión a otros niveles se funda en su comunión corporal.

Es a través de los actos conyugales –actos que son procreativos por naturaleza, aunque no sean reproductivos en efecto; y aunque debido a la enfermedad, a un defecto o a la edad de la mujer no puedan dar como resultado la procreación– que un hombre y una mujer, comprometidos el uno con el otro, consuman su matrimonio como la unión de una sola carne. Es por esto que no puede existir un matrimonio entre más de dos personas, por muy afectuosos que sean los unos con los otros o por muy comprometido con el grupo que sinceramente se pueda estar.

Una vez comprendido el matrimonio como una unión en “una sola carne”, vemos que la actividad sexual entre miembros de grupos polígamos o entre parejas del mismo sexo, por mucho que lo deseen o lo encuentren satisfactorio, es intrínsecamente no conyugal. Sean cuales sean las consideraciones sobre el hecho de que la actividad sexual en las relaciones polígamas o del mismo sexo puede reforzar el lazo emocional de quienes participan, no pueden unir plenamente a las parejas sexuales de forma conyugal. Sea cual sea la motivación, el objetivo o el fin, no puede ser biológica, la unión «en una sola carne», precisamente el fundamento y el principio definitorio del matrimonio.

Conviene observar, de paso, que la enseñanza de la Iglesia refleja aquí su comprensión del cuerpo como una parte integrante en la realidad personal del ser humano, y no como un mero instrumento subpersonal para lograr unos fines o inducir satisfacciones deseadas por la parte consciente o volitiva del yo, considerada, como en las teorías dualistas, como la persona real que habita y utiliza un cuerpo. La unión biológica de los esposos en los actos de tipos procreativo puede ser comunión personal verdadera, precisamente porque nosotros somos nuestros cuerpos –aunque, claro está, no sólo somos nuestros cuerpos –, somos la unión de alma y cuerpo. No somos personas incorporales –mentes, almas, conciencia –que residen dentro, supervisan, y usan cuerpos impersonales.

 

-Si el matrimonio es en sí evidentemente bueno, entonces, ¿por qué el estado necesita intervenir para preservarlo? ¿No sería suficiente la tutela por parte de la Iglesia y de la comunidades religiosas, donde se celebra y viven en sentido pleno?

-George: Ésta es una proposición válida sólo en apariencia. Su fuerza cae en el momento en que consideramos: a) la importancia de los matrimonios, y por tanto del matrimonio considerado como institución, para el bienestar de la sociedad y del estado; y b) la vulnerabilidad del matrimonio como institución a las patologías sociales y a las ideologías hostiles al mismo tiempo que debilitan su capacidad de defenderse ante dichas patologías.

La razón más poderosas y fundamental para el interés público en el matrimonio y en su buen estado de salud institucional es su idoneidad única para proteger a los hijos y atenderlos para que crezcan como personas rectas y ciudadanos responsables. Como han mostrado Brad Wilcox, Maggie Gallagher y otros expertos sociales que han contribuido a «The Meaning of Marriage», pocas cosas son tan importantes para el bien público –y en nuestras circunstancias actuales casi nada es más urgente– que crear y mantener un conjunto de condiciones sociales en las que el hecho de que los niños crezcan con su propia mamá y papá sea la norma.

Es cierto que las comunidades religiosas y otras instituciones de la sociedad civil tienen un papel indispensable que jugar, pero la ley tiene también su papel. La ley es una maestra. Puede enseñar que el matrimonio es una realidad en la que las personas pueden elegir participar, pero cuyos contornos no pueden hacerse y deshacerse a voluntad. Es decir, una comunión en una sola carne de personas unidad en una forma de vida que es la propia para la generación, la educación y la crianza de los hijos. La ley tampoco puede enseñar que el matrimonio es una mera convención, que se puede malear en la forma en que escojan hacerlo individuos, parejas o grupo, sean cuales sean sus deseos, intereses o fines subjetivos. El resultado, consideradas las tendencia de la psicología sexual humana, será el desarrollo de prácticas e ideologías capaces de destruir verdaderamente la correcta comprensión y práctica del matrimonio, junto con el desarrollo de patologías que tienden a reforzar las mismas prácticas e ideologías que las causan.

El filósofo de la Universidad de Oxford, Joseph Raz, él mismo liberal, que no comparte mis puntos de vista sobre la moralidad sexual, se muestra con razón crítico ante formas de liberalismo que suponen que la ley y el gobierno pueden y deben ser neutrales con respeto a concepciones contrapuestas del bien moral. A este respecto, ha observado que la “monogamia, admitiendo que represente la única forma válida de matrimonio, no puede practicarse por un individuo. Requiere una cultura que la reconozca, y que la apoye a través de la actitud pública y a través de las instituciones formales”.

Ciertamente el profesor Raz no habla de que, en una cultura, cuya ley y cuya política no apoye la monogamia, un hombre que piense adoptarla no lo pueda ser capaz de autolimitarse y tener una sola mujer o se vea requerido o presionado a tener más de una. Afirma, más bien, que, aunque la monogamia sea un elemento clave en una correcta comprensión del matrimonio, un gran número de personas no lograrán comprender el valor de la monogamia y la lógica que la confirma, si no ayudándose y sirviéndose de una cultura, de un ordenamiento jurídico, de una política y de una sociedad favorables al matrimonio monógamo. Lo que vale para monogamia es igualmente válido para otros elementos de una correcta comprensión del matrimonio.

En breve, el matrimonio es la clase de bien que pueden elegir y del que pueden participar de forma convencida sólo aquellas personas que lo han comprendido profundamente y lo que lo eligen precisamente en base a dicha comprensión. No obstante, la capacidad de comprenderlo y, por tanto, de elegirlo, depende de forma decisiva de la orientación de las instituciones y de la cultura que transcienden las elecciones individuales y que se constituyen por un gran número de elecciones individuales.

 

Fuente: Agencia Zenit, servicio diario, 7 y 9 de abril de 2006

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